¿Cuánto conocemos a la persona que amamos? Carla Maliandi y su nueva novela, «Hotel Cosmos»
En una entrevista con Lecton, la autora de "La habitación alemana" y "La estirpe" habla de su nueva novela, nacida de un ruido persistente en su departamento. Ambientada en Constitución, cuenta la historia de un hombre que, tras la muerte de su mujer, descubre una búsqueda espiritual que ella había mantenido en secreto.
En el germen hay un sonido molesto: el zumbido del motor de las heladeras de un supermercado que queda exactamente enfrente. Un ruido constante que puede convertirse en una presencia abrumadora, el incordio que se suma además a una mudanza y a una separación. La suma que puede anular. Pero para Carla Maliandi fue, también, un comienzo.
Ese sonido se incorporó a “Hotel Cosmos” (Random House) su tercer libro después de los buenísimos “La habitación alemana” (2017), y “La estirpe” (2021); todas novelas en las que la perplejidad opera como materia prima, con unos personajes que siempre parecen desplazados de su eje, atónitos ante la falta de respuesta. En “ La habitación alemana», la protagonista viaja a Heidelberg, la ciudad alemana donde transcurrió parte de su infancia, en busca de una felicidad que ya no puede recuperar. En “La estirpe” una mujer pierde la memoria después de un accidente doméstico y debe volver a explicarse su propia historia y la del país.

En “Hotel Cosmos”, el protagonista es un hombre. Un hombre que intenta reconstruir la vida de su mujer tras su muerte. Aquí, el barrio es Constitución, un lugar que a Maliandi le gusta especialmente porque pasó parte de su infancia ahí, y porque le parece que es uno de los pocos barrios porteños que permanecen extrañamente ajenos a las transformaciones. En unas pocas cuadras alrededor de Plaza España, cerca de la estación de trenes, conviven edificios de principios del siglo XX, fachadas hermosas y deterioradas, galpones, talleres mecánicos y construcciones que no fueron fagocitadas por el ímpetu de transformar todo en Palermo. “Es un lugar que quedó, que no está gentrificado. Siempre vuelvo como quien espía un lugar medio fantasma. Siempre llevo gente, y me dicen, ¿qué ves ahí? Para mí es increíble”, dice Maliandi desde el otro lado de la pantalla, en su departamento, en un barrio vecino a Constitución. En esa geografía transcurre buena parte de “Hotel Cosmos”, el libro que toma su título de un hotel real -ahora cerrado- ubicado sobre la calle Lima, frente a un sector de la estación de trenes. Es el edificio, que aparece en la tapa de la novela.
Todo eso, la mezcla de fascinación y extrañeza por el barrio, la mudanza tras una separación y un período desesperante de insomnio por culpa del molesto sonido de las heladeras, fue el germen.
“Soy bastante sensible a los ruidos”, cuenta. Harta de la situación, cruzó al supermercado para reclamar, pero no obtuvo respuesta. Entonces llamó a una agencia ambiental que funcionaba en aquel momento. Los inspectores fueron a su departamento, midieron el sonido y le confirmaron que superaba los límites permitidos. Para Maliandi, aquello fue una victoria inesperada: por una vez, la realidad parecía darle la razón. Sin embargo, unos meses después, el motor volvió a funcionar.
La experiencia fue algo más que una anécdota doméstica: se convirtió en parte de “Hotel Cosmos”, una novela en la que los sonidos tienen una presencia decisiva.
El protagonista pierde a su mujer, Franca, cuando un rayo la mata de manera inesperada. Después de su muerte encuentra una libreta que lo lleva a descubrir una zona desconocida de su vida: la relación con la fe, una búsqueda espiritual que ella había mantenido en secreto. La investigación no le ofrece respuestas tranquilizadoras. Por el contrario, lo enfrenta con la posibilidad de que la persona con la que compartió todo fuera, en algún sentido, una desconocida.
-La novela está muy atravesada por los sonidos. No solamente por ese motor: también están la lluvia, los trenes, el órgano. ¿Lo pensaste como un elemento central?
-No sé si quería incluirlo, pero de alguna manera esa idea está en mí. En “La estirpe” aparecía la música como arma de guerra. En ese momento yo escuchaba mucha música, pero durante la mudanza y un cierto duelo no podía escucharla. Lo que tenía todo el tiempo era ese ruido. La música puede transportarme, cambiarme el día; el motor, en cambio, me guiaba hacia el abismo. Empecé a pensar en la música como consuelo, en cuáles son las formas que tenemos de encontrar consuelo. Para mí la música es fundamental. También tengo cierta frustración porque me hubiera encantado tocar un instrumento. Toco muy mal el piano, como aficionada, y escribir sobre tocar es una forma de elaborar esa frustración.
Empecé a pensar en la música relacionada con la fe. Yo vivo rodeada de las primeras iglesias de Buenos Aires y, aunque no soy practicante ni creyente, fui a unas siete misas mientras escribía la novela. Traté de ir a iglesias que tuvieran órgano para ver qué pasaba. Me interesaba observar algo que se da por sentado: nadie se pregunta quién toca el órgano. Yo me quedaba mirando cómo después bajaban y nadie los saludaba. Es lo contrario de un concierto, de un espectáculo. Y empecé a pensar en la fe que no se confiesa, a veces da pudor, sobre todo en ciertas generaciones y en algunos sectores progresistas.
-En la novela, el protagonista parece más desestabilizado por descubrir la búsqueda espiritual de su mujer que por la posibilidad de que ella hubiera tenido un romance. ¿Puede ser que la fe resulte más difícil de aceptar porque modifica algo más profundo?
-Puede ser. Franca profesaba un ateísmo marxista duro, orgulloso de sí mismo. Para ella eran cosas incompatibles, y con razones y argumentos que yo también comparto. Pero había algo que escondía o tenía dormido: esa forma de espera, de consuelo, de salvación o de fe que intentó recuperar al final de su vida y que no pudo compartir con su marido, con el compañero con el que compartía todo.

-En tus tres novelas hay personajes que quedan desplazados de su eje, que pierden alguna certeza sobre lo que conocen. ¿Reconocés eso como una preocupación que atraviesa tu escritura?
-Sí, aunque no es algo que me proponga a priori. Me doy cuenta de que, aunque las novelas sean distintas, si hay algo que tracciona la trama hacia adelante no es tanto el desarrollo de una intriga o la resolución de una intriga, sino esa perplejidad ante el mundo, ante lo que se pensaba conocido. En “La habitación alemana” aparece la vuelta a un pasado que es imposible de recuperar, a una felicidad y una seguridad que ya no pueden volver. En “La estirpe” se trata de entender de nuevo la historia propia, biográfica, pero también la historia nacional. Y en esta novela es volver a mirar el mundo con ojos nuevos. Para el protagonista, la viudez supone aprender todo de nuevo. Pero Franca también estaba intentando encontrarse a sí misma, entender que la razón ya no le alcanzaba, aunque tampoco pudiera volver del todo a la fe. En esa desesperación estaba.

-Hay situaciones en tus novelas en las que irrumpe algo inesperado, incluso absurdo. En “Hotel Cosmos”, un rayo mata a Franca cuando parece que todo está bien. ¿Cómo trabajás esos quiebres?
-Estoy muy atenta a no caer en el patetismo. En “La estirpe” no quería que el accidente fuera demasiado dramático; me interesaba la ambigüedad, que nadie entendiera bien qué había pasado. En esta novela tuve la imagen de una pareja a la que le va bien, pero de repente algo se ensombrece. El día cambia, como cambia el cielo todo el tiempo. Y pensé: ¿qué puede seguir a eso? Lo inesperado, un rayo. Después me enteré de que le había pasado a un montón de gente. Pero no quería detenerme en el drama, en reconstruir qué pasó o cómo la encontraron. “A mi mujer la atravesó un rayo. Y desde ahí no la vi más”. Quería partir de ahí.
-Muchos personajes no tienen nombre: son la organista, el conserje, la sonidista. ¿Por qué decidiste nombrar a algunos y a otros no?
-El protagonista dice en un momento que no puede retener nada que no tenga pasado. Entonces llama a la gente por su función. Él mismo no tiene nombre porque no se autonombra. En “La habitación alemana” me pasó lo mismo: no le puse nombre porque me resultaba falso que un personaje en primera persona se nombrara a sí mismo. En “La estirpe” le puse nombre justamente porque muchos habían leído la primera novela como si fuera una novela del yo y me preguntaban si yo era la protagonista. Acá me volvió a pasar, aunque el personaje sea un varón. Además, a mí me resulta artificioso ponerle nombre a un personaje si ese nombre no significa algo más que identificarlo. En esta novela, él puede nombrar a su mujer, Franca, y encontrar los nombres en la libreta. Pero a las personas nuevas que aparecen en su vida no termina de conocerlas: las ubica por su oficio, por su función. Todavía no puede nombrarlas.
-La novela está dividida en cinco partes que empiezan de manera parecida, aunque con variaciones pequeñas. ¿Por qué elegiste esa estructura?
-Lo pensé en varios niveles. Tiene que ver con la idea de que, cuando volvemos a un núcleo importante de nuestra vida e intentamos descifrarlo, siempre volvemos con alguna pequeña variación. Él regresa una y otra vez a lo mismo, pero no descubre nada trascendente. Nada termina de revelarse. También me servía como una forma musical, como volver a un motivo, a un estribillo. Y hay otra cuestión que aparece en mis tres novelas: qué es una casa, qué es un hogar, qué es el lugar propio. ¿Existe un lugar propio? ¿Puede trasladarse con uno? El protagonista está en el hotel y siempre hace el cálculo de las cuadras que lo separan de su casa. Esa distancia también es importante.
En el germen hay un sonido molesto: el zumbido del motor de las heladeras de un supermercado que queda exactamente enfrente. Un ruido constante que puede convertirse en una presencia abrumadora, el incordio que se suma además a una mudanza y a una separación. La suma que puede anular. Pero para Carla Maliandi fue, también, un comienzo.
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