Combustible de alto riesgo
El gobierno acaba de publicar un nuevo capítulo del ajuste al recortar los subsidios en los consumos de gas, agua y cloacas, profundizando aún más la propensión marginal a no gastar en gran parte de la población. Quedó muy lejos el modelo que incentivó el consumo hasta el paroxismo, que alimentó la inflación y el que despilfarró el mayor ingreso de divisas de la historia. La fenomenal caída de reservas motorizada por la crisis de confianza obligó a la Casa Rosada a desarrollar un enorme ajuste cambiario y financiero que ha comenzado a tener un crítico efecto en el bolsillo de la población. Para que quede claro, cuando se habla de ajuste, para los muchachos de La Cámpora y el resto de la administración Kirchner se habla de ajuste fiscal. Salvo para ellos, para el resto de los mortales ajuste es aumento en cualquiera de los tópicos económico, fiscal, tributario, financiero, cambiario, inflacionario y, final y fatalmente, una caída del empleo. De allí que el ministro de Economía, Axel Kicillof, insistiera en que “éste no es un ajuste sino un redireccionamiento del gasto”. Más allá de las diferencias conceptuales, lo cierto es que, entre la devaluación, el ajuste de tarifas de combustibles, la reducción de subsidios al consumo, la suba de precios, los nuevos impuestos y los aumentos de tasas y contribuciones en provincias y municipios, se ha configurado un demoledor apretón en el bolsillo de los trabajadores, jubilados y desocupados. No es casual entonces que el paro general lanzado por todo el abanico sindical opositor cobre cada día más adhesiones, al punto tal que muchos gremios enrolados en la CGT oficial están por cruzar la frontera política, tal como hicieron colectiveros y ferroviarios. El recorte de subsidios anunciado tampoco beneficiará a los sectores de menores ingresos. El ahorro, según estimaciones oficiales, de unos 15.000 millones de pesos no irá a solucionar el conflicto docente ni tampoco a paliar los misérrimos haberes previsionales, sino que tendría como destino el clientelismo político. La baja de los subsidios, que debería servir como reducción del gasto, finalmente se evaporará en prebendas y devolución de favores, al tiempo que el aumento en el consumo de los servicios impactará de lleno en el poder de compra de los salarios de los sectores medios bajos. Esto llevará a una contracción de la demanda agregada al tiempo que, en muchos casos, traerá también un fuerte impacto en los precios. Este doble efecto alimentará la peor pesadilla de cualquier sociedad: el estancamiento combinado con la inflación. Este ciclo de “estanflación” está comenzando a cobrar cuerpo y forma y ya golpea en los niveles de empleo, en especial, en el sector metalmecánico. La caída del PBI en el último trimestre del 2013 pone de relieve la fortaleza de esta tendencia de ciclo hacia la baja, que se terminará de verificar en el primer trimestre de este año. De hecho, la primera aproximación indica que la actividad económica en enero verificó una caída de 0,4% contra diciembre. La destrucción de las estadísticas oficiales, la falta de armonización de las series de precios y la fragmentación entre los indicadores viejos y el nuevo índice de precios nacional han servido no sólo para maquillar el verdadero impacto de la inflación, sino para defraudar nuevamente a los tenedores de bonos atados al crecimiento. Antes fueron los papeles con ajuste por inflación, ahora son los títulos con cupón PBI. Éste no es un tema menor ya que los tenedores de estos papeles pueden reclamar en instancia judicial, aumentando peligrosamente el costo de la litigiosidad, los pasivos contingentes, el riesgo país y la calificación de la deuda soberana. No quiere admitirlo, pero la administración Kirchner volvió a las fuentes: ajuste, inflación, recesión y defraudación, un combustible altamente inflamable. (*) Analista económico de DyN
MIGUEL ÁNGEL ROUCO (*)
El gobierno acaba de publicar un nuevo capítulo del ajuste al recortar los subsidios en los consumos de gas, agua y cloacas, profundizando aún más la propensión marginal a no gastar en gran parte de la población. Quedó muy lejos el modelo que incentivó el consumo hasta el paroxismo, que alimentó la inflación y el que despilfarró el mayor ingreso de divisas de la historia. La fenomenal caída de reservas motorizada por la crisis de confianza obligó a la Casa Rosada a desarrollar un enorme ajuste cambiario y financiero que ha comenzado a tener un crítico efecto en el bolsillo de la población. Para que quede claro, cuando se habla de ajuste, para los muchachos de La Cámpora y el resto de la administración Kirchner se habla de ajuste fiscal. Salvo para ellos, para el resto de los mortales ajuste es aumento en cualquiera de los tópicos económico, fiscal, tributario, financiero, cambiario, inflacionario y, final y fatalmente, una caída del empleo. De allí que el ministro de Economía, Axel Kicillof, insistiera en que “éste no es un ajuste sino un redireccionamiento del gasto”. Más allá de las diferencias conceptuales, lo cierto es que, entre la devaluación, el ajuste de tarifas de combustibles, la reducción de subsidios al consumo, la suba de precios, los nuevos impuestos y los aumentos de tasas y contribuciones en provincias y municipios, se ha configurado un demoledor apretón en el bolsillo de los trabajadores, jubilados y desocupados. No es casual entonces que el paro general lanzado por todo el abanico sindical opositor cobre cada día más adhesiones, al punto tal que muchos gremios enrolados en la CGT oficial están por cruzar la frontera política, tal como hicieron colectiveros y ferroviarios. El recorte de subsidios anunciado tampoco beneficiará a los sectores de menores ingresos. El ahorro, según estimaciones oficiales, de unos 15.000 millones de pesos no irá a solucionar el conflicto docente ni tampoco a paliar los misérrimos haberes previsionales, sino que tendría como destino el clientelismo político. La baja de los subsidios, que debería servir como reducción del gasto, finalmente se evaporará en prebendas y devolución de favores, al tiempo que el aumento en el consumo de los servicios impactará de lleno en el poder de compra de los salarios de los sectores medios bajos. Esto llevará a una contracción de la demanda agregada al tiempo que, en muchos casos, traerá también un fuerte impacto en los precios. Este doble efecto alimentará la peor pesadilla de cualquier sociedad: el estancamiento combinado con la inflación. Este ciclo de “estanflación” está comenzando a cobrar cuerpo y forma y ya golpea en los niveles de empleo, en especial, en el sector metalmecánico. La caída del PBI en el último trimestre del 2013 pone de relieve la fortaleza de esta tendencia de ciclo hacia la baja, que se terminará de verificar en el primer trimestre de este año. De hecho, la primera aproximación indica que la actividad económica en enero verificó una caída de 0,4% contra diciembre. La destrucción de las estadísticas oficiales, la falta de armonización de las series de precios y la fragmentación entre los indicadores viejos y el nuevo índice de precios nacional han servido no sólo para maquillar el verdadero impacto de la inflación, sino para defraudar nuevamente a los tenedores de bonos atados al crecimiento. Antes fueron los papeles con ajuste por inflación, ahora son los títulos con cupón PBI. Éste no es un tema menor ya que los tenedores de estos papeles pueden reclamar en instancia judicial, aumentando peligrosamente el costo de la litigiosidad, los pasivos contingentes, el riesgo país y la calificación de la deuda soberana. No quiere admitirlo, pero la administración Kirchner volvió a las fuentes: ajuste, inflación, recesión y defraudación, un combustible altamente inflamable. (*) Analista económico de DyN
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