La trampa energética
Entre muchas otras cosas, la devaluación muy fuerte del peso hará aún más grave la crisis energética que tantos problemas está provocando en distintos lugares del país, sobre todo en aquellos centros urbanos en que los cortes de luz prolongados ya son rutinarios. Se prevé que este año el costo de importar la energía que necesitaremos alcanzará 14.000 millones de dólares, lo que, según los especialistas, obligaría al gobierno a desembolsar un 45% más en pesos que en el 2013. Si bien una eventual recesión profunda serviría para reducir el consumo, se trataría de un remedio que sería peor que la enfermedad desde el punto de vista no sólo del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sino también de los muchísimos trabajadores que perderían su empleo y empresarios que podrían caer en bancarrota, para no hablar de los jubilados y dependientes de las redes clientelares que ya viven al borde de la indigencia. Asimismo, aunque el gobierno parece resuelto a continuar subsidiando el consumo hogareño de energía, tal y como están las cosas no le queda más opción que la de procurar discriminar entre los usuarios para que los relativamente acomodados paguen más, tal vez mucho más, por lo que consuman, lo que, claro está, desataría una ola de protestas airadas por parte de los perjudicados. Los encargados de manejar la economía nacional no quieren que la devaluación del peso tenga un impacto negativo en el costo de vida, de ahí las amenazas que están profiriendo a los supermercadistas y otros comerciantes, además de los proveedores, pero sería un auténtico milagro que las exhortaciones en tal sentido lograran frenar los aumentos. Muchos sectores, comenzando con el energético, dependen de insumos importados. No les es dado reemplazarlos por insumos producidos en el país, como pidió Cristina a inicios de su gestión, de suerte que abundan los empresarios que se verán constreñidos a elegir entre desafiar a un gobierno que carece de autoridad moral y trabajar a pérdida. Algunos ya han reaccionado frente al cambio negándose a vender electrodomésticos y otros productos hasta que se haya aclarado el panorama. También se han suspendido muchas promociones destinadas a seducir a clientes en potencia. Si los empresarios confiaran en la capacidad del gobierno para encontrar una salida del laberinto en que se ha internado, la mayoría estaría dispuesta a colaborar con el equipo económico, pero parecería que el consenso es que el ministro responsable, Axel Kicillof, y los funcionarios que lo acompañan se destacan por su ineptitud. Aquellos kirchneristas del primer momento que se han alejado de Cristina, acusándola de desbaratar “el modelo” supuestamente viable que le legó su antecesor y marido, Néstor Kirchner, quisieran olvidar que el expresidente no sólo ordenó la toma del Indec por militantes liderados por el exsecretario de Comercio Guillermo Moreno sino que también fue el artífice principal de la política energética que, andando el tiempo, tendría consecuencias previsiblemente desastrosas. Debería haberles sido evidente que, tarde o temprano, un “modelo” basado en estadísticas fraudulentas y el consumo subsidiado que desalentaría la producción de energía terminaría estallando, pero parecería que los beneficios políticos posibilitados por la miopía sistemática resultaban suficientes como para convencerlos de que la pareja santacruceña había armado una especie de máquina económica de movimiento perpetuo, de suerte que no tendrían motivos para preocuparse. Pero, como suele suceder cuando de esquemas voluntaristas se trata, cometieron un error muy grande aquellos populistas que apostaron a que todo saldría bien y que por lo tanto no sería necesario tomar medidas antipáticas. De resultas de su insensatez, la producción local de energía ha seguido bajando: el 1,7% el año pasado en el caso del crudo y el 4,4% en el del gas natural. Para revertir la tendencia ominosa así supuesta, el gobierno tendría que aumentar mucho los precios. Por razones políticas y sociales comprensibles, Cristina y sus soldados son reacios a hacerlo, pero pronto podrían verse sin más alternativa que la de emprender un ajuste energético brutal que los privaría de una parte importante de su cada vez más escaso capital político.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 31 de enero de 2014
Entre muchas otras cosas, la devaluación muy fuerte del peso hará aún más grave la crisis energética que tantos problemas está provocando en distintos lugares del país, sobre todo en aquellos centros urbanos en que los cortes de luz prolongados ya son rutinarios. Se prevé que este año el costo de importar la energía que necesitaremos alcanzará 14.000 millones de dólares, lo que, según los especialistas, obligaría al gobierno a desembolsar un 45% más en pesos que en el 2013. Si bien una eventual recesión profunda serviría para reducir el consumo, se trataría de un remedio que sería peor que la enfermedad desde el punto de vista no sólo del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sino también de los muchísimos trabajadores que perderían su empleo y empresarios que podrían caer en bancarrota, para no hablar de los jubilados y dependientes de las redes clientelares que ya viven al borde de la indigencia. Asimismo, aunque el gobierno parece resuelto a continuar subsidiando el consumo hogareño de energía, tal y como están las cosas no le queda más opción que la de procurar discriminar entre los usuarios para que los relativamente acomodados paguen más, tal vez mucho más, por lo que consuman, lo que, claro está, desataría una ola de protestas airadas por parte de los perjudicados. Los encargados de manejar la economía nacional no quieren que la devaluación del peso tenga un impacto negativo en el costo de vida, de ahí las amenazas que están profiriendo a los supermercadistas y otros comerciantes, además de los proveedores, pero sería un auténtico milagro que las exhortaciones en tal sentido lograran frenar los aumentos. Muchos sectores, comenzando con el energético, dependen de insumos importados. No les es dado reemplazarlos por insumos producidos en el país, como pidió Cristina a inicios de su gestión, de suerte que abundan los empresarios que se verán constreñidos a elegir entre desafiar a un gobierno que carece de autoridad moral y trabajar a pérdida. Algunos ya han reaccionado frente al cambio negándose a vender electrodomésticos y otros productos hasta que se haya aclarado el panorama. También se han suspendido muchas promociones destinadas a seducir a clientes en potencia. Si los empresarios confiaran en la capacidad del gobierno para encontrar una salida del laberinto en que se ha internado, la mayoría estaría dispuesta a colaborar con el equipo económico, pero parecería que el consenso es que el ministro responsable, Axel Kicillof, y los funcionarios que lo acompañan se destacan por su ineptitud. Aquellos kirchneristas del primer momento que se han alejado de Cristina, acusándola de desbaratar “el modelo” supuestamente viable que le legó su antecesor y marido, Néstor Kirchner, quisieran olvidar que el expresidente no sólo ordenó la toma del Indec por militantes liderados por el exsecretario de Comercio Guillermo Moreno sino que también fue el artífice principal de la política energética que, andando el tiempo, tendría consecuencias previsiblemente desastrosas. Debería haberles sido evidente que, tarde o temprano, un “modelo” basado en estadísticas fraudulentas y el consumo subsidiado que desalentaría la producción de energía terminaría estallando, pero parecería que los beneficios políticos posibilitados por la miopía sistemática resultaban suficientes como para convencerlos de que la pareja santacruceña había armado una especie de máquina económica de movimiento perpetuo, de suerte que no tendrían motivos para preocuparse. Pero, como suele suceder cuando de esquemas voluntaristas se trata, cometieron un error muy grande aquellos populistas que apostaron a que todo saldría bien y que por lo tanto no sería necesario tomar medidas antipáticas. De resultas de su insensatez, la producción local de energía ha seguido bajando: el 1,7% el año pasado en el caso del crudo y el 4,4% en el del gas natural. Para revertir la tendencia ominosa así supuesta, el gobierno tendría que aumentar mucho los precios. Por razones políticas y sociales comprensibles, Cristina y sus soldados son reacios a hacerlo, pero pronto podrían verse sin más alternativa que la de emprender un ajuste energético brutal que los privaría de una parte importante de su cada vez más escaso capital político.
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