Emmanuel Carrère en Buenos Aires: escribir para entender el mundo

El escritor francés fue una de las figuras centrales del Filba y pasó cuatro días en Buenos Aires entre conversaciones, entrevistas y encuentros con lectores. Frente a Leila Guerriero habló de “Koljós”, de su manera de escribir, de la familia y de los límites de contar la vida de otros.

Por Verónica Bonacchi

“No soy un místico, no soy un poeta; mi profesión, mi talento -si es que tengo alguno- mi vocación, lo que me gusta hacer es contar historias”, dice Emmanuel Carrère, el escritor francés, autor de clásicos como “El adversario”, de imprescindibles como “Vidas ajenas”, de maravillas como “Yoga”, del estremecedor “V13”, o de “Koljós”, su más reciente y magnífica biografía familiar.


No será místico ni poeta, pero ahí está, sentado, en un escenario, vestido de negro, en zapatillas, la cara surcada por unas arrugas profundas, creando un silencio concentrado y atento alrededor de él, en cada una de las charlas que dio el fin de semana pasado en Buenos Aires, como estrella principal del Festival de Literatura de Buenos Aires (Filba) que se realizó del 30 de septiembre al 4 de octubre. Ahí está, contándose.


La concentración también es de él. Aunque debe esperar unos segundos hasta oír la pregunta traducida a su lengua, Carrère no suelta respuestas automáticas como alguien acostumbrado a decir. Piensa, luego dice.


Dice -dijo- cosas como estas: “Tengo tendencia a pensar que estamos en la Tierra no necesariamente para ser felices, pero sí para mejorar un poco. Y no solo moralmente, porque mejorar significa también saber un poco más, tener una mirada un poco más abarcativa, entender más sobre nosotros mismos, sobre lo que nos importa. Estamos aquí para eso, para intentar entender un poco mejor dónde estamos, a qué nivel estamos, cuáles son nuestros sueños e intentar, en algún sentido, alcanzarlos”.


Carrère es un caso extraño, un escritor que empezó por la ficción (con obras exitosas como “El bigote”) y después de un parate demasiado largo para él, se volcó intempestuoso, con prepotencia, a la no ficción; se convirtió en una suerte de cronista del mundo, para contar por ejemplo, el atroz asesinato cometido por Jean-Claude Romand, ese hombre que mintió por 18 años a su familia para hacerles creer que era médico y que cuando estaban a punto de descubrirlo, mató a sus dos hijos pequeños, a su mujer, a sus suegros, al perro.

Pero el interés de Carrère por Romand nunca fue solamente el de un cronista frente a un asesino. En la entrevista pública con Leila Guerriero, ante unas mil personas que desbordaron el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la UBA, lo dijo así: “Jean-Claude Romand veía su historia como una tragedia que le había ocurrido, de la que se suponía que él también era víctima, y no solo un monstruo que había acabado con toda su familia. Esa ambigüedad estuvo constantemente presente en la redacción del libro. Luego comprendí que, si tuvo éxito, fue porque muchísima gente se identificaba con él, con el hecho de decir pequeñas mentiras para intentar preservar la imagen que queremos dar a la sociedad e incluso con esa sensación de verse atrapado en una etapa de la vida en la que eso ocurre. Creo que es algo que todos lo conocemos”.


Un escritor que habla de sí mismo, que ofrece sus dudas, sus miserias, sus flaquezas, no por falsa modestia -o no sólo por eso- sino también porque parece haber entendido que todos -culpables, inocentes, modestos o vanidosos- las tienen.


Un escritor que se mete en la piel del cronista judicial para seguir día a día el ejemplar macro juicio por el peor ataque terrorista en la historia de Francia, el del viernes 13 de noviembre de 2015 en París y Saint-Denis, en el que fueron asesinadas 131 personas, narrados en el libro “V13”.

Un escritor a la vez capaz -como le dijo Leila Guerriero- de acercarse con la precisión de un entomólogo a su objeto de análisis, y de mantener la distancia necesaria de un buen periodista.

Para verlo y escucharlo a él, hubo colas larguísimas frente al Museo de Arte Latinoamericano (Malba) y de la Facultad de Derecho, sedes del Filba. Las entradas se agotaron mucho antes del encuentro de viernes y del sábado. Jóvenes y adultos, lectores que conocían sus libros y otros que llegaban empujados por la curiosidad, se reunieron para escuchar a uno de los nombres centrales de la literatura contemporánea, ganador del Premio Princesa de Asturias 2021.

Carrère participó el viernes de la entrevista pública con Guerriero y, al día siguiente, conversó con Javier Sinay en el MALBA sobre el oficio de escribir, en una charla con entradas pagas que también se agotaron en menos de una hora. En cada encuentro, hubo una zona común: qué significa convertir la vida real en literatura y hasta dónde puede llegar un escritor cuando aquello que cuenta involucra a otros.

Con Javier Sinay, en el Malba.

Carrère tiene 68 años. Desde “El adversario”, publicado en 2000, escribe obras de no ficción en las que el yo -o sea Carrère- entra y sale, se muestra y desaparece, queda expuesto.

En el aula Magna de la Facultad de Derecho, la conversación transcurrió bajo una especie de cúpula de silencio, un pacto implícito entre dos maestros de la mirada. Guerriero planteó la entrevista desde el filo de la intimidad, directo al núcleo de sus zonas oscuras: la adolescencia, el miedo al estancamiento y esa sospecha permanente de sí mismo, mientras recorrían toda la obra del autor.

La figura de su madre, Hélène Carrère d’Encausse, que murió en 2023 -una eminencia en la historia de la Unión Soviética, figura de Estado, única mujer perteneciente a la Academia francesa-, sobrevoló casi todas respuestas, no solo como el mito familiar, sino como el gran eje gravitacional del autor. Carrère recordó el vínculo casi simbiótico que tuvo con ella durante su infancia y esa sensación de haber sido “expulsado del paraíso” al fin de una adolescencia interminable. También recordó su muerte , estoica y admirable. “La muerte es la coronación de una vida y la suya, que duró varios días, tuvo este matiz particular, me provocó admiración y me impulsó a escribir. Sentí que estaba viendo lo mejor de mi madre y que eso merecía ser contado. Koljós es un libro de duelo, pero lo escribí sumergido en una tristeza suave, tengo una relación afectuosa con este libro”, dijo.

Carrère contó que tomó notas en la sala de cuidados paliativos, impulsado por la certidumbre de que en esa luz final se revelaba lo mejor de ella, y aceptando con una extraña piedad filial que “Koljós” (la historia de su madre, sí, pero también de sus antepasados rusos, con la guerra de Ucrania de fondo) es un intento tardío de redimir la herida que “Una novela rusa” había dejado abierta entre ambos. En este libro, contó la historia de su abuelo, acusado de ser colaboracionista nazi, un hombre que desapareció cuando la madre de Carrère tenía 15 años. El libro hizo que durante un tiempo no se hablaran. La madre le había prohibido escribir sobre él.

“Ella realmente me prohibió escribir sobre su padre. Yo le decía que no podía prohibírmelo, que era mi historia tanto como la suya. Y entonces pronunció una frase extraordinaria. Me dijo: ‘¿Por qué quieres escribir sobre eso cuando hay miles y miles de historias sobre las que podrías escribir?’. Mamá, si hay una sola historia sobre la que tienes prohibido escribir, está claro que no puedes escribir sobre ninguna otra…”, le contestó antes de lanzarse a escribir sobre esa historia silenciada.

Ahora, en Buenos Aires, Carrère agregó algo más: “Si tu padre desaparece cuando tienes 15 años, es algo totalmente distinto, como bien saben ustedes en este país, porque el duelo es imposible”, dijo. Y sobre las consecuencias que tuvo el libro en su relación con su madre: “En el fondo, creo que ese libro la alivió”.

Esa misma franqueza cruzó sus respuestas más vulnerables. Guerriero le preguntó por qué insistía en exponer sin pudor sus miserias, desde las pequeñas envidias cotidianas hasta los celos absurdos en medio de una tragedia humanitaria -algo que ocurre en “De vidas ajenas”, cuando su mujer, Hélène, ayuda a víctimas del tsunami en Sri Lanka y él debe quedarse en el hotel, con su hijo-. Carrère respondió con la calma de quien ha dejado de pelear con sus propios demonios: mostrar la mezquindad propia no es un ejercicio de exhibicionismo ni de expiación, sino la única vía honesta de conectar con los demás. “Aproximarse a los otros para entenderlos; aproximarse a uno mismo para desconfiar de uno”, dijo, sintetizando un método que le permite abismarse en esas oscuridades tan humanas y universales.


-Si tuvieras que definir el verdadero motor de tu escritura, ¿dirías que es un intento por librarte de tus obsesiones o el único método que encontraste para conocer el mundo?
-No creo que sea para librarme de nada, porque de todos modos la prisión sigue estando ahí y en el fondo la amo. Escribir no es una terapia para escapar de mí mismo, es simplemente el único instrumento que tengo para estar en el mundo sin que la vida se me escape sin nombrar.

De todos sus libros, dice él, el que pagó mas caro fue “El adversario”. “Fue muy difícil hacerlo. Me decía todo el tiempo: qué van a pensar de mi hijos cuando lo lean. “Una novela rusa” fue conflictivo. Y en “Yoga” hubo una gran autoexposición. “Koljós”, para nada. Es un libro escrito con liviandad, me sentía bien escribiendo. Por supuesto que sé que se mencionan cosas que a mis padres no les habrían gustado. Pero, en general creo que habrían aceptado este retrato. Es un libro con el que estoy completamente en paz. Es curioso porque es un libro de dolor y al mismo tiempo un libro feliz”.

En “V13”, esa relación con el mal adquirió una forma particular. Carrère no renunció a preguntarse por aquello que lleva a alguien a cometer un crimen (un atentado en este caso); él sigue creyendo que comprender es parte del trabajo. Pero esta vez la distancia entre quien cuenta y aquello que cuenta no se construyó alrededor de los victimarios. En los juicios y en los casos criminales, dijo, “solemos sentirnos atraídos por los delincuentes: son personajes complejos, llenos de contradicciones, y por eso mismo irresistibles para la literatura, para narrarlos. En el proceso por los atentados del 13 de noviembre ocurrió lo contrario”.

“Para mí fue algo nuevo. Es decir, las víctimas -o mejor dicho, los familiares, los supervivientes, todas aquellas personas que estaban del lado de quienes habían sufrido aquello de forma monstruosa- ofrecían experiencias humanas apasionantes al escucharlas; en cambio, los delincuentes -o digamos, los cómplices- que ocupaban el banquillo de los acusados no dejaban de ser unos imbéciles siniestros, y resultaba muy difícil interesarse por ellos. Ahí se producía una verdadera inversión respecto a nuestro interés habitual por los criminales”.


“En la época de los atentados sobre los que escribí había un político, nuestro primer ministro de entonces, Manuel Valls, que afirmaba con gran rotundidad: ‘Intentar comprender es ya justificar’. Y yo no estoy de acuerdo con Valls. Creo que intentar comprender es nuestra labor, la de quienes escribimos libros, pero no solo la nuestra, sino también la de todas las personas que participaron en el juicio que seguí”.


“Un juicio -dijo- siempre tiene una dramaturgia absolutamente fascinante. Si hubiera tenido que especializarme en el ámbito del periodismo, sin duda alguna, habría sido cronista judicial. Es realmente una profesión que me gusta mucho”.

Aunque haya escrito sobre asesinos, sobre la muerte y la enfermedad, sobre su depresión, sus padres, sus amores y sus desamores, Carrère vuelve una y otra vez al mismo territorio: el de los seres humanos enfrentados a aquello que no pueden controlar, capaces de crueldades atroces y también de formas inesperadas de generosidad. Él se pone en escena, sí, pero no para convertirse en el centro sino para mirar de cerca qué hacemos con el dolor, el miedo, la culpa, la pérdida, los otros. Como le dijo a Guerriero, sobre el final: “No sé qué otra cosa podría hacer, me encanta escribir. ¿Por qué me privaría de lo que me hace feliz? La escritura es mi instrumento de conocimiento, mi acceso a lo real”.

Eso, una llave, para entender el mundo. Y a sí mismo.


“No soy un místico, no soy un poeta; mi profesión, mi talento -si es que tengo alguno- mi vocación, lo que me gusta hacer es contar historias”, dice Emmanuel Carrère, el escritor francés, autor de clásicos como “El adversario”, de imprescindibles como “Vidas ajenas”, de maravillas como “Yoga”, del estremecedor “V13”, o de “Koljós”, su más reciente y magnífica biografía familiar.

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