De Beltrán a China, de la mano de Cortázar
La periodista Mariángeles Fernández, rionegrina por adopción y desde hace años editora de la fundación Germán Sánchez Ruipérez de Madrid, llevó hasta China su conocimiento sobre Julio Cortázar y su obra, tarea que la ha distinguido entre las principales especialistas en la materia. En noviembre pasado, participó del ciclo de conferencias bajo el nombre “Jornadas multidisciplinares en torno de Martín Fierro, Borges y Cortázar” que se realizaron en el Instituto Cervantes de Pekín y en la Universidad de Pekín, en colaboración con las embajadas de Argentina, Uruguay y Brasil. Fernández, en su exposición ante tan particular auditorio convocado para celebrar los 50 años de la obra que impactó al mundo editorial de habla hispana, afirmó que “ante una efemérides como ésta, uno querría decir algo original, inteligente, definitivo, para resumir cinco décadas de asombro ante el vendaval renovador, explosivo, ante la irrupción del libro cuyo autor, Julio Cortázar, estuvo escribiendo durante muchos años. Recordó la aparición de “aquel pequeño ladrillo negro” que fue la primera edición del libro, que vio la luz el 28 de julio de 1963 y que causó “desasosiego en los tortugones amoratados, guardianes de la gran literatura, como los calificaba Cortázar”. “¿Y cómo seríamos si Julio Cortázar no hubiera escrito Rayuela?”, se preguntó como lectora, para responder que con el libro “fuimos transportados a otra dimensión, como Alicia en el país de las maravillas o Dorothy a la maravillosa tierra de Oz”. Recordó que “Cortázar se asombró al saber que su novela se había saltado una generación para encontrar a sus lectores entre los jóvenes y hasta en los muy jóvenes. “En una entrevista, diez años después de publicada la novela, Cortázar se manifestaba sorprendido porque la gente de su generación no había entendido nada”. En lo personal, recordó cuando una amiga le regaló el libro a los 14 años, cuando ella vivía en Luis Beltrán, en el Valle Medio de Río Negro. “Aún hoy se lo agradezco, porque allí entonces no había librería y excedía las pequeñas posibilidades de la biblioteca del pueblo. Aquel libro cambió para siempre mi condición de lectora”. “En él -dijo- encontramos algo que nos impresionó, y no así a los mayores. Y aunque Cortázar decía que en el libro no hay ninguna lección, tal vez sea que a los jóvenes no les gusta -antes ni ahora- que les den lecciones. Encontraban allí sus propias preguntas, sus angustias de todos los días generadas por el mundo que les tocaba vivir, el mundo de los padres”.
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La periodista Mariángeles Fernández, rionegrina por adopción y desde hace años editora de la fundación Germán Sánchez Ruipérez de Madrid, llevó hasta China su conocimiento sobre Julio Cortázar y su obra, tarea que la ha distinguido entre las principales especialistas en la materia. En noviembre pasado, participó del ciclo de conferencias bajo el nombre “Jornadas multidisciplinares en torno de Martín Fierro, Borges y Cortázar” que se realizaron en el Instituto Cervantes de Pekín y en la Universidad de Pekín, en colaboración con las embajadas de Argentina, Uruguay y Brasil. Fernández, en su exposición ante tan particular auditorio convocado para celebrar los 50 años de la obra que impactó al mundo editorial de habla hispana, afirmó que “ante una efemérides como ésta, uno querría decir algo original, inteligente, definitivo, para resumir cinco décadas de asombro ante el vendaval renovador, explosivo, ante la irrupción del libro cuyo autor, Julio Cortázar, estuvo escribiendo durante muchos años. Recordó la aparición de “aquel pequeño ladrillo negro” que fue la primera edición del libro, que vio la luz el 28 de julio de 1963 y que causó “desasosiego en los tortugones amoratados, guardianes de la gran literatura, como los calificaba Cortázar”. “¿Y cómo seríamos si Julio Cortázar no hubiera escrito Rayuela?”, se preguntó como lectora, para responder que con el libro “fuimos transportados a otra dimensión, como Alicia en el país de las maravillas o Dorothy a la maravillosa tierra de Oz”. Recordó que “Cortázar se asombró al saber que su novela se había saltado una generación para encontrar a sus lectores entre los jóvenes y hasta en los muy jóvenes. “En una entrevista, diez años después de publicada la novela, Cortázar se manifestaba sorprendido porque la gente de su generación no había entendido nada”. En lo personal, recordó cuando una amiga le regaló el libro a los 14 años, cuando ella vivía en Luis Beltrán, en el Valle Medio de Río Negro. “Aún hoy se lo agradezco, porque allí entonces no había librería y excedía las pequeñas posibilidades de la biblioteca del pueblo. Aquel libro cambió para siempre mi condición de lectora”. “En él -dijo- encontramos algo que nos impresionó, y no así a los mayores. Y aunque Cortázar decía que en el libro no hay ninguna lección, tal vez sea que a los jóvenes no les gusta -antes ni ahora- que les den lecciones. Encontraban allí sus propias preguntas, sus angustias de todos los días generadas por el mundo que les tocaba vivir, el mundo de los padres”.
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