El sueño de la democracia islámica
JAMES NEILSON
Para los convencidos de que el islam es compatible con la democracia, las semanas últimas han sido muy deprimentes. No los habrá sorprendido demasiado el derrumbe del gobierno fabulosamente inepto del hermano musulmán egipcio Mohamed Morsi, el que anteayer fue destituido mediante un golpe militar que contó con el apoyo del grueso de los progresistas de su país, pero sí les han brindado motivos para preocuparse los disturbios que desde hace semanas están trastornando a Turquía. Es que a juicio de los resueltos a creer que, a pesar de los ejemplos nada alentadores de Túnez, Libia, Irán, Irak, Siria, Pakistán y Afganistán, andando el tiempo los países de mayoría musulmana no tardarían en repudiar el fanatismo religioso, el gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan, un islamista supuestamente “moderado”, mostraba que, como los democristianos de Alemania, turcos comprometidos con un movimiento político de raíces sectarias podrían adaptarse sin mucha dificultad a las exigencias planteadas por un sistema político necesariamente pluralista en que la mayoría coyuntural ha de respetar a rajatabla los derechos de las minorías tanto religiosas como irreligiosas. Sin embargo, en Turquía los más indignados por la arbitrariedad del gobierno nacional, popular e islamista de Erdogan son jóvenes urbanos de ideas que, en el Occidente, serían calificadas de progresistas. Por cierto, no se parecen del todo a golpistas antidemocráticos. Desde hace aproximadamente diez años Turquía, un país semidesarrollado que sus líderes quisieran incorporar a la Unión Europea, y que por tal motivo han implementado reformas como las que sirvieron para que exdictaduras como España, Portugal y Grecia rompieran con un pasado autoritario, ha sido una anomalía en el mundo islámico; de la cincuentena de estados que la constituyen, es considerado el más democrático. Por lo tanto, los optimistas apostaban a que otros países, impresionados por el éxito económico reciente de los turcos, optarían por el mismo camino, pero el que tantos estén protestando contra los intentos de Erdogan por imponer sus prioridades piadosas los ha obligado a asumir una postura más cautelosa. También en el resto del mundo musulmán, el panorama se ha oscurecido mucho últimamente. Hace apenas dos años, la primavera árabe, protagonizada en sus inicios por jóvenes de apariencia occidental de aspiraciones muy parecidas a las de sus contemporáneos de España, Grecia e Italia, convenció a muchos de que, por fin, el deseo supuestamente universal de disfrutar de las libertades propias de las democracias de origen europeo, estaba por impulsar una gran revolución progresista en una región anquilosada dominada por clérigos reaccionarios, una revolución que, entre otras cosas, depositaría en el basural de la historia a los fanáticos sectarios de organizaciones como Al Qaeda. Pero, en un país tras otro, en Túnez –seguido por Egipto y Libia– la caída de un dictador, que según las pautas severas de la región era laico, abrió las puertas a islamistas que, lo mismo que en Turquía, supieron movilizar a los pobres y a los analfabetos para asegurarse una mayoría de los votos. Es lo que sucedió en Egipto y, de triunfar los rebeldes que están luchando contra las fuerzas del feroz dictador Bashar al-Assad, ocurriría en Siria en el caso de que, por razones tácticas, los guerreros santos sunnitas fingieran estar dispuestos a instalar una democracia. Es aún posible que el fracaso de gobiernos dominados por individuos más interesados en forzar a las mujeres a cubrirse, en estimular la memorización de textos coránicos y en el deber de todos de odiar a los infieles, comenzando con los judíos, termine persuadiendo a los votantes musulmanes “moderados” de que la piedad religiosa es una cosa y el bienestar común otra muy distinta, pero a esta altura nadie negaría que, de concretarse, la transición prevista por los optimistas resultaría no sólo difícil sino también terriblemente sanguinaria. Pocos creen que la eventual evolución de los países islámicos se asemeje a la que se dio en el sur de Europa y en Irlanda donde, después de muchas vicisitudes, la Iglesia Católica se resignó a reconciliarse con la democracia. Tienen razón quienes señalan que, antes de la muerte del generalísimo Franco, escaseaban las democracias en el amplio mundo hispanohablante, mientras que en la actualidad casi todos los países que lo conforman celebran elecciones y, aunque fuera de manera poco prolija, respetan las reglas más importantes, pero ello no quiere decir que el mismo proceso de “modernización” pueda repetirse en regiones de cultura radicalmente distinta. El catolicismo y otras sectas cristianas, incluyendo a las más furibundas del “cinturón bíblico estadounidense”, dejaron hace mucho tiempo de incluir en sus filas a predicadores influyentes que exhortan a la grey a difundir la única fe verdadera por la espada, el fusil o la bomba, masacrando a los reacios a someterse a fin de prepararse para el día en que el mundo entero se vea regido por su culto particular. En cambio, en el mundo musulmán en que, desafortunadamente, no hay nada equiparable al Vaticano y ninguna persona desempeña el papel de pontífice supremo, fanáticos sedientos de la sangre de los infieles ocupan los puestos más prestigiosos en casi todas las instituciones religiosas y en universidades que cumplen la misma función como la de Al-Azhar en El Cairo. En el Occidente, los anticlericales libraron una larga y, andando el tiempo, exitosa batalla contra la costumbre de las distintas iglesias de entrometerse en la vida personal de cada uno, invadiendo los dormitorios y los lugares de diversión en busca de pecadores, haciendo de la blasfemia un crimen capital y censurando lo que hoy en día se llaman los medios de difusión. Millones de turcos, egipcios y otros quisieran expulsar del mismo modo a los religiosos musulmanes de lo que creen debe ser la esfera privada, pero lograrlo no les está resultando fácil. En este ámbito, el islam es mucho más intrusivo que las variantes tradicionales del cristianismo. Por lo demás, entraña un proyecto político que es tan mesiánico como el comunista, de ahí su dinamismo extraordinario, y no existe motivo alguno para suponer que los reveses que acaban de sufrir los integristas les induzcan a abandonarlo.
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