Adiós al director de “El imperio de los sentidos”
Nagisa Oshima murió ayer a los 80 años, de pulmonía
TOKIO.- Sexo, crímenes y violencia fueron los temas con los que el cineasta japonés Nagisa Oshima se hizo un hueco en el panorama internacional. Representante de la “nueva ola” nipona que plantaba cara al estilo humanista de Akira Kurosawa, Oshima murió ayer a los 80 años en un hospital de Fujisawa, cerca de Tokio, debido a una neumonía. Su fama internacional se la debe a “El imperio de los sentidos” (1976) y “El imperio de la pasión” (1978). La primera, que aborda la obsesión sexual de una pareja llevada hasta los extremos de la castración y la muerte, fue confiscada en la Berlinale por presunta pornografía. Noruega tardó 25 años en dar el visto bueno para que la película llegara a los cines. Por “El imperio de la pasión”, en cambio, fue coronado mejor director de Cannes. Ambas películas confirmaron definitivamente a Oshima como representante de la “nueva ola” de cineastas japoneses, aclamado fuera de casa pero enfrentado a la censura en su país. El cine de este director nacido en Kyoto muestra sin contemplaciones imágenes brutales sobre sexo y muerte, analizando la incapacidad de poder compartir a una persona. Sus siguientes títulos –desde la coproducción británico-japonesa “Feliz Navidad, Mr. Lawrence” (1983), con la incursión de David Bowie, a la francesa “Max, mon amour” (1986), coescrita junto al habitual colaborador de Luis Buñuel Jean-Claude Carrière– no lograron apartar de su cine la imagen del Oshima de los 70. En Japón tenía fama de autoritario. Sus películas siempre buscaron provocar a la sociedad local, escribían los críticos nipones. En 1999 rodó “Gohatto” (“Tabú”), la primera en dos décadas que volvía a estar enmarcada en su patria. Llevaba 13 años sin ponerse detrás de la cámara para filmar un largometraje de ficción, y lo hizo ya en silla de ruedas. “Gohatto” retrocede a la era Meiji, en el siglo XIX, para narrar la historia de los Shinsengumi, una tropa de samurais encargada de lidiar en el conflicto entre los fieles al emperador y los defensores de la modernización. Tienen un estricto código de honor, pero cuando aparece el atractivo recluta Sozaburo Kanozu empiezan a desatarse las pasiones y pronto entran en escena los celos y la cruda violencia. Aquella fue su última película.
El cineasta junto a Charlotte Rampling y Anthony Higgins, de “Max, mon amour”
TOKIO.- Sexo, crímenes y violencia fueron los temas con los que el cineasta japonés Nagisa Oshima se hizo un hueco en el panorama internacional. Representante de la “nueva ola” nipona que plantaba cara al estilo humanista de Akira Kurosawa, Oshima murió ayer a los 80 años en un hospital de Fujisawa, cerca de Tokio, debido a una neumonía. Su fama internacional se la debe a “El imperio de los sentidos” (1976) y “El imperio de la pasión” (1978). La primera, que aborda la obsesión sexual de una pareja llevada hasta los extremos de la castración y la muerte, fue confiscada en la Berlinale por presunta pornografía. Noruega tardó 25 años en dar el visto bueno para que la película llegara a los cines. Por “El imperio de la pasión”, en cambio, fue coronado mejor director de Cannes. Ambas películas confirmaron definitivamente a Oshima como representante de la “nueva ola” de cineastas japoneses, aclamado fuera de casa pero enfrentado a la censura en su país. El cine de este director nacido en Kyoto muestra sin contemplaciones imágenes brutales sobre sexo y muerte, analizando la incapacidad de poder compartir a una persona. Sus siguientes títulos –desde la coproducción británico-japonesa “Feliz Navidad, Mr. Lawrence” (1983), con la incursión de David Bowie, a la francesa “Max, mon amour” (1986), coescrita junto al habitual colaborador de Luis Buñuel Jean-Claude Carrière– no lograron apartar de su cine la imagen del Oshima de los 70. En Japón tenía fama de autoritario. Sus películas siempre buscaron provocar a la sociedad local, escribían los críticos nipones. En 1999 rodó “Gohatto” (“Tabú”), la primera en dos décadas que volvía a estar enmarcada en su patria. Llevaba 13 años sin ponerse detrás de la cámara para filmar un largometraje de ficción, y lo hizo ya en silla de ruedas. “Gohatto” retrocede a la era Meiji, en el siglo XIX, para narrar la historia de los Shinsengumi, una tropa de samurais encargada de lidiar en el conflicto entre los fieles al emperador y los defensores de la modernización. Tienen un estricto código de honor, pero cuando aparece el atractivo recluta Sozaburo Kanozu empiezan a desatarse las pasiones y pronto entran en escena los celos y la cruda violencia. Aquella fue su última película.
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