Máquinas a cargo

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Casi todos los días de los años recientes unos artefactos novedosos se deslizaron como fantasmas en las crónicas de las operaciones antiterroristas norteamericanas en Pakistán, Afganistán y en varios otros escenarios revueltos como la Libia de Gaddafi. El público en general los leyó en la información sin saber bien qué eran ni pensar en su importancia. Constituidos en instrumento estratégico, los vehículos aéreos no tripulados (UAV, Unmaned Aerial Vehicle“) son comúnmente llamados “drones”, un nombre raro que podría traducirse tanto “zumbador” como “zángano”. El vuelo automatizado no tripulado se hizo posible desde mediados de la década de los noventa gracias a los progresos de la microelectrónica y al GPS, el Sistema de Posicionamiento Global. Resultado de la conjunción de novísimas tecnologías, estos artefactos manejados por control remoto, equipados con sofisticados sensores y a veces con misiles, han pasado a ser un arma clave en la estrategia de contraterrorismo de Washington. El drone más nombrado es el “Predator” que, por ejemplo, utilizó la CIA para alcanzar el escondite de Osama bin Laden en Pakistán. Lo sigue utilizando en varios países del Medio Oriente tanto para vigilancia como para ataques mortíferos a individuos o grupos considerados peligrosos. “Predator” justamente es el título de un libro que describe operaciones militares asignadas a estos artefactos. Su autor es Matt Martin, un coronel que refiere su propia experiencia como encargado de ejecutar operaciones en países del Medio Oriente. Lo fantástico es que este aviador no estuvo volando en persona en esos lugares sino que realizó ataques contra vehículos sospechosos o guerreros desde su consola en la sala de control de una base de la Fuerza Aérea ubicada en Nevada, Estados Unidos, a 7.500 millas de distancia. Describe algunas características de los Predator como la acuidad de visión que les dan múltiples videocámaras de alta potencia que le habilitan ver en el otro costado del mundo cosas como el cigarrillo que un tipo enciende o su visita al baño. Y errores accidentales de sus misiles Hellfire cuando alcanzan a víctimas inocentes. Los misiles son extraordinariamente precisos, pero dan ocasión a atrocidades. Hay otras características de los drones. Aunque algunos estén dotados de armamento ligero, lo que los hace más poderosos es su capacidad para ver y “pensar”. Varios de ellos pueden, programados, despegar, aterrizar y volar por sí mismos, ver a través de las nubes y volar horas o días sobre un blanco hasta que se le den condiciones de ataque. Otro aspecto sorprendente, ignorado hasta por la mayoría de los americanos según se comenta, es el hecho de que la Fuerza Aérea entrena ahora cada año más operadores de drones que pilotos tradicionales. Por su parte, la industria aeroespacial ha cesado para propósitos prácticos las tareas de investigación/desarrollo sobre naves tripuladas. Casi todos los proyectos que están ahora en la mesa de dibujo de esas empresas (ej: Lookheed Martin, Northop Grumman) se refieren a vehículos no tripulados. Una nota en “The New Yorker” del 14 de este mes nos permite actualizar datos. El Departamento de Defensa, que en el 2001 tenía unos pocos UAV, cuenta ahora con unos diez mil. Pero no tendrá el monopolio para siempre; hay más de cuarenta países que están experimentando con robots propios. Todavía más interesante. La Fuerza Aérea presentará este mes un régimen regulatorio que habilita a departamentos de policía para volar pequeños drones; así las contratistas militares tendrán de golpe dieciocho mil potenciales nuevos clientes. Las policías tenían hasta ahora poca presencia en los aires debido al costo de aviones y helicópteros; serán más baratos los drones. Los artefactos llevarán a cabo operaciones de búsqueda y rescates, controlarán incendios, atraparán delincuentes, inspeccionarán oleoductos, regarán sembrados, etc. Para tareas como ésas son muy adecuados. Y hay que reflexionar acerca de lo que reportará la nanotecnología con sus miniaturizaciones… Peter W. Singer, de la Brookings Institution, está visto como la mayor autoridad en drones. Su preocupación reside más que nada en la guerra. Su libro “Wired for war” (Armados para la guerra) del 2009 comentaba la revolución robótica en lo militar, refería que había ya más robots operando en tierra (15.000) que en el aire (7.000) y que los primeros eran usados como guerreros mecánicos para cosas como desarmar bombas en rutas o anular en el aire proyectiles de artillería enemiga. La Marina ya emplea robots sumergibles y experimenta con unos que pueden disparar torpedos. Singer piensa que los drones, con inteligencia y autonomía crecientes, serán tan transformativos como el advenimiento de la pólvora, la máquina de vapor, el automóvil o la computadora. Parece exagerado, pero eso es lo que él dice. El autor desalienta a quienes pretendan parar estas cosas. Señala que esta tecnología no tiene retorno y quien piense que se puede poner de vuelta al genio en la caja está muy errado porque, nos guste o no, estos sistemas son el futuro. Desgraciadamente, no estamos preparados para ello; todo, desde nuestra política a nuestras leyes, dice refiriéndose a su país, se halla ante profundos problemas éticos. Un artículo de Singer del 21 de enero de este año analiza uno de estos problemas, el político-institucional. Su título –“Do drones indermine democracy?” (Socavan los drones a la democracia?)– ya lo indica. Estos ingenios no tripulados han hecho posible que Estados Unidos emprenda grandes operaciones bélicas sin que el gobierno tenga que pedirle autorización al Congreso. Esto es porque no hay, como establece la obligación constitucional cuando se compromete material humano, que enviar muchachos americanos para cumplirlas. La Constitución no permite que el Ejecutivo resuelva la guerra pero ahora Washington lo hace por las suyas. Los Padres Fundadores, dice, no podían haber imaginado los robots. Hay en esto un cambio fundamental, uno de los tantos que reportan estas máquinas. (*) Doctor en Filosofía


HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

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