Encandilados por la retórica
ALEARDO F. LARÍA
Cuando Daniel Bell escribió “El fin de las ideologías” (1960) recibió el ataque furibundo de la izquierda anticapitalista, que consideraba entonces su texto un alegato conservador. En realidad lo que Bell demandaba era el fin de las retóricas de la revolución. Anticipándose al fracaso del comunismo, señalaba que pocas personas confiaban ya en que por medio de una ingeniería social se pudiera poner en marcha una nueva utopía de armonía social. Sobre todo le preocupaban los ideólogos, aquellos “simplificadores terribles”, que podían desorganizar la economía con sus experimentos. Una advertencia que parece haber caído en saco roto para algunos significativos funcionarios aquí, en Argentina. Los excesos retóricos han sido una de las señas de identidad de los movimientos socialistas revolucionarios del siglo XX, pero también del populismo latinoamericano. La retórica ha cumplido varias funciones útiles que han sido convenientemente explotadas por los movimientos que proclamaban la necesidad de acelerar los cambios sociales. En primer lugar, es un elemento movilizador de multitudes, dado que la palabra sigue siendo el arma principal de la política. Los discursos políticos dirigidos a emocionar al auditorio han buscado, a través de la presentación dramática de los acontecimientos, la adhesión incondicional de los convocados. En otras ocasiones, el uso de la retórica ha servido para desviar la atención sobre cuestiones más urticantes. Cuando los gobiernos han tropezado con resistencias políticas a sus decisiones o han fracasado en las tareas de gestionar la economía, han acudido al proceloso agitar de banderas como modo de distracción y elusión de las cuestiones verdaderamente importantes. El problema que genera este uso exacerbado de la retórica es que termina por envolver con sus vapores a los propios autores, que acaban también convencidos de que los problemas están situados en los lugares equivocados. Una muestra bastante elocuente de lo que decimos lo marca el famoso “7D”, donde se atribuye al vencimiento de un plazo judicial o administrativo el significado de un Armagedón, la última batalla bíblica entre Cristo y las fuerzas del anticristo. Los autores posmarxistas, al estilo de Ernesto Laclau y su esposa Chantal Mouffe, han reivindicado la necesidad de dotar de pasión a la política, al extremo de pensar que la falta de pasión política podría llevar al fin de la política. Los fervientes seguidores de la prédica de Laclau en Argentina han manifestado también su enorme preocupación por que la gestión pase a ocupar el lugar de la política. En la Carta Abierta Nº 8 –en el lenguaje churrigueresco que la caracteriza– se denuncia “la vana ilusión de que la política pueda ser superada por la quimera de una gestión que pretenda representar a toda la sociedad como si no hubiera intereses contrapuestos”. Las consecuencias prácticas de esta recuperación tardía de una charlatanería revolucionaria, basada más en los gestos que en formulaciones concretas, es que la gestión se torna secundaria y las personas más preparadas para afrontarla son sustituidas por todos aquellos que demuestran mayor fervor partidario. Como no podía ser de otra manera, luego la realidad demuestra, lenta pero inexorablemente, que los problemas no se arreglan usando simplemente la cháchara. Ernesto Laclau, cuando desarrolla su tesis de defensa del populismo, reivindica el uso de la retórica confrontativa por los populistas porque permite al pueblo buscar su identidad en oposición a sus declarados “enemigos”. Toma el ejemplo de Mao Tse Tung, cuando en la década del 30 encabezó la histórica “Larga Marcha” del Ejército Rojo, que les permitió luego a los comunistas tomar el poder en 1949. Es un caso interesante porque demuestra sobradamente las consecuencias que depara el uso exacerbado de la retórica revolucionaria. Mao, durante su gobierno, entre 1949 y 1976, promovió intensas campañas ideológicas que derivaron en sendos fracasos. Primero fue el Gran Salto Adelante, durante la década de 1950, donde se quiso industrializar el país sin importar maquinaria, mediante el trabajo en centenares de miles de hornos artesanales en los que se fabricaba un acero inservible. Una suerte de “vivir con lo nuestro”. Se calcula que 10 millones de personas murieron a causa de las hambrunas provocadas por el descuido del campo y las malas cosechas. Luego de su primer estruendoso fracaso, Mao lanzó la Revolución Cultural, convirtiendo en “enemigos” a los intelectuales y dirigentes más pragmáticos del Partido Comunista Chino. Los jóvenes Guardias Rojos, grupos de estudiantes que demostraran una enorme devoción por la figura de Mao, se dedicaron a destruir lo que consideraban hábitos, ideas y enseñanzas burguesas. Mientras los profesores de las universidades fueron enviados a las granjas a cuidar cerdos, una generación entera de jóvenes no recibió otra educación que los lemas revolucionarios del “Libro Rojo” de Mao, lo que se tradujo en un enorme retraso de la economía productiva china. A pocos años de la muerte de Mao, producida en 1976, se hizo cargo de la conducción del Partido Deng Xiaoping, que dio inicio en 1979 al vertiginoso proceso de transformación económica de China. Deng abandonó la retórica maoísta de “guerra y revolución”, para adoptar una consigna pragmática de “paz y desarrollo”. Bastó ese cambio de paradigma para que China se lanzara hacia un vigoroso proceso de desarrollo, cuyo resultado está a la vista. De acuerdo con datos del Banco Mundial, mientras que en 1980 el PIB de China representaba el 2,2% del total mundial, en el 2010 llegó al 13,6%, convirtiéndose en la segunda economía del mundo. No se trata de ensalzar el modelo de desarrollo económico chino, que ofrece muchos flancos a la crítica por sus indudables rasgos autoritarios. Lo que simplemente se quiere resaltar es el dato incontrastable del desempeño acelerado de la economía china en los años de pragmatismo, frente a los retrocesos provocados en la época en que imperaban las ideologías. Lo que demuestra por otra parte que, frente a las enormes potencialidades que ofrecen hoy los avances tecnológicos, lo único que hace falta para el buen desempeño económico es llevar a cabo una gestión eficaz. No existe ejemplo más elocuente que el de China sobre el enorme daño que puede provocar la ceguera ideológica. Gracias a su abandono, alrededor de 700 millones de chinos salieron de la pobreza en los últimos 30 años. Según las autoridades chinas, para el 2020 se calcula alcanzar la meta de proporcionar alimentación, vestimenta adecuada, educación obligatoria y servicios médicos básicos y de vivienda a la totalidad de su población. Logros incuestionables, basados simplemente en abandonar la fraseología inconducente y el gastado recurso de proyectar sobre blancos retóricos –la “burguesía”, la “oligarquía”, “Clarín”– la responsabilidad por los malos resultados, que son generalmente el fruto amargo de la gestión incompetente.
ALEARDO F. LARÍA
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