Tres nuevos discos para descubrir

Novedades llenas de tango, samba y rock

Redacción

Por Redacción

Música

Federico Lechner y Franco Luciani se meten de lleno en el universo gardeliano en su nuevo disco, mientras que Gilberto Gil lanzó un exquisito homenaje a la samba brasileña, los roqueros argentinos El Bordo publicaron su muy buen disco «Hermanos»

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«Gilbertos Samba»

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Se acaba de editar en la Argentina «Gilbertos Samba», un exquisito disco en el que Gilberto Gil recorre el lado más elegante del samba brasileño, la bossa nova, con interpretaciones austeras a guitarra y suaves percusiones escobilladas, con alguna pequeña intervención electrónica, o quizás unas palmas.

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En este placer sonoro que Gil grabó con técnicas analógicas y con producción artística de Moreno Veloso -hijo de Caetano- y Bem Gil, su propio hijo, la gracia interpretativa del bahiano se pone de relieve en toda su relevancia.

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Notables, cercanas, frescas, versiones de clásicos de la bossa como «Desafinado», «O pato», «Doralice» o «Voce e eu», pueblan las pistas de un material que se disfruta de principio a fin y que incluye la bellísima «Desde que o samba e samba», de Caetano, y tres canciones propias de Gil («Um abrazzo no Joao», «Eu vim da Bahia» y «Gilbertos»).

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Gil en guitarra y voz, Domenico Lancelotti en batería y percusiones, Moreno Veloso en percusiones, palmas y electrónica, conforman el núcleo instrumental duro del álbum que tiene también participaciones de Mestrinho en acordeón, Danilo y Dorival Caymmi, Rodrigo Amarante, Bem Gil y Pedro Sa, entre otros.

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El disco es un implícito reconocimiento a Joao Gilberto, creador de la bossa, y al influjo que el autor de «Chega de saudade» tuvo en la vida musical de Gil, ya que el autor de «Realce» tocó desde chico el acordeón, siguiendo al popular rey del baiao nordestino Luis Gonzaga y se pasó a la guitarra a los 16 años, cuando escuchó por primera vez a Joao.

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Con 71 años y 50 de carrera musical, su revolucionaria creación del tropicalismo, la cárcel y el exilio durante la dictadura militar, su cargo como ministro de Cultura y una carrera que lo llevó por el funk, el reggae y distintas rítmicas del nordeste de su país, Gil vuelve, en estatura mayúscula, para seguir tributando a la libertad creativa desde este álbum maravilloso.

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«Gardelería»

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Desde el piano y la armónica, pero fundamentalmente a partir de una atmósfera libre y jazzera, Federico Lechner y Franco Luciani visitan el mito y reformulan aquella máxima acerca de que «Gardel cada día canta mejor» para proponer que «Gardel cada día compone mejor».

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El universo musical gardeliano, muchas veces pasado o por alto o apresado en visitas más melosas que audaces, es el territorio fértil desde el que la dupla construye una musicalidad sin fronteras ni limitaciones.

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Para lograr ese cometido, tan audaz como bello, la dupla añade los aportes permanentes de Andrés Litwin en la batería y de Pablo Motta en el contrabajo, configurando un cuarteto dúctil e inspirado para transitar territorios inexplorados.

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Las voces del brasileño Gladston Galliza y del español Javier Ruibal se suman respectivamente para «Lejana tierra mía» y «Volvió una noche», pero también participa el armonicista Antonio Serrano (en «El día que me quieras») y la percusión de Horacio Cacoliris (en «Amores de estudiante»).

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Entre los aportes aparece el venerado influjo del uruguayo Leo Maslíah, responsable del arreglo de «Guitarra mía» y, según confiesan los mentores de la placa, también ideólogo del título que da nombre a la placa.

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Las 11 estaciones gardelianas propuestas por Lechner-Luciani descuellan también en las visitas a «Por una cabeza», «Volver» y «Soledad», para dar forma a un trabajo que los mismos integrantes del binomio presentan como una «aventura irreverente y cariñosa».

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La escucha placentera e inquietante propuesta no puede evitar, sin embargo, que aparezca la pregunta acerca de si aquellos oídos no familiarizados con la obra del «zorzal criollo» serán capaces de apreciar los guiños, las cadencias y las rupturas ligadas a una historia, a una tradición.

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Lechner-Luciani, que trabajan juntos desde 2008 cuando coincidieron en la Expo Zaragoza y vienen construyendo un discurso propio como dúo al margen de sus probados talentos individuales, se encuentran girando por la Argentina para hacer sonar en vivo los climas de «Gardelería».

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«Hermanos»

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Séptimo disco para esta banda porteña que decidió ponerse en manos del prestigioso Alejandro Vázquez y cambiar radicalmente su sonido, sin perder un ápice de garra y polenta. Allí esta el hard rock que caracteriza al Bordo, pero con un sonido más alternativo, las guitarras, bases y voces procesadas y microfoneadas de otra manera.

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Para estos amantes de Pearl Jam, Neil Young y Foo Fitghters, llegó la hora del cambio y recurrieron a Vázquez, responsable de los últimos discos de Carajo, Richard Coleman y Massacre, pero sin resignar su esencia, su ADN.

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El disco abre de entrada con la poderosa «Existir» que comienza con unos rasgueos de guitarra y luego se mete toda la banda, con las violas bien alternativas y los teclados sobrecargando el sonido. Mientras tanto Ale Kurz cuenta una historia apocalíptica pero la abre con una pregunta que tranquilamente puede vincularse con los cambios, «podrán decirme si este es el momento de quitarnos los restos y así existir».

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Inclusive el solo de «Existir» pasa por otro pedales y hay un intermezzo medio beatle, mientras que «Instinto» abre con acordes bien alternativos y se convierte en un medio tempo, donde los cambios se profundizan más, aparecen arreglos de teclados, pero el Bordo sigue sonando bien power, ya no hay yeites ni clishés, toda la ropa es nueva.

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«Sobrio» abre impecable, con arreglos de piano y un beat, bien bailable y la canción recuerda a los brasileños de Legiao Urbana o a las Pelotas en su faceta más new wave, y a medida que todo el grupo construye la canción, esta se va convirtiendo en una de las más interesantes del disco. Una exquisitez.

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La base integrada por el baterista Miguel Soifer trabajó con otro sonido en los parches, otras afinaciones, mientras que Pablo Spivak desde el bajo, puso el groove bien adelante para darle mayor expansión al sonido del grupo.

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Desde las guitarras, los hermanos Ale y Diego Kurz trabajaron de otra manera, buscaron otros sonidos, pedales, micrófonos y son la clave del cambio sonoro, y Leandro Kohon en piano y teclados dejó de ser una figura decorativa y hoy su aporte es esencial.

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Inclusive «Madre Tierra» que se vincula con la versión más tradicional del Bordo, suena diferente y Vázquez hizo un gran trabajo con el grupo para dejar plasmados en «Hermanos», muy buenos arreglos corales.

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«Chico Invisible» abre rápido, con el groove al frente, las guitarras entrando y saliendo, y en su poesía Kurz convierte a Julito en el «Jeremy» argentino, pero la canción no recuerda a Pearl Jam, sino que el Bordo le da su propia matriz sonora.

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«Lejos» abre bien americana, roquera, con bonitos acordes de la armónica, la base entrando con golpes suaves, precisos, y lo que parecía un medio tempo tradicional, se escapa por un camino más elaborado y trabajado, bien a tono con el nuevo disco.

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«En mi locura» comienza con la acústica, con Ale Kurz cantando casi sobre el micrófono en un clima de gran intimidad, embellecida con hermosos arreglos de cuerdas, y al promediar ingresa el resto del grupo, con un piano, y la batería golpeada suavemente, como con escobillas, dándole cierto vuelo psicodélico.

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«Hermanos» es una elegía a los proyectos en equipo, entre amigos, a la solidaridad colectiva, a la historia de El Bordo, con un gran trabajo instrumental, en especial de Spivak desde el bajo y Kurz cantándola con pasión, sin elevar la voz, para cerrar un disco de grandes canciones, arriesgado, y que quiere quedarse entre los mejores del 2014.

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Fuente: Télam.


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