¿Sólo el comienzo?
Puede que el gobierno del presidente Eduardo Duhalde tenga razón y que el «mayor apagón de la historia» del país que se produjo el domingo pasado se haya debido a nada más que una «falla técnica» sin connotaciones alarmantes, pero aun así sería realmente asombroso si resultara ser el último. Mal que nos pese, a menos que se mantenga cierto nivel de inversión en los sistemas energéticos, éstos propenderán a deteriorarse, por contundentes que sean los planteos humanitarios, éticos, sociales y económicos de los contrarios a permitir que las empresas responsables -privadas o públicas, da igual- vean aumentar sus ingresos. A raíz de las presiones de los que no tienen interés en pagar más por la energía que consumen y de la actitud de un gobierno que privilegia la estabilidad de corto plazo a cualquier otro factor, las distribuidoras, Edenor, Edesur y Edelap, no han podido «ajustarse» a la posconvertibilidad, de suerte que han dejado de invertir en las redes que manejan, lo que, obvio es decirlo, están volviéndose cada vez más precarias. Para que se mantengan como están, y ni hablar de mejorarlas, será forzoso gastar más, lo que quiere decir que algunos, trátese de los usuarios residenciales o industriales, tendrán que pagar los costos. De más está decir que la «alternativa» de obligar a las empresas extranjeras a resignarse a las tarifas actuales acusándolas de haber prosperado de manera excesiva en los años noventa, aprovechando las circunstancias para enriquecerse en el mercado financiero, sólo existe en la imaginación de algunos ideólogos y juristas. Aunque las denuncias formuladas por los críticos más vehementes de las empresas privatizadas reflejaran la verdad, sus tesis no convencerían a ningún empresario del mundo de que le correspondería resignarse a perder dinero sin por eso dejar de brindar los mismos servicios que en una época de vacas gordas.
Es tal vez natural que los más contrarios a cualquier aumento de las tarifas -las que con ciertas excepciones son decididamente más bajas de lo que eran en marzo de 1991- hayan creído ver la mano de las empresas detrás de un apagón que afectó a buena parte del territorio del país. A su entender, los empresarios del sector han querido subrayar la necesidad imperiosa de que las tarifas suban mucho más que lo ya previsto, con la luz destinada a aumentar un nueve por ciento en promedio, y por lo tanto no han vacilado en provocar un apagón gigantesco. Sin embargo, la experiencia nacional en esta materia ha mostrado que de concretarse actos de sabotaje, los responsables serían con toda probabilidad integrantes de grupos extremistas cuyos objetivos tienen muy poco que ver con aquellos de las grandes empresas de capital extranjero.
De todas formas, a esta altura no sirve para mucho recurrir a teorías conspirativas para explicar el deterioro de los servicios energéticos. Sin inversión constante, no habrá red alguna que pueda continuar funcionando con la eficacia a la que nos hemos acostumbrado. Para colmo, de producirse una recuperación económica genuina, el consumo de electricidad no podrá sino aumentar mucho, lo cual significa que las empresas ya tendrían que haberse preparado para hacer frente a una demanda mayor. Por supuesto que la sociedad puede negarse a gastar más en energía por tener otras prioridades como las supuestas por los ingresos de los sectores más pobres, los intereses inmediatos de la industria, la voluntad de mantener a raya la inflación y así por el estilo, pero en tal caso no le cabrá otra alternativa que conformarse con servicios que se deterioren por momentos. Según parece, es esto lo que ha decidido el gobierno de Duhalde, el que en este ámbito cuenta con el apoyo lógico de millones de consumidores de recursos limitados que están más preocupados por lo que les sucederá mañana, que por las calamidades hipotéticas que podrían producirse en los meses o años por venir, pero nos guste o no toda decisión colectiva de este tipo acarrea ciertos costos. Si optamos por pagar por un servicio energético de segunda o tercera por no estar en condiciones de costear nada mejor, no deberíamos sentirnos defraudados cuando los apagones comiencen a multiplicarse hasta que sean tan rutinarios como eran en los años previos a las privatizaciones.
Puede que el gobierno del presidente Eduardo Duhalde tenga razón y que el "mayor apagón de la historia" del país que se produjo el domingo pasado se haya debido a nada más que una "falla técnica" sin connotaciones alarmantes, pero aun así sería realmente asombroso si resultara ser el último. Mal que nos pese, a menos que se mantenga cierto nivel de inversión en los sistemas energéticos, éstos propenderán a deteriorarse, por contundentes que sean los planteos humanitarios, éticos, sociales y económicos de los contrarios a permitir que las empresas responsables -privadas o públicas, da igual- vean aumentar sus ingresos. A raíz de las presiones de los que no tienen interés en pagar más por la energía que consumen y de la actitud de un gobierno que privilegia la estabilidad de corto plazo a cualquier otro factor, las distribuidoras, Edenor, Edesur y Edelap, no han podido "ajustarse" a la posconvertibilidad, de suerte que han dejado de invertir en las redes que manejan, lo que, obvio es decirlo, están volviéndose cada vez más precarias. Para que se mantengan como están, y ni hablar de mejorarlas, será forzoso gastar más, lo que quiere decir que algunos, trátese de los usuarios residenciales o industriales, tendrán que pagar los costos. De más está decir que la "alternativa" de obligar a las empresas extranjeras a resignarse a las tarifas actuales acusándolas de haber prosperado de manera excesiva en los años noventa, aprovechando las circunstancias para enriquecerse en el mercado financiero, sólo existe en la imaginación de algunos ideólogos y juristas. Aunque las denuncias formuladas por los críticos más vehementes de las empresas privatizadas reflejaran la verdad, sus tesis no convencerían a ningún empresario del mundo de que le correspondería resignarse a perder dinero sin por eso dejar de brindar los mismos servicios que en una época de vacas gordas.
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