Los ateos y su miedo a “salir del clóset”
RÍO DE JANEIRO.- En Brasil, una potencia religiosa con la mayor población católica mundial, donde hasta la presidenta asegura al papa que “Dios es brasileño” y se veneran santos africanos o se habla con los muertos tras la misa, los ateos son considerados extranjeros en su propio país. “Se precisa mucha valentía aquí para decir que uno es ateo. Por eso hay aún muchísimos ateos en el clóset”, asegura Daniel Sottomaior, presidente de la Asociación Brasileña de Ateos y Agnósticos (ATEA), que lucha contra los prejuicios y la discriminación contra quienes no creen en Dios. Sottomaior, un ingeniero civil de 41 años que reside en São Paulo y ha recibido amenazas de muerte anónimas, asegura que en Brasil, que acogerá del 22 al 28 de este mes la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Río y la primera visita internacional del papa Francisco, “el ateo es asociado a un criminal”. En Brasil hay más violencia contra los negros o contra los homosexuales porque “no pueden esconderse”, pero los ateos también sufren a veces amenazas físicas o son expulsados de sus empleos o de sus propias familias cuando hacen público su ateísmo. “Cada vez que se habla de un delincuente, de alguien inhumano, de una mujer que golpea a un perrito, la expresión que se usa es: ‘No tiene a Dios en el corazón’. Aquí ser ateo es la causa de todos los crímenes”, afirma. En la primera condena en Brasil por discriminación contra no creyentes, la Justicia condenó este año a la televisión Bandeirantes luego de que uno de sus conductores señalara que el asesinato de un niño sólo pudo haber sido cometido por ateos, a quienes culpó también de “la guerra, la peste, el hambre y todo lo demás”. “Los ateos sufren mucho. (…) Son vistos como gente sin moral, como un bicho raro; son extranjeros dentro de Brasil”, estima Renata Menezes, que investiga la antropología de la devoción en la Universidad de Río de Janeiro. Para el padre Elías Wolff, asesor de la Comisión de Diálogo Interreligioso de la Confederación de Obispos de Brasil, esta discriminación y estos prejuicios “infelizmente existen” . “La Iglesia Católica, como institución, cree en el derecho de no profesar ninguna fe, entiende eso y busca comprender las razones por las cuales las personas sin religión crecen en Brasil. Y siempre está dispuesta a establecer un diálogo con ellos”, dijo Wolff. Un 84% de los brasileños votaría a la presidencia a un negro, un 57% a una mujer, un 32% a un homosexual… y sólo un 13% a un ateo, indicó una encuesta de la revista “Veja” en el 2007, la última de este tipo realizada en el país. La presidenta Dilma Rousseff, que aseguró al papa argentino Francisco en su entronización que “Dios es brasileño”, se declaró “sin religión” en el 2007, pero en la campaña que la llevó a la presidencia en el 2010 garantizó que era, “ante todo, cristiana y, en un segundo lugar, católica”. En el último censo del 2010, los ateos y agnósticos sumaban apenas 740.000 personas de una población de 190 millones (0,39%). Pero Sottomaior, que critica la metodología del censo, estima que son bastante más, un 2%, ya que muchos ateos son englobados en una categoría muy amplia, “sin religión”, que agrupa tanto a creyentes como no creyentes. El brasileño es en general muy religioso y para él una religión es poco, por lo cual pertenece muchas veces a dos o tres de manera simultánea “para ampliar su protección contra el infortunio”, explica a la AFP Fernando Teixeira, experto en Ciencias de la Religión de la Universidad Federal de Juiz de Fora, en Minas Gerais. “Sin religión” no implica necesariamente falta de religiosidad: algunos pueden ser ateos, pero hay también católicos no practicantes y evangélicos que no tienen prácticas religiosas institucionalizadas. En Brasil, las religiones y los contenidos religiosos se combinan y cada uno crea “su propio menú individual”, sostiene Ronaldo de Almeida, profesor de la Universidad de Campinas que investiga el fenómeno del “tránsito religioso”. “Aquí hay mucho rezo y poca misa, mucho santo y poco padre”, concluye en alusión a la enorme cantidad de católicos no practicantes y a la extendida costumbre de venerar santos católicos o afrobrasileños –a veces todos al mismo tiempo-– y de tratarlos como si fuesen miembros de la familia.
Laura BONILLA CAL
RÍO DE JANEIRO.- En Brasil, una potencia religiosa con la mayor población católica mundial, donde hasta la presidenta asegura al papa que “Dios es brasileño” y se veneran santos africanos o se habla con los muertos tras la misa, los ateos son considerados extranjeros en su propio país. “Se precisa mucha valentía aquí para decir que uno es ateo. Por eso hay aún muchísimos ateos en el clóset”, asegura Daniel Sottomaior, presidente de la Asociación Brasileña de Ateos y Agnósticos (ATEA), que lucha contra los prejuicios y la discriminación contra quienes no creen en Dios. Sottomaior, un ingeniero civil de 41 años que reside en São Paulo y ha recibido amenazas de muerte anónimas, asegura que en Brasil, que acogerá del 22 al 28 de este mes la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Río y la primera visita internacional del papa Francisco, “el ateo es asociado a un criminal”. En Brasil hay más violencia contra los negros o contra los homosexuales porque “no pueden esconderse”, pero los ateos también sufren a veces amenazas físicas o son expulsados de sus empleos o de sus propias familias cuando hacen público su ateísmo. “Cada vez que se habla de un delincuente, de alguien inhumano, de una mujer que golpea a un perrito, la expresión que se usa es: ‘No tiene a Dios en el corazón’. Aquí ser ateo es la causa de todos los crímenes”, afirma. En la primera condena en Brasil por discriminación contra no creyentes, la Justicia condenó este año a la televisión Bandeirantes luego de que uno de sus conductores señalara que el asesinato de un niño sólo pudo haber sido cometido por ateos, a quienes culpó también de “la guerra, la peste, el hambre y todo lo demás”. “Los ateos sufren mucho. (...) Son vistos como gente sin moral, como un bicho raro; son extranjeros dentro de Brasil”, estima Renata Menezes, que investiga la antropología de la devoción en la Universidad de Río de Janeiro. Para el padre Elías Wolff, asesor de la Comisión de Diálogo Interreligioso de la Confederación de Obispos de Brasil, esta discriminación y estos prejuicios “infelizmente existen” . “La Iglesia Católica, como institución, cree en el derecho de no profesar ninguna fe, entiende eso y busca comprender las razones por las cuales las personas sin religión crecen en Brasil. Y siempre está dispuesta a establecer un diálogo con ellos”, dijo Wolff. Un 84% de los brasileños votaría a la presidencia a un negro, un 57% a una mujer, un 32% a un homosexual... y sólo un 13% a un ateo, indicó una encuesta de la revista “Veja” en el 2007, la última de este tipo realizada en el país. La presidenta Dilma Rousseff, que aseguró al papa argentino Francisco en su entronización que “Dios es brasileño”, se declaró “sin religión” en el 2007, pero en la campaña que la llevó a la presidencia en el 2010 garantizó que era, “ante todo, cristiana y, en un segundo lugar, católica”. En el último censo del 2010, los ateos y agnósticos sumaban apenas 740.000 personas de una población de 190 millones (0,39%). Pero Sottomaior, que critica la metodología del censo, estima que son bastante más, un 2%, ya que muchos ateos son englobados en una categoría muy amplia, “sin religión”, que agrupa tanto a creyentes como no creyentes. El brasileño es en general muy religioso y para él una religión es poco, por lo cual pertenece muchas veces a dos o tres de manera simultánea “para ampliar su protección contra el infortunio”, explica a la AFP Fernando Teixeira, experto en Ciencias de la Religión de la Universidad Federal de Juiz de Fora, en Minas Gerais. “Sin religión” no implica necesariamente falta de religiosidad: algunos pueden ser ateos, pero hay también católicos no practicantes y evangélicos que no tienen prácticas religiosas institucionalizadas. En Brasil, las religiones y los contenidos religiosos se combinan y cada uno crea “su propio menú individual”, sostiene Ronaldo de Almeida, profesor de la Universidad de Campinas que investiga el fenómeno del “tránsito religioso”. “Aquí hay mucho rezo y poca misa, mucho santo y poco padre”, concluye en alusión a la enorme cantidad de católicos no practicantes y a la extendida costumbre de venerar santos católicos o afrobrasileños –a veces todos al mismo tiempo-– y de tratarlos como si fuesen miembros de la familia.
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