Drama sin desenlace evidente

Redacción

Por Redacción

El desempleo, que en algunos países relativamente avanzados afecta a más del 50% de los jóvenes, plantea un desafío exasperante no sólo en el sur de Europa sino también en muchas otras partes del mundo tanto desarrollado como subdesarrollado. Aunque políticos, intelectuales contestatarios y líderes religiosos como el papa Francisco denuncian con elocuencia los estragos provocados por la falta de empleos dignos, ninguno ha logrado esbozar una solución para una crisis que ha tomado por sorpresa a casi todos. Hasta hace apenas diez años se suponía que se trataba de un fenómeno cíclico y que, si bien en etapas recesivas muchos perderían sus puestos de trabajo, los reencontrarían al reanudarse el crecimiento. Sin embargo, para preocupación de los dirigentes políticos y, huelga decirlo, de decenas de millones de desocupados, la recuperación de las economías principales no se ha visto acompañada por una reducción correspondiente de la tasa de desempleo. Una proporción sustancial de los perjudicados por lo que algunos llaman “la gran recesión” ha tenido que conformarse con empleos menos exigentes y por lo tanto peor remunerados que los anteriores. Las razones no constituyen un misterio. Desgraciadamente para quienes no han podido insertarse en el mercado de trabajo, en los años últimos ha sido tan rápido el progreso tecnológico que muchas empresas ya pueden prescindir de los servicios de gente óptimamente preparada para desempeñar funciones esenciales en la economía de ayer. Asimismo, de un modo u otro, los trabajadores del mundo rico compiten directamente con los de países pobres como China y la India. Existe un consenso en el sentido de que la clave es la educación. En todos los países, incluyendo a la Argentina, se ha hecho habitual afirmar que los colegios y universidades deberían concentrarse en asegurar que los alumnos resulten capaces de aprovechar las “salidas laborales” que les esperarán, o sea, que en el caso de la Argentina convendría que hubiera más ingenieros que abogados. Tal planteo se basa en la idea de que a las distintas sociedades no les cabe más alternativa que la de adaptarse a la realidad económica, ya que sería inútil frenar el desarrollo de la economía para que no se aleje demasiado de las necesidades de la reserva laboral disponible. En otras palabras, hay que elegir entre la eficiencia, que dependerá cada vez más de la incorporación de tecnologías novedosas que propenden a eliminar los puestos de trabajo tradicionales, por un lado y, por el otro, la solidaridad social que supondría proteger una multitud de empleos muy poco productivos. Sin habérselo propuesto explícitamente, desde mediados del siglo pasado los gobiernos argentinos optaron por defender los empleos amenazados por “el eficientismo”; han preferido el atraso relativo a las dificultades que les hubiera ocasionado un esfuerzo por impulsar cambios encaminados a mejorar el desempeño de la economía en su conjunto. En los países que se han enriquecido enormemente en las décadas últimas, los gobiernos, respaldados por todas corrientes políticas, han procurado resolver el problema subordinando hasta cierto punto el sistema educativo a sus prioridades económicas. Aunque la estrategia elegida supuso la marginación de muchas personas que, como los beneficiados aquí por los “planes trabajo” instituidos por el gobierno kirchnerista, dependerían de forma permanente de subsidios, parecían funcionar adecuadamente hasta el estallido de una crisis financiera que tendría fuertes repercusiones en la “economía real”, pero entonces, en un lapso muy breve, millones de personas descubrieron que lo aprendido en los colegios y universidades no les garantizaría los empleos previstos. Como es natural, muchos se sienten defraudados por el sistema económico avalado por virtualmente todos los políticos que señalan, sin equivocarse, que las hipotéticas alternativas pregonadas por los más “indignados” serían llamativamente peores. Aún no sabemos cómo reaccionarán los desocupados ya crónicos si la situación actual se prolonga por mucho tiempo más, pero a menos que las elites políticas logren concebir un orden que, sin condenar al atraso a países acostumbrados a un estándar de vida elevado, brinde a todos salvo una pequeña minoría oportunidades para abrirse camino en el mundo, a las sociedades avanzadas les aguardará un futuro muy pero muy agitado.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 10 de julio de 2014


El desempleo, que en algunos países relativamente avanzados afecta a más del 50% de los jóvenes, plantea un desafío exasperante no sólo en el sur de Europa sino también en muchas otras partes del mundo tanto desarrollado como subdesarrollado. Aunque políticos, intelectuales contestatarios y líderes religiosos como el papa Francisco denuncian con elocuencia los estragos provocados por la falta de empleos dignos, ninguno ha logrado esbozar una solución para una crisis que ha tomado por sorpresa a casi todos. Hasta hace apenas diez años se suponía que se trataba de un fenómeno cíclico y que, si bien en etapas recesivas muchos perderían sus puestos de trabajo, los reencontrarían al reanudarse el crecimiento. Sin embargo, para preocupación de los dirigentes políticos y, huelga decirlo, de decenas de millones de desocupados, la recuperación de las economías principales no se ha visto acompañada por una reducción correspondiente de la tasa de desempleo. Una proporción sustancial de los perjudicados por lo que algunos llaman “la gran recesión” ha tenido que conformarse con empleos menos exigentes y por lo tanto peor remunerados que los anteriores. Las razones no constituyen un misterio. Desgraciadamente para quienes no han podido insertarse en el mercado de trabajo, en los años últimos ha sido tan rápido el progreso tecnológico que muchas empresas ya pueden prescindir de los servicios de gente óptimamente preparada para desempeñar funciones esenciales en la economía de ayer. Asimismo, de un modo u otro, los trabajadores del mundo rico compiten directamente con los de países pobres como China y la India. Existe un consenso en el sentido de que la clave es la educación. En todos los países, incluyendo a la Argentina, se ha hecho habitual afirmar que los colegios y universidades deberían concentrarse en asegurar que los alumnos resulten capaces de aprovechar las “salidas laborales” que les esperarán, o sea, que en el caso de la Argentina convendría que hubiera más ingenieros que abogados. Tal planteo se basa en la idea de que a las distintas sociedades no les cabe más alternativa que la de adaptarse a la realidad económica, ya que sería inútil frenar el desarrollo de la economía para que no se aleje demasiado de las necesidades de la reserva laboral disponible. En otras palabras, hay que elegir entre la eficiencia, que dependerá cada vez más de la incorporación de tecnologías novedosas que propenden a eliminar los puestos de trabajo tradicionales, por un lado y, por el otro, la solidaridad social que supondría proteger una multitud de empleos muy poco productivos. Sin habérselo propuesto explícitamente, desde mediados del siglo pasado los gobiernos argentinos optaron por defender los empleos amenazados por “el eficientismo”; han preferido el atraso relativo a las dificultades que les hubiera ocasionado un esfuerzo por impulsar cambios encaminados a mejorar el desempeño de la economía en su conjunto. En los países que se han enriquecido enormemente en las décadas últimas, los gobiernos, respaldados por todas corrientes políticas, han procurado resolver el problema subordinando hasta cierto punto el sistema educativo a sus prioridades económicas. Aunque la estrategia elegida supuso la marginación de muchas personas que, como los beneficiados aquí por los “planes trabajo” instituidos por el gobierno kirchnerista, dependerían de forma permanente de subsidios, parecían funcionar adecuadamente hasta el estallido de una crisis financiera que tendría fuertes repercusiones en la “economía real”, pero entonces, en un lapso muy breve, millones de personas descubrieron que lo aprendido en los colegios y universidades no les garantizaría los empleos previstos. Como es natural, muchos se sienten defraudados por el sistema económico avalado por virtualmente todos los políticos que señalan, sin equivocarse, que las hipotéticas alternativas pregonadas por los más “indignados” serían llamativamente peores. Aún no sabemos cómo reaccionarán los desocupados ya crónicos si la situación actual se prolonga por mucho tiempo más, pero a menos que las elites políticas logren concebir un orden que, sin condenar al atraso a países acostumbrados a un estándar de vida elevado, brinde a todos salvo una pequeña minoría oportunidades para abrirse camino en el mundo, a las sociedades avanzadas les aguardará un futuro muy pero muy agitado.

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