El racismo cambia de color

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

En el Occidente, pero no en muchos países de Asia y África, el racismo del tipo reivindicado antes de la Segunda Guerra Mundial por pensadores tanto izquierdistas, que militaban a favor de “la eugenesia”, como derechistas obsesionados por la noción de la superioridad innata de los “arios”, se ha desprestigiado hasta tal punto que, algunos cabezas rapadas aparte, ninguna persona respetable pensaría en exaltar los méritos supuestamente propios de “los nórdicos”. Los viejos prejuicios no han desaparecido por completo, pero quienes los manifiestan en público se ven tratados como parias: lo aprendió la semana pasada aquel senador italiano que llamó “orangután” a una integrante del gobierno nacional de origen congolés. Que ello haya ocurrido es muy positivo, ya que carece de sentido suponer que los rasgos étnicos de un individuo determinado importan mucho más que sus cualidades personales. Es lo que tenía en mente Martin Luther King cuando dijo: “tuve un sueño en el cual mis cuatro pequeños hijos vivían en una nación donde no eran juzgados por el color de su piel, sino por su carácter”, o sea, que andando el tiempo Estados Unidos sería un país daltónico. Así, pues, cuando Barack Obama se mudó a la Casa Blanca, a comienzos del 2009, muchos norteamericanos se felicitaron por su propia negativa a tomar en cuenta el color de la piel de los candidatos presidenciales. Creían que, por fin, el sueño del gran líder de la lucha por los derechos civiles se hacía realidad. También opinaron que en ningún otro país occidental podría un miembro de una minoría étnica triunfar en una elección nacional. Exageraban, ya que en Francia, el Reino Unido y Holanda no sería inconcebible, pero el alivio que tantos sintieron pudo entenderse en un país tan acostumbrado a los conflictos raciales como Estados Unidos. Cuatro años más tarde, Obama fue reelegido, pero parecería que los festejos por la presunta superación de un trauma ancestral fueron prematuros. Como acaba de recordarles a los norteamericanos el juicio a un vigilante “blanco” llamado George Zimmerman que, para desazón de quienes habían dado por descontado que sería un teutón rubio, tal vez un neonazi, resultó ser un “hispano” mestizo, de madre peruana y algunos antepasados africanos, acusado de asesinar a un joven negro, en Estados Unidos el racismo se resiste a desaparecer. Para furia de muchos negros, Zimmerman fue absuelto porque a juicio del jurado era imposible probar que no había actuado en autodefensa conforme a las leyes imperantes en Florida. Lo mismo que en otras ocasiones, la “comunidad negra” reaccionó frente al veredicto como un bloque, solidarizándose automáticamente con su “hermano de raza”. Aunque todos los días mueren docenas de negros a manos de sus “hermanos”, ya que el crimen violento se ha apoderado de sus barrios en ciudades como Chicago y Detroit, el que el responsable fuera calificado de “blanco” –según el New York Times, Zimmerman es un “hispano blanco”– les pareció mucho más significante que cualquier detalle legal. Este episodio turbio y los esfuerzos entusiastas de agitadores notorios por aprovecharlo, confirmaron, si aún fuera necesario hacerlo, que en la actualidad los más interesados en mantener vivo el racismo no son blancos nostálgicos de los buenos viejos tiempos, sino políticos negros que deben su poder y, en muchos casos, su abultada fortuna personal a su presunto compromiso con los derechos civiles. Para ellos, el fin definitivo del racismo blanco sería un desastre sin atenuantes, razón por la cual están dispuestos a ir a cualquier extremo para sacar provecho de cualquier oportunidad, por rebuscada que fuera, para denunciar su influencia maligna. Con la colaboración del propio Obama y del Fiscal General Eric Holder, otra “persona de color”, se ensañaron con Zimmerman y por lo tanto atribuyeron su absolución al racismo blanco, ayudando de tal modo a provocar disturbios en algunas localidades norteamericanas. Para muchos progresistas norteamericanos, la situación que se ha creado es desconcertante. Parecería que, si bien hay excepciones, los blancos de clase media no son racistas, pero que ciertas “minorías”, sobre todo la conformada por los negros, se resisten a reconocerlo. Según una encuesta que se difundió hace poco, el 31% de los negros mismos creen que sus congéneres son racistas pero sólo el 24% opina que la mayoría de los blancos sigue albergando sentimientos parecidos. Que éste sea el caso puede explicarse; quienes figuran como “líderes” de minorías determinadas se especializan en la “política de la identidad”, mientras que los dirigentes de lo que todavía constituye la mayoría no pueden emularlos. Ser líder de la comunidad “negra”, “hispana” o incluso “gay”, garantiza poder, privilegios y el prestigio de que hoy en día gozan los representantes de grupos de víctimas de alguna que otra injusticia estructural. En cambio, militar a favor de “los blancos” sería considerado a un tiempo vergonzoso y peligroso, una actividad propia de ultraderechistas anacrónicos. Las ideologías no han muerto, pero el fracaso espectacular del comunismo y la voluntad de virtualmente todos los gobiernos democráticos de afirmarse resueltos a combinar el respeto debido por los derechos sociales adquiridos con el realismo económico ha servido para hacer mucho más borrosas las diferencias entre las dos alternativas que, durante más de un siglo, dominaron los debates políticos. Desactualizado el marxismo y diluidas las diversas variantes del conservadurismo, el vacío se ha visto llenado por “la política de la identidad”, por los intentos de los líderes, a menudo autoproclamados, de distintas “minorías” –los feministas profesionales pasan por alto el hecho de que las mujeres siempre constituyan una mayoría– de obligar a los demás a recompensarlos por siglos, cuando no milenios, de persecución sistemática. Los ayuda la propensión de las elites occidentales a concentrarse en denunciar los crímenes cometidos por sus antecesores racistas, clasistas, sexistas e imperialistas, como si fueran únicos en los anales del género humano, aunque cualquier historiador honesto sabe que en verdad han sido comunes a todas las sociedades conocidas desde que el mundo es mundo y que, si bien el prontuario de los europeos “blancos” y sus parientes de América y Oceanía dista de ser excepcional, son los únicos, por motivos que tienen más que ver con sus luchas internas que con su relación con otros pueblos, que se sienten culpables por lo hecho en el pasado.


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