Tiene 70 años, cambió el rumbo de su chacra frutícola en la Patagonia y hoy tiene una bodega que produce hasta 30.000 litros de vino al año

En Huergo, Río Negro, Ángel Moschini y su familia transformaron una chacra del Alto Valle en una reconocida bodega patagónica. Con unas 12 hectáreas de viñedos y distintas variedades de uvas, producen hasta 30.000 litros de vino al año y suman propuestas de turismo rural.

Por Mara Diaz

Hoy, entre ambos predios, reúne alrededor de 12 hectáreas de viñedos, con variedades como Malbec, Merlot, Cabernet Franc, Sauvignon Blanc, Pinot Noir y Serna. Foto: Flor Salto.

Hoy, entre ambos predios, reúne alrededor de 12 hectáreas de viñedos, con variedades como Malbec, Merlot, Cabernet Franc, Sauvignon Blanc, Pinot Noir y Serna. Foto: Flor Salto.

Durante años, Ángel Moschini imaginó la producción de uva como la de las peras y las manzanas: trabajar la chacra, cosechar y vender. Pero, según el productor, los planes no siempre salen como se esperan y una crisis lo llevó a buscar otro camino y reinventarse: empezó a elaborar su propio vino en la Patagonia.

Lo que comenzó como una alternativa para darle valor a la cosecha se transformó en un proyecto familiar que reúne viñedos, bodega, turismo rural y hospedaje en Ingeniero Huergo. La propuesta invita a conocer el proceso de elaboración del vino y disfrutar de una experiencia ligada a la vida de chacra, en un entorno donde la producción y la hospitalidad conviven en el mismo predio.

La historia de la familia Moschini en el Alto Valle comenzó en 1925, cuando el abuelo de Ángel llegó en tren a la región. Descendió en un punto del recorrido del Ferrocarril del Sud, identificado como el kilómetro 1120, donde había un pequeño asentamiento, aunque todavía no existía una estación formal. Décadas después, ese lugar quedó ligado a la identidad de la bodega familiar: Kilómetro 1120, un nombre que recupera la historia de los antepasados y el vínculo de la familia con la región.

Hoy, a sus 70 años, Moschini produce entre 25.000 y 30.000 litros de vino al año y mantiene el vínculo con la tierra que dio origen al emprendimiento. Para él, cada botella empieza mucho antes de llegar a la bodega: nace en el viñedo, con el trabajo cotidiano y las decisiones que definen la calidad de la uva.


Cómo nació la bodega Moschini y el sueño vitivinícola en la Patagonia de una familia de Huergo


La bodega está ubicada a unos 30 km al este de Roca y a unos 90 km al este de Neuquén. Foto: Flor Salto.

La primera chacra de la familia, de 10 hectáreas y media, era un terreno sin cultivar cuando se instalaron allí, junto a su esposa Teresa Precoma, en 1981. “Era campo en blanco, no había nada. Ahí comenzamos a plantar frutales y verduras”, recordó Moschini.

En 1995 sumó otra parcela de 25 hectáreas, ubicada a unos 1.500 metros de la primera chacra. Allí, en el año 2000, plantó seis hectáreas de viñedos como parte de un proyecto financiado por el FONTAR y dirigido por el INTA.

Con el tiempo, también comenzó a reemplazar parte de los frutales más antiguos por nuevas plantas de vid. Hoy, entre ambos predios, reúne alrededor de 12 hectáreas de viñedos, con variedades como Malbec, Merlot, Cabernet Franc, Sauvignon Blanc, Pinot Noir y Serna.

La producción actualmente ronda los 150.000 kilos de uva por temporada. Cerca del 25% se destina a la elaboración propia y un 75% se vende a otros productores y bodegas.

En números

150.000 kg
de uva cosechan por temporada en la bodega Moschini.

“En el 2003 estaba en pequeña producción, en una época floreciente para lo que era la viticultura en ese momento. Con mi esposa cosechábamos y salíamos a vender”, recordó Moschini. Pero el escenario cambió en 2007: “Hubo una caída de precios y tuvimos que pensar en alternativas”.

Frente a esa situación, la familia empezó a elaborar vino. “Primero vino casero porque era poca cantidad”, contó el productor. Cuando superaron los 4.000 litros, debieron pasar a la categoría de vino artesanal.

Ángel Moschini junto a su esposa Teresa Precoma. Foto: Flor Salto.

Sin embargo, ese volumen todavía no alcanzaba para sostener la actividad por sí sola. “El límite para el artesanal rondaba los 12.000 litros y nos quedó chico porque no era una unidad productiva para poderse alinear con eso”, señaló Ángel. Durante esa etapa, los ingresos de la producción frutícola permitían mantener los viñedos.

El salto llegó cuando decidieron ampliar la elaboración. “Llegó el momento en que tenía que ser rentable, si no, no funcionaba. Entonces aumentamos la cantidad de litros y pasamos a ser bodega”, relató. La transformación se concretó hace cinco años y les permitió alcanzar el volumen actual.


Qué variedades de uva cultiva la bodega Moschini en la Patagonia


Entre las seis hectáreas plantadas en 2000 y las 6,5 hectáreas que hoy producen en la primera chacra, Moschini fue incorporando distintas variedades. En el viñedo más antiguo, la distribución está definida: tres hectáreas de Malbec, una hectárea de Sauvignon Blanc y alrededor de 1,5 hectárea de Merlot y otra superficie similar de Cabernet Franc.

Foto: gentileza.

En el predio donde comenzó a reemplazar los frutales viejos por vides, el esquema es más diverso. Allí mantiene Malbec y Cabernet de mayor antigüedad, junto con nuevas plantas de Merlot y Pinot Noir. También incorporó Serna, una variedad de moscatel sin semillas que consiguió a través del INTA.

El Malbec ocupa un lugar central en la producción. “Es lo emblemático del país, de la zona”, afirmó Moschini. También destacó el potencial actual del Pinot Noir, al que describió como “un vino más delicado, más suave”, y el valor del Cabernet Franc, una variedad que, según señaló, todavía tiene poca presencia en la zona.

“Producir en el Alto Valle frutales es andar en Fórmula 1, vas a 300 kilómetros por hora, no podés desviarte 10 centímetros de la huella. Nosotros con el viñedo trabajamos como un karting, nos salimos de la pista, damos vueltas, estamos de vuelta, podés ir último y al rato estás primero de nuevo».

Ángel Moschini, productor del Alto Valle.

Cómo es la elaboración del vino en la bodega en la Patagonia


La elaboración se realiza en la propia chacra. La bodega cuenta con 22.000 litros de capacidad en tanques de acero inoxidable, además de recipientes de fibra y tanques plásticos que se utilizan como apoyo durante los trasiegos y las tareas de limpieza. El recorrido abarca todas las etapas: “Acá se hace desde la molienda hasta la botella y sale vestida la botella en caja”, contó Ángel.

La cava tiene una capacidad para 30.000 botellas aproximadamente: Flor Salto.

La infraestructura también incluye un equipo de frío que permite enfriar hasta 10.000 litros de manera simultánea. Para la elaboración de vinos blancos, explicó Moschini, suelen trabajar con volúmenes menores, de entre 4.000 y 5.000 litros por vez.

Una vez envasados, los vinos pasan a una cava con capacidad aproximada para 30.000 botellas. Allí se conservan a una temperatura controlada mediante un sistema automático que trabaja entre los 13 y los 18 grados.

Otro espacio de la bodega es el laboratorio, que incorporaron para dejar de trasladarse hasta General Roca cada vez que necesitaban realizar análisis. En esta tarea, Moschini trabaja junto a la enóloga Bárbara Vilches y cuenta con el asesoramiento del enólogo Mario Lascano, que acompañan el proceso de elaboración.

Foto: Flor Salto.

Sin embargo, la bodega conserva parte de los métodos con los que comenzó. Moschini explicó que utilizan una prensa manual y que todavía no cuentan con una prensa neumática por su valor.

La forma de prensar también incide en el rendimiento: según detalló, obtienen alrededor de 600 centímetros cúbicos de vino por kilo de uva, mientras que en los blancos el rendimiento ronda los 400 centímetros cúbicos.

Ángel elige elaborar vinos jóvenes, sin crianza en barricas, para preservar la expresión de cada variedad y evitar que la madera se imponga sobre las características del fruto. Busca que cada vino conserve su identidad. “Quiero la riqueza del sabor de la uva netamente”, sostuvo.


El clima del Alto Valle y el cuidado de los viñedos


Para Ángel Moschini, la calidad del vino comienza mucho antes de que la uva llegue a la bodega. Una de las tareas centrales es la poda, que realiza con el sistema de pitón: en cada corte deja dos yemas y regula la cantidad de racimos que tendrá cada planta. El objetivo es controlar la producción y conseguir frutos más concentrados.

Foto: Flor Salto.

“En la poda estás decidiendo tu nivel de producción porque decidís qué cantidad de uva dejarle a la planta”, explicó. Esa elección influye en las características de la cosecha y en el resultado final. “Si yo llevo una mala uva a la bodega, tiene que ser un crack el tipo que está ahí en la enología para poder sacar un vino bueno”, planteó. Por eso, resumió, hay que “facilitarle el trabajo al enólogo para llegar con buena mercadería”.

En ese proceso también intervienen las condiciones naturales del Alto Valle. La escasez de lluvias y el viento favorecen la sanidad de los viñedos y ayudan a reducir los problemas asociados a la humedad. A su vez, el manejo del riego permite regular el desarrollo de las plantas y buscar una mayor concentración en los frutos. “Eso te da para poder tener bayas pequeñas y frutos bien concentrados”, señaló Moschini.

Foto: gentileza.

El productor suele comparar la vitivinicultura con la fruticultura tradicional de la región. “Producir en el Alto Valle frutales, pepitas y carozo, es andar en Fórmula 1. Vos en Fórmula 1, a 300 kilómetros por hora, no podés desviarte 10 centímetros de la huella. Nosotros con el viñedo trabajamos como un karting. Nos salimos de la pista, damos vueltas, estamos de vuelta, podés ir último y al rato estás primero de nuevo. Acá es así, es mucho más tranquilo el trabajo de la viticultura”, explicó.

A sus 70 años, Ángel sigue encontrando en la chacra el centro de su trabajo, desde el cuidado de los viñedos hasta el acompañamiento en la elaboración. Su hijo está al frente de las ventas y la comercialización, mientras que él y su esposa llevan adelante la bodega y viñedos Moschini, ubicada en un rincón de la Patagonia.


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Durante años, Ángel Moschini imaginó la producción de uva como la de las peras y las manzanas: trabajar la chacra, cosechar y vender. Pero, según el productor, los planes no siempre salen como se esperan y una crisis lo llevó a buscar otro camino y reinventarse: empezó a elaborar su propio vino en la Patagonia.

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