Abel Chaneton, un periodista militante

Redacción

Por Redacción

Ricardo Villar (*)

En momentos en que el ejercicio del periodismo es discutido y es centro de apasionadas polémicas en la Argentina, me parece oportuno rescatar la historia de Abel Chaneton, asesinado el 18 de enero de 1916, en Neuquén, en un hecho que constituyó la más salvaje reacción de un gobernante sobre alguien que buscaba justicia para otros actos criminales. La historia de Chaneton –cordobés de nacimiento, neuquino por elección y compromiso– ha sido relatada cien veces, muchas de ellas en las páginas de este mismo diario, por distintos redactores. Pero la realidad contemporánea sigue manteniendo viva esa historia, porque la práctica leal de este oficio o profesión (opciones a discutir) tiene en la búsqueda de la verdad y la justicia sus máximas razones de existir, una búsqueda que generalmente molesta a quienes manejan el poder total o porciones de poder. A los que lo manejaban antes y a los actuales. No hay objetividad ni independencia posibles en la observación, relato y opinión de hechos cotidianos que se producen en un pueblo. Todo está condicionado por distintos factores que conciben la inevitable subjetividad. Pero sí debe haber seriedad y, sobre todo, honestidad en el desarrollo de esas tres etapas. Abel Chaneton fue el primer mártir que tuvo el periodismo neuquino. Hoy todavía le debemos un reconocimiento, pese a todo lo que se ha dicho y hecho reivindicando la libertad y la pasión por informar. Creo que ni en la carrera de periodismo en la universidad regional se estudia a este hombre. Rodolfo Walsh –otro periodista nacido en la región y también ultimado por el poder– tiene su monumento en la capital neuquina. A Chaneton se lo debemos aún; se lo debe la ciudad por la que tanto hizo en materia de servicios públicos básicos desde un cargo municipal electivo. Chaneton pagó el precio por enfrentar al poder político de turno –representado por el gobernador del territorio Eduardo Elordi–, demandándole una investigación clara y a fondo de la matanza a mansalva de un grupo de evadidos de la cárcel neuquina que fueron alcanzados por la policía y carceleros en el paraje Zainuco, en la cordillera, y acribillados a balazos, sin oportunidad de defenderse. Para entonces, los evadidos apenas tenían fuerzas para gemir ante el dolor ocasionado por el impacto de las balas. Su diario –el “Neuquén”– fue la tribuna utilizada por el periodista y político para expresar sus demandas e incluso llegar hasta el poder central, ejercido entonces por Hipólito Yrigoyen. ¿Era tan desubicada, tan fuera de lugar la demanda de Chaneton…? Para el gobierno de entonces y para un sector de la sociedad neuquina sí lo fue. Condenable actitud del sector social que siempre busca la comodidad y, sobre todo, la simpatía del poder, sin interesarle si debe ignorar crímenes, actos de corrupción, etc. Seguramente el mismo sector que años antes votó en dos oportunidades a Chaneton para que fuera presidente del Concejo Municipal y ejecutor de obras como alumbrado público, redes de agua, forestación, algunas de ellas con créditos que avaló el propio funcionario con documentos con su firma. Elordi, acorralado por pruebas irrefutables, se defendió y creó su propia prensa: “El Regional”, un periódico editado en Allen, que no solamente contradecía al “Neuquén” sino que difamaba a su director. A tanto llegó la confrontación que el 18 de enero de 1916, en el bar “La Alegría”, el director de “El Regional”, Carlos Paredes, llegó con custodia a buscar a Chaneton. Se vieron, desenfundaron y tiraron. Paredes erró, Chaneton no, pero solamente hirió a su contrincante. Desde atrás, un comisario de apellido Luna, custodio de Paredes, le pegó un tiro mortal a Chaneton. Sin embargo, del disparo se hizo cargo un tal René Búster, que con el amparo del poder político logró una condena fue muy leve. Como para cubrir las formas, porque la muerte de Chaneton no podía quedar impune: era un notable. No era lo mismo que los acribillados en Zainuco. Pasaron los años, cambiamos de siglo; los medios de comunicación avanzaron hasta niveles fantásticos que cuesta creer. Las viejas prácticas del manejo interesado de sus contenidos, por parte de gobernantes o sectores con fuerte poder económico, también avanzaron, siempre con el mismo objetivo: uniformar voces y mensajes, aturdir a la sociedad con banalidades, callar a quienes opinan diferente, comprar voluntades para que los mensajes sean favorables. En definitiva, ejercer un dominio lo más cercano a lo absoluto, sobre la sociedad, el pueblo o como se los quiera llamar. Hoy los pueblos están más expuestos al manejo de y desde los medios; porque en 1900 y pico solamente había hojas escritas, de no mucha difusión. Hoy en cambio, hay hojas escritas, radios, televisión, redes sociales. Si todas coinciden en contenidos o responden a la misma central difusora, el ciudadano queda ante una indefensión absoluta. En estos tiempos en que el noble oficio periodístico se desdibuja entre publicistas, promotores, difusores, comunicadores sociales o lenguaraces rentados y son menos los que siguen atados al compromiso liminar de investigar, analizar, informar, opinar y controlar al poder o a los poderes, creo que resulta oportuno rescatar figuras como la de Abel Chaneton. Porque es cierto, Abel Chaneton fue un periodista militante, pero militó y entregó su vida por valores universales, como la verdad, la justicia, la transparencia, muy lejos de intereses sectoriales que, cuando se defienden desde los medios de comunicación, alejan a quienes los practican de la esencia de la noble tarea del periodista. Una diferencia sustancial que la sociedad democrática y republicana debe saber distinguir. (*) Presidente de la Junta Provincial CC-ARI Neuquén

A 87 años del crimen del director del


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