Multiculturalismo en crisis

En Europa quedaron lejos los idealismos sobre multiculturalismo. Gobernantes de países como Alemania y Gran Bretaña han declarado que sus políticas de integración han fracasado. Notables son los cambios que se registran en otros, estimados como pioneros en apertura y tolerancia.

Redacción

Por Redacción

Todos sabemos que los países escandinavos han estado en la línea más avanzada de las sociedades que rechazan prejuicios sociales. Sucesos de estas semanas que son contradictorios con esa tradición han sido comentados, a causa de ello, con sorpresa y hasta con alarma. Los menos esperables ocurrieron en Suecia, un país ejemplar por abierto y tolerante. Fueron disturbios espectaculares –protestas multitudinarias, saqueos, heridos, agresiones, cientos de autos incendiados– en comunidades de la periferia de Estocolmo con mayoría de musulmanes. El origen estuvo en la muerte de un inmigrante por acción de policía, pero el caldo de cultivo sería el resentimiento que se venía incubando ante expresiones sociales de desconsideración o racismo hacia esas minorías (turcos, somalíes, sirios e iraquíes, especialmente). Parece que está creciendo en el país una ideología de rechazo al “otro”, una cierta inquietud social fogoneada por un partido antiinmigratorio y con raíces “neofascistas”. Ello, a pesar de su “Estado de bienestar”, un modelo social basado en impuestos elevados, servicios públicos eficientes, igualitarismo y apertura a la integración de inmigrantes, un sistema que calificó a Suecia como el segundo país más acogedor del mundo. Lo que ocurrió anteriormente en Noruega, otro país escandinavo, nos llevó al límite de lo humanamente comprensible en cuanto a fanatismo ideológico. Viven en el territorio 160.000 musulmanes integrando una población de cinco millones. Constituyen un 3,2%. Allí, en el país que inspiró en tiempos duros de principios del siglo XX la novela “Hambre” de Knut Hamsun y que hoy es, en contraposición con aquella penuria, un privilegiado económico, tuvo lugar en julio del 2011 el crimen masivo en tiempos de paz más siniestro e incomprensible del presente. Anders Breivik, un fundamentalista cristiano de ultraderecha, ultimó metódicamente a balazos a 85 chicos en un campamento recreativo de Utoya, una isla vecina de Oslo. Producto de una larga preparación, la carnicería de inocentes fue algo tan terrible como para que su noticia fuese representada en una revista europea con “El Grito”, aquella imagen desgarradora del pintor noruego Edvard Munch que muestra a un hombre aterrado tapándose los oídos con ambas manos. El asesino, finalmente condenado por la Justicia a la pena máxima, justificó su hazaña como una defensa de una sociedad maleada por la presencia de extranjeros y en riesgo de perder su identidad. Proponía una patria libre de inmigrantes y se despidió públicamente, luego de condenado el 1 de septiembre del 2012, a lo nazi: con el brazo extendido y el puño apretado. Esta infamia no necesita evocación porque vive seguramente en la memoria de todos. Lo que es quizá poco conocido es un acontecimiento posterior, un hecho reparador de la sociedad política noruega: la designación a fines del 2012 de una joven de origen paquistaní como ministra de Cultura en el gobierno. Un titular periodístico lo señaló así: “Veintinueve años, universitaria, parlamentaria, cinco idiomas y musulmana. Hadia Tajik, una ministra de origen extranjero para exorcizar el estrago de la isla”. Cuando se hizo cargo del ministerio, el rey Harald exultó: “¡Era hora! Es bella, es talentosa y una gran persona”. Ella prometió trabajar para que todos tengan la posibilidad de participar en las actividades culturales sin distinción de religión, clase social, etnia o género. Una réplica a las ideas de Anders Breivik, el fanático racista. Dinamarca es el tercer país escandinavo afectado por la crisis actual del multiculturalismo. Este pequeña y próspera monarquía constitucional de menos de seis millones de habitantes ha recibido una población extranjera importante, particularmente de origen somalí y palestino. Viven en el territorio nacional unos 200.000 musulmanes, una cifra que hace el 4% del total. El gobierno ha calificado de “guetos” (tipificados por tener más del 50% de extranjeros, el 40% de desocupados y de no escolarizados) a 33 zonas del territorio. Se registran allí reacciones de rechazo de los nativos como consecuencia de manifestaciones de insatisfacción y extremismo por parte de inmigrantes. El caso paradigmático de la violencia desatada por la protesta de los extranjeros y la reacción de la población local se dio hace poco con la casi destrucción de un hospital público de Odense, la tercera ciudad del país. En una airada reacción, políticos conservadores se han pronunciado en favor de una política de expulsión de inmigrantes. El razonamiento de los cuestionados es, dice una declaración, que “los daneses creen que la integración es ser un danés al 100 por 100. Pero para nosotros lo básico en la integración es el trabajo y el idioma”. Yendo al problema general en Europa, corresponde ubicar las cosas en el contexto de la crisis económica que están sufriendo algunos países y que está preocupando a todos. Lo que han comentado algunos líderes, como Angela Merkel (“Vivir y ser felices juntos… Esa política multicultural fracasó”) y David Cameron (“No logramos construir una sociedad en la que estas diferentes culturas quieran participar”), quizá sean exageraciones pesimistas. De todos modos, las circunstancias económicas y políticas, pero sobre todo las realidades de la naturaleza humana y las sensaciones que la gente tenga sobre “los otros” en cuanto a cantidad y densidad aceptables, serán siempre condicionantes de cualquier sueño idealista de integración. (*) Doctor en Filosofía

Héctor Ciapuscio (*)


Todos sabemos que los países escandinavos han estado en la línea más avanzada de las sociedades que rechazan prejuicios sociales. Sucesos de estas semanas que son contradictorios con esa tradición han sido comentados, a causa de ello, con sorpresa y hasta con alarma. Los menos esperables ocurrieron en Suecia, un país ejemplar por abierto y tolerante. Fueron disturbios espectaculares –protestas multitudinarias, saqueos, heridos, agresiones, cientos de autos incendiados– en comunidades de la periferia de Estocolmo con mayoría de musulmanes. El origen estuvo en la muerte de un inmigrante por acción de policía, pero el caldo de cultivo sería el resentimiento que se venía incubando ante expresiones sociales de desconsideración o racismo hacia esas minorías (turcos, somalíes, sirios e iraquíes, especialmente). Parece que está creciendo en el país una ideología de rechazo al “otro”, una cierta inquietud social fogoneada por un partido antiinmigratorio y con raíces “neofascistas”. Ello, a pesar de su “Estado de bienestar”, un modelo social basado en impuestos elevados, servicios públicos eficientes, igualitarismo y apertura a la integración de inmigrantes, un sistema que calificó a Suecia como el segundo país más acogedor del mundo. Lo que ocurrió anteriormente en Noruega, otro país escandinavo, nos llevó al límite de lo humanamente comprensible en cuanto a fanatismo ideológico. Viven en el territorio 160.000 musulmanes integrando una población de cinco millones. Constituyen un 3,2%. Allí, en el país que inspiró en tiempos duros de principios del siglo XX la novela “Hambre” de Knut Hamsun y que hoy es, en contraposición con aquella penuria, un privilegiado económico, tuvo lugar en julio del 2011 el crimen masivo en tiempos de paz más siniestro e incomprensible del presente. Anders Breivik, un fundamentalista cristiano de ultraderecha, ultimó metódicamente a balazos a 85 chicos en un campamento recreativo de Utoya, una isla vecina de Oslo. Producto de una larga preparación, la carnicería de inocentes fue algo tan terrible como para que su noticia fuese representada en una revista europea con “El Grito”, aquella imagen desgarradora del pintor noruego Edvard Munch que muestra a un hombre aterrado tapándose los oídos con ambas manos. El asesino, finalmente condenado por la Justicia a la pena máxima, justificó su hazaña como una defensa de una sociedad maleada por la presencia de extranjeros y en riesgo de perder su identidad. Proponía una patria libre de inmigrantes y se despidió públicamente, luego de condenado el 1 de septiembre del 2012, a lo nazi: con el brazo extendido y el puño apretado. Esta infamia no necesita evocación porque vive seguramente en la memoria de todos. Lo que es quizá poco conocido es un acontecimiento posterior, un hecho reparador de la sociedad política noruega: la designación a fines del 2012 de una joven de origen paquistaní como ministra de Cultura en el gobierno. Un titular periodístico lo señaló así: “Veintinueve años, universitaria, parlamentaria, cinco idiomas y musulmana. Hadia Tajik, una ministra de origen extranjero para exorcizar el estrago de la isla”. Cuando se hizo cargo del ministerio, el rey Harald exultó: “¡Era hora! Es bella, es talentosa y una gran persona”. Ella prometió trabajar para que todos tengan la posibilidad de participar en las actividades culturales sin distinción de religión, clase social, etnia o género. Una réplica a las ideas de Anders Breivik, el fanático racista. Dinamarca es el tercer país escandinavo afectado por la crisis actual del multiculturalismo. Este pequeña y próspera monarquía constitucional de menos de seis millones de habitantes ha recibido una población extranjera importante, particularmente de origen somalí y palestino. Viven en el territorio nacional unos 200.000 musulmanes, una cifra que hace el 4% del total. El gobierno ha calificado de “guetos” (tipificados por tener más del 50% de extranjeros, el 40% de desocupados y de no escolarizados) a 33 zonas del territorio. Se registran allí reacciones de rechazo de los nativos como consecuencia de manifestaciones de insatisfacción y extremismo por parte de inmigrantes. El caso paradigmático de la violencia desatada por la protesta de los extranjeros y la reacción de la población local se dio hace poco con la casi destrucción de un hospital público de Odense, la tercera ciudad del país. En una airada reacción, políticos conservadores se han pronunciado en favor de una política de expulsión de inmigrantes. El razonamiento de los cuestionados es, dice una declaración, que “los daneses creen que la integración es ser un danés al 100 por 100. Pero para nosotros lo básico en la integración es el trabajo y el idioma”. Yendo al problema general en Europa, corresponde ubicar las cosas en el contexto de la crisis económica que están sufriendo algunos países y que está preocupando a todos. Lo que han comentado algunos líderes, como Angela Merkel (“Vivir y ser felices juntos… Esa política multicultural fracasó”) y David Cameron (“No logramos construir una sociedad en la que estas diferentes culturas quieran participar”), quizá sean exageraciones pesimistas. De todos modos, las circunstancias económicas y políticas, pero sobre todo las realidades de la naturaleza humana y las sensaciones que la gente tenga sobre “los otros” en cuanto a cantidad y densidad aceptables, serán siempre condicionantes de cualquier sueño idealista de integración. (*) Doctor en Filosofía

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