Partidos débiles, liderazgos fuertes
<i>(viene de pág. 25)</i>
Aleardo F. Laría
aleardolaria@rionegro.com.ar
Existe una coincidencia casi unánime en la ciencia política: los partidos políticos son instituciones esenciales para el funcionamiento de la democracia representativa. Como alguien ha argumentado, “los partidos son inevitables: no ha existido ningún país libre sin ellos y nadie ha mostrado cómo podría funcionar el gobierno representativo sin ellos”. Dado que la calidad de la democracia está estrechamente vinculada con la calidad de los partidos, es comprensible que la democracia argentina sea débil, tan débil y precaria como los partidos políticos que la sustentan.
Los partidos políticos argentinos quedaron desarbolados luego de la crisis del 2001. El reclamo de “que se vayan todos” pecó de ingenuidad, pero sirvió para marcar el grado de desprestigio que alcanzaron los partidos y sus dirigentes frente a una ciudadanía irritada. El detonante fue el fracaso de las políticas económicas orquestadas alrededor del modelo de convertibilidad. Cuando se produjo el estallido del modelo y la crisis dejó en situación de vulnerabilidad a millones de personas, la responsabilidad recayó sobre la clase política en su conjunto.
A aquellas circunstancias internas se les debe añadir ahora la aparición de nuevos elementos que tienen que ver con las modernas tecnologías y los mayores recursos que han puesto en mano de los ciudadanos. Las clases medias juveniles, nativas digitales, están mucho y mejor informadas y sus expectativas son más bien pragmáticas, alejadas de las ideologías tradicionales que conformaron los viejos partidos. Por otro lado, los líderes políticos, a través de los medios de comunicación de masas, consiguen un contacto directo con los ciudadanos sin necesidad de utilizar la mediación de los partidos tradicionales.
Además, la recomposición del sistema de partidos tropieza en la Argentina con otros dos grandes escollos.
El primero es consecuencia de las peculiaridades del sistema presidencialista que lleva a una exacerbación de los liderazgos personales por sobre el rol de los partidos. Si bien este fenómeno de personalización de la política es universal y está vinculado con el que acabamos de describir de presencia dominante de los medios de comunicación de masas, en el caso de las repúblicas presidencialistas latinoamericanas se ve reforzado por el sistema de incentivos de un régimen político que convierte al presidente en un monarca elegible. Como es natural, todos los dirigentes aspiran a sentarse en el trono real, puesto que son conscientes de que es el lugar donde está el poder por excelencia.
Los recursos del Estado
El otro elemento que dificulta la reconstrucción del sistema de partidos es la supervivencia del spoil system o sistema de expolio del Estado por el partido político que obtiene el poder. A partir de controlar los recursos del Estado, el partido que está en el poder tiene acceso a una cantidad de recursos materiales y simbólicos de los que está muy alejado el resto de los partidos. La inauguración de obras públicas le permite estar en campaña permanente, del mismo modo que la distribución de las subvenciones y planes sociales lo convierte en gestor de una extensa red clientelar que facilita la conformación de una base electoral firme. A eso se debe añadir el hecho de contar con una estructura de miles de militantes-funcionarios rentados por el Estado que se dedican a labores de proselitismo partidario.
Frente a esa masa inmensa de recursos volcados a la propaganda oficial, más el uso de los medios públicos de difusión que abandonan todo perfil profesional para convertirse en agencias de propaganda indisimulada del gobierno, los partidos del arco opositor tienen pocas y escasas posibilidades de hacer proselitismo. Tampoco el Congreso da mucho juego cuando existe una mayoría que se pliega disciplinadamente a los requerimientos que le llegan del Poder Ejecutivo y se cancela cualquier posibilidad de debate parlamentario.
El sistema de nuevo unitarismo fiscal, en virtud del cual toda la obra pública es canalizada directamente hacia los intendentes, pasando por encima de los gobernadores y de las instancias provinciales, contribuye a afianzar la autoridad presidencial. El resultado es desolador y recuerda al espectáculo circense de la domadora que hace restallar el látigo para que las fieras domesticadas atraviesen los arcos de fuego y acudan luego a recibir el terrón de azúcar que se han ganado merecidamente con su entrega obsecuente.
La calidad de la oposición
Para Gianfranco Pasquino (La oposición, Eudeba), la calidad de la democracia depende no sólo de las virtudes del gobierno sino también de la calidad de la oposición. “Una oposición bien equipada mejora la calidad de la democracia, aun cuando no alcance a llegar al gobierno, si persiste en realizar su actividad de control y orientación, de propuesta y de crítica”.
Los gobiernos necesitan tener como contrapartida una fuerte oposición, no sólo para dar expresión a las minorías, sino para ejercitar una labor de control que sea visualizada como una alternativa legítima por los ciudadanos.
Cuando no existe competencia, o ésta queda reducida a límites muy estrechos por la apropiación de recursos ilegítimos por parte del gobierno, tenemos por largos períodos el mismo partido en el poder y las instituciones, como las arterias, se bloquean. Aumentan las posibilidades de la corrupción y en general se produce la decadencia del conjunto de la clase gobernante. Es un fenómeno similar al que se genera cuando una empresa monopólica captura una porción del mercado, recibe rentas extraordinarias y posterga cualquier innovación.
En los sistemas bipartidistas consolidados, la oposición se hace más visible y es percibida por el electorado como opción real de alternancia en el poder. En cambio cuando la oposición está dispersa, existe una mayor confusión y las pujas internas por alcanzar el lugar de liderazgo de la oposición dan lugar a batallas de desgaste y confusión.
Son variados los elementos que conspiran actualmente en la Argentina para ir a un deseable sistema bipartidista, con dos fuerzas programáticas de centro-izquierda y de centro-liberal que construyan un escenario de respeto al juego republicano y al mismo tiempo competitivo para posibilitar la alternancia.
El mayor obstáculo es la presencia de un tercer partido populista catch-all –un rejunte según el lenguaje presidencial– basado en una fuerte impronta personalista, que utiliza todos los recursos del Estado para afianzar su permanencia. Sin embargo, el estilo extremadamente personalista de gestión, que rehúsa la ayuda de equipos de expertos, está provocando una lista interminable de desaciertos en el terreno económico que darán lugar al pago de una pesada factura política.
De este modo, pareciera que se están preparando las condiciones para acabar con un fenómeno que tanto distorsiona el juego político democrático.
Naturalmente, no basta esperar que el populismo caiga como fruta madura. Los partidos de la oposición tienen el deber de construir alternativas fuertes y creíbles.
El centro izquierda parece haber asumido con responsabilidad ese desafío histórico, mientras que el centro liberal no ha sabido renunciar al juego de los personalismos para hacer una apuesta fuerte por conformar una estructura política sustentable.
Sin la presencia de estas dos coaliciones que preparen las condiciones para la conformación de dos partidos políticos sólidos, fuertes y competitivos, el 2015 se presenta todavía brumoso.
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