Un país crispado

Redacción

Por Redacción

ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

Uno de los rasgos característicos de esta década dilapidada –si la juzgamos en función de los magros resultados obtenidos– es la permanente ideologización de los debates jurídicos, económicos y políticos. En una democracia moderna son normales los desacuerdos. Lo que no es normal es que cada vez que aflora una diferencia sea atribuida a la acción desestabilizadora de siniestros golpistas embozados. La más reciente acción desestabilizadora –según la frondosa imaginación de algunos intelectuales oficialistas– parece que ha tenido lugar aprovechando la propuesta de reforma del Código Penal. Según un párrafo del documento titulado “Acuerdo para la seguridad democrática”, “con la excusa de impedir el avance del anteproyecto elaborado por una comisión redactora con representación de diversas fuerzas políticas, se impulsa una campaña basada en mentiras y distorsiones informativas que intenta generar miedo para consolidar proyectos políticos de corte antidemocrático”. El documento –que según “Página/12” cosechó más de 600 firmas, entre las que se destacan la del periodista Horacio Verbitsky y la del exfiscal Hugo Cañón– no tiene pruritos al señalar que los cuestionamientos a la reforma del Código Penal “vienen de los partidos donde residen los jefes del crimen organizado en la provincia de Buenos Aires”. Como la referencia era obvia, salió al cruce de esa declaración el jefe del bloque de diputados renovadores Darío Giustozzi para acusar a los autores de estar inspirados en una “demagogia garantista que esconde un espíritu abolicionista de las penas en la República Argentina”. La consecuencia de instalar el debate sobre la reforma del Código Penal en el terreno ideológico-político, como era de suponer, ha derivado rápidamente en la formación de dos bandos. Por un lado tenemos a los que se adscriben a la “demagogia punitiva” y, enfrente, a los partidarios de la “demagogia garantista”. De modo que lo que debiera discurrir por un terreno más bien ligado al sereno debate científico-jurídico termina en un combate de boxeo donde los oponentes lanzan sus verdades como puños. La elevación de cualquier desacuerdo al terreno ideológico-retórico ha sido una constante de los gobiernos del matrimonio Kirchner. Aconteció con los derechos humanos, continuó con las ambivalencias sobre la extendida práctica de cortar rutas y puentes por reclamos sociales y se evidenció en el frívolo tratamiento de las políticas macroeconómicas, donde la pretensión de tomar distancias del “neoliberalismo” ha llevado a un desajuste de los fundamentos de la economía que demandará un denodado esfuerzo de cualquier futuro gobierno que aplique el simple sentido común. La traslación de cualquier disidencia, debate o legítimo conflicto de intereses al formato “amigo-enemigo” es una constante del maniqueísmo populista. Es comprensible: si alguien se considera investido de una misión mesiánica, representando los intereses profundos de un pueblo doliente y abandonado por la historia, es casi natural que sitúe cualquier discrepante en el terreno del “antipueblo”. Sólo personas aviesas, seguramente pertenecientes a los sectores más recalcitrantes de la “derecha” o las “corporaciones”, pueden permanecer insensibles a la amplia convocatoria patriótica que reciben. El costo mayor que tiene la profundización irresponsable del desacuerdo político es la pérdida del sentido de las proporciones. Las sociedades modernas están penetradas transversalmente por el fenómeno de la complejidad. La gestión de los asuntos públicos demanda unas intervenciones cuidadas y muy pensadas, sobre todo evaluando las consecuencias que se derivan en el largo plazo. Cuando la realidad se observa desde el lente oscuro de la ideología, desaparecen las sutilezas y las diferencias o los conflictos de interés aparecen desfigurados como los presentaba Goya en la serie sobre los gigantes que resolvían sus diferencias a garrotazos. Desde hace tiempo Argentina vive perturbada por el exceso de retórica que hace perder de vista lo importante. Como recientemente señaló Sergio Bufano, hubo exceso en la cruzada retórica que pretendía llevarnos en andas al socialismo, en la represión desmesurada de la dictadura militar basada en una supuesta Tercera Guerra Mundial, en la pretensión ingenua de recuperar las Malvinas por la vía militar y en las privatizaciones atropelladas de Menem. Ahora lo que padecemos es un exceso exasperante de vieja retórica anclada en las disputas estudiantiles de los años setenta. Las polémicas flamígeras alrededor de la reforma de un código son reveladoras del vuelo gallináceo de algunos debates. Es un modo de seguir fuera del mundo. La mayoría de los países ha aprendido que el progreso es fruto del esfuerzo constante puesto en el buen hacer. No existen enemigos aviesos que disfruten con nuestro fracaso, como lo señala la visión paranoica de la vieja política. La retórica, como las drogas o el alcohol, suministran una energía transitoria, pero los resultados perdurables son fruto del esfuerzo compartido y constante. Terminar con la estúpida creencia en la existencia de enemigos absolutos es la primera tarea que nos debemos.


ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

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