Los islamistas al poder

Redacción

Por Redacción

Desde que los gobiernos de Estados Unidos y sus aliados se resignaron a la caída de su viejo “amigo”, el dictador casi vitalicio egipcio Hosni Mubarak, están procurando convencerse de que la Hermandad Musulmana no es tan antioccidental y antidemocrática como harían pensar sus antecedentes y su ideología islamista sino que, por el contrario, se trata de una versión árabe de la democracia cristiana de Alemania y otros países europeos. Pronto sabrán si se justifica el optimismo de quienes han tomado la “primavera árabe” por un movimiento progresista, comparable con los que cambiaron el mapa geopolítico de Europa luego del hundimiento del comunismo soviético, y confían en que la Hermandad Musulmana resultará estar más interesada en gobernar bien que en propagar su fe. El triunfo de su candidato Mohamed Morsi en las elecciones presidenciales –si bien, según los militares que distan de haber abandonado el poder fáctico–, por un margen menos amplio que el previsto, significa el inicio de un período de cogobierno en el que, se supone, los uniformados procurarán limitarlo a un papel protocolar, mientras que los líderes de la Hermandad Musulmana aprovecharán la oportunidad que han conseguido para aumentar su propio espacio de maniobra con el propósito de transformar Egipto poco a poco en una “república islámica” en la que todo se subordine a su interpretación de la ley coránica. El escepticismo en cuanto a las intenciones reales de Morsi, un hombre que fue elegido por sus correligionarios luego de que, a través de una comisión electoral, los militares vetaran la candidatura de Jairat al Shater, puede entenderse. La Hermandad Musulmana, una organización que se fundó hace más de ochenta años y que está detrás de la proliferación, en todos los países árabes, de agrupaciones islamistas sunnitas, ha aprendido que no le convendría ir por todo de golpe, corriendo así el riesgo de una reacción militar contundente. Desde un punto de vista pragmático, le sería mejor adoptar una estrategia parecida a la de los islamistas turcos que lograron debilitar a las fuerzas armadas de su país que, a partir de los días de Kemal Atatürk, se habían visto como guardianes del republicanismo laico, hasta tal punto que ya no tienen que preocuparse por la separación hipotética de lo religioso por un lado y lo político por el otro. Puede que se hayan equivocado los que creen que los Hermanos Musulmanes tienen en mente llevar a cabo una revolución islamista que, además de privar de derechos a los cristianos y a las mujeres, pondría fin a la paz tensa con Israel, pero se trata de una eventualidad que los demás tienen que tomar en cuenta. En el discurso que pronunció luego de la confirmación oficial de su triunfo electoral, Morsi intentó tranquilizar a los más de ocho millones de cristianos coptos, a los laicos y a los occidentales, afirmando que respetaría los derechos de todos. También se comprometió a tomar medidas para frenar el deterioro de la economía egipcia, o sea, que actuaría como un presidente moderado plenamente consciente del valor del pluralismo y de la tolerancia mutua. No le será fácil cumplir con el programa tranquilizador así insinuado. Para hacerlo, Morsi tendría que poner fin a los ataques contra los cristianos que se han multiplicado desde la caída de Mubarak, persuadir a los islamistas, tanto los de la Hermandad Musulmana como los extremistas del salafismo, de que una mujer vale más que “la mitad” de un hombre, como aseveran los partidarios de la ley coránica, y que es forzoso convivir pacíficamente con los israelíes. A menos que Morsi se mantenga fiel a su primer discurso como presidente electo, Egipto seguirá siendo el escenario de conflictos confusos entre la poderosa corporación militar que no se propone resignarse a la pérdida de sus privilegios y la Hermandad Musulmana, y también entre los jóvenes mayormente laicos, de ideas y aspiraciones parecidas a las de sus contemporáneos occidentales –de ahí las alusiones a “la generación de Facebook”– que protagonizaron el movimiento que culminó con el derrocamiento de Mubarak y los islamistas que, para desconcierto de quienes querían creer que Egipto estaba por convertirse en una democracia pluralista, enseguida se apropiaron de “la revolución”.


Desde que los gobiernos de Estados Unidos y sus aliados se resignaron a la caída de su viejo “amigo”, el dictador casi vitalicio egipcio Hosni Mubarak, están procurando convencerse de que la Hermandad Musulmana no es tan antioccidental y antidemocrática como harían pensar sus antecedentes y su ideología islamista sino que, por el contrario, se trata de una versión árabe de la democracia cristiana de Alemania y otros países europeos. Pronto sabrán si se justifica el optimismo de quienes han tomado la “primavera árabe” por un movimiento progresista, comparable con los que cambiaron el mapa geopolítico de Europa luego del hundimiento del comunismo soviético, y confían en que la Hermandad Musulmana resultará estar más interesada en gobernar bien que en propagar su fe. El triunfo de su candidato Mohamed Morsi en las elecciones presidenciales –si bien, según los militares que distan de haber abandonado el poder fáctico–, por un margen menos amplio que el previsto, significa el inicio de un período de cogobierno en el que, se supone, los uniformados procurarán limitarlo a un papel protocolar, mientras que los líderes de la Hermandad Musulmana aprovecharán la oportunidad que han conseguido para aumentar su propio espacio de maniobra con el propósito de transformar Egipto poco a poco en una “república islámica” en la que todo se subordine a su interpretación de la ley coránica. El escepticismo en cuanto a las intenciones reales de Morsi, un hombre que fue elegido por sus correligionarios luego de que, a través de una comisión electoral, los militares vetaran la candidatura de Jairat al Shater, puede entenderse. La Hermandad Musulmana, una organización que se fundó hace más de ochenta años y que está detrás de la proliferación, en todos los países árabes, de agrupaciones islamistas sunnitas, ha aprendido que no le convendría ir por todo de golpe, corriendo así el riesgo de una reacción militar contundente. Desde un punto de vista pragmático, le sería mejor adoptar una estrategia parecida a la de los islamistas turcos que lograron debilitar a las fuerzas armadas de su país que, a partir de los días de Kemal Atatürk, se habían visto como guardianes del republicanismo laico, hasta tal punto que ya no tienen que preocuparse por la separación hipotética de lo religioso por un lado y lo político por el otro. Puede que se hayan equivocado los que creen que los Hermanos Musulmanes tienen en mente llevar a cabo una revolución islamista que, además de privar de derechos a los cristianos y a las mujeres, pondría fin a la paz tensa con Israel, pero se trata de una eventualidad que los demás tienen que tomar en cuenta. En el discurso que pronunció luego de la confirmación oficial de su triunfo electoral, Morsi intentó tranquilizar a los más de ocho millones de cristianos coptos, a los laicos y a los occidentales, afirmando que respetaría los derechos de todos. También se comprometió a tomar medidas para frenar el deterioro de la economía egipcia, o sea, que actuaría como un presidente moderado plenamente consciente del valor del pluralismo y de la tolerancia mutua. No le será fácil cumplir con el programa tranquilizador así insinuado. Para hacerlo, Morsi tendría que poner fin a los ataques contra los cristianos que se han multiplicado desde la caída de Mubarak, persuadir a los islamistas, tanto los de la Hermandad Musulmana como los extremistas del salafismo, de que una mujer vale más que “la mitad” de un hombre, como aseveran los partidarios de la ley coránica, y que es forzoso convivir pacíficamente con los israelíes. A menos que Morsi se mantenga fiel a su primer discurso como presidente electo, Egipto seguirá siendo el escenario de conflictos confusos entre la poderosa corporación militar que no se propone resignarse a la pérdida de sus privilegios y la Hermandad Musulmana, y también entre los jóvenes mayormente laicos, de ideas y aspiraciones parecidas a las de sus contemporáneos occidentales –de ahí las alusiones a “la generación de Facebook”– que protagonizaron el movimiento que culminó con el derrocamiento de Mubarak y los islamistas que, para desconcierto de quienes querían creer que Egipto estaba por convertirse en una democracia pluralista, enseguida se apropiaron de “la revolución”.

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