Los demonios de la presidenta
Por razones comprensibles, ha motivado alarma entre los representantes de la comunidad judía argentina el intento desafortunado de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de defender, ante la Asamblea General de la ONU, el acuerdo con Irán, país que, para sorpresa de nadie con la eventual excepción del canciller Héctor Timerman, no parece estar dispuesto a colaborar en la investigación del atentado de hace veinte años contra la sede de la AMIA, en el que murieron 85 personas y sufrieron heridas muchas más. El escaso interés de los iraníes en la propuesta del gobierno kirchnerista puede entenderse, ya que encabezan la lista de acusados de ser los autores intelectuales de la matanza varios dirigentes poderosos del régimen islámico. De todos modos, al despacharse contra “las instituciones judías”, calificándolas de “demonios internos”, por oponerse al pacto que, para desconcierto de todos salvo los oficialistas incondicionales, el gobierno propuso al entonces presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, un personaje que se había hecho mundialmente famoso por sus manifestaciones de odio genocida hacia Israel, Cristina brindó la impresión de estar mucho más enojada con ellas que con los presuntos culpables de ordenar el peor ataque terrorista de la historia de nuestro país, o sea con “el demonio externo”. Como dijo el titular de la DAIA, Julio Schlosser, se trataba de “convertir a las víctimas en victimarios” ya que, según la fiscalía que fue especialmente designada por el gobierno para la causa, el “único demonio” es la República Islámica de Irán. Por razones evidentes, no ha sido posible interrogar a acusados como el exministro de Defensa iraní Ahmad Vahidi y otros, pero los investigadores no tienen muchas dudas acerca del papel desempeñado por los líderes de un régimen que nunca ha sido reacio a cometer atentados terroristas en países occidentales. Si bien es notoria la propensión de la presidenta a atribuir motivos conspirativos a quienes se niegan a apoyar todas sus iniciativas, debió haber entendido que ensañarse en público con “las instituciones judías” del país tendría repercusiones ingratas no sólo aquí sino también en el exterior. Aunque nadie cree que Cristina misma sea antisemita, no es ningún secreto que en las filas kirchneristas militan personajes que, so pretexto de sentir solidaridad para con los árabes palestinos, aprovechan cualquier oportunidad para asumir actitudes que son virtualmente idénticas a las de Ahmadinejad y los ayatolás iraníes más furibundos. Puede que el antisemitismo no sea tan virulento en la Argentina como en ciertas partes de Europa, donde se ha intensificado mucho en los meses últimos, pero existe y, desde luego, los síntomas motivan la preocupación de muchos miembros de la comunidad judía. Como no pudo ser de otra manera, temen que las palabras utilizadas por Cristina en Nueva York sirvan para convencer a sus partidarios de que ha llegado la hora de agregar la comunidad judía nacional a su lista ya demasiado larga de enemigos de la patria. El tristemente célebre memorándum que, según Cristina, desató “los demonios internos y externos”, comenzando con las instituciones judías locales, ha sido olvidado por el régimen iraní, que lo tomó por un capricho más del ya saliente presidente Ahmadinejad y por lo tanto lo archivó. Con todo, si bien la idea de que los islamistas aceptaran cooperar honestamente con una “comisión de la verdad” integrada por sus propios juristas y por infieles siempre fue absurda, parecería que el canciller se las arregló para hacer creer a Cristina que le sería dado anotarse un triunfo diplomático insólito reconciliándose con los teócratas. Por supuesto, nadie familiarizado con la mentalidad de los fanáticos truculentos que gobiernan Irán a partir del derrocamiento del Sha Reza Pahlevi en 1979, y que podrían estar a punto de pertrecharse de un arsenal atómico, creyó que la maniobra, la que contó con la aprobación entusiasta del caudillo bolivariano Hugo Chávez, resultaría exitosa. Acertaron los escépticos, pero Cristina no quiere reconocer que, al apostar a que los islamistas tuvieran interés en ayudarla a aclarar el caso de la AMIA, cometió un error imputable a su propia ingenuidad y, desde luego, a la impericia patente del encargado de las relaciones del país con el exterior.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 3 de octubre de 2014
Por razones comprensibles, ha motivado alarma entre los representantes de la comunidad judía argentina el intento desafortunado de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de defender, ante la Asamblea General de la ONU, el acuerdo con Irán, país que, para sorpresa de nadie con la eventual excepción del canciller Héctor Timerman, no parece estar dispuesto a colaborar en la investigación del atentado de hace veinte años contra la sede de la AMIA, en el que murieron 85 personas y sufrieron heridas muchas más. El escaso interés de los iraníes en la propuesta del gobierno kirchnerista puede entenderse, ya que encabezan la lista de acusados de ser los autores intelectuales de la matanza varios dirigentes poderosos del régimen islámico. De todos modos, al despacharse contra “las instituciones judías”, calificándolas de “demonios internos”, por oponerse al pacto que, para desconcierto de todos salvo los oficialistas incondicionales, el gobierno propuso al entonces presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, un personaje que se había hecho mundialmente famoso por sus manifestaciones de odio genocida hacia Israel, Cristina brindó la impresión de estar mucho más enojada con ellas que con los presuntos culpables de ordenar el peor ataque terrorista de la historia de nuestro país, o sea con “el demonio externo”. Como dijo el titular de la DAIA, Julio Schlosser, se trataba de “convertir a las víctimas en victimarios” ya que, según la fiscalía que fue especialmente designada por el gobierno para la causa, el “único demonio” es la República Islámica de Irán. Por razones evidentes, no ha sido posible interrogar a acusados como el exministro de Defensa iraní Ahmad Vahidi y otros, pero los investigadores no tienen muchas dudas acerca del papel desempeñado por los líderes de un régimen que nunca ha sido reacio a cometer atentados terroristas en países occidentales. Si bien es notoria la propensión de la presidenta a atribuir motivos conspirativos a quienes se niegan a apoyar todas sus iniciativas, debió haber entendido que ensañarse en público con “las instituciones judías” del país tendría repercusiones ingratas no sólo aquí sino también en el exterior. Aunque nadie cree que Cristina misma sea antisemita, no es ningún secreto que en las filas kirchneristas militan personajes que, so pretexto de sentir solidaridad para con los árabes palestinos, aprovechan cualquier oportunidad para asumir actitudes que son virtualmente idénticas a las de Ahmadinejad y los ayatolás iraníes más furibundos. Puede que el antisemitismo no sea tan virulento en la Argentina como en ciertas partes de Europa, donde se ha intensificado mucho en los meses últimos, pero existe y, desde luego, los síntomas motivan la preocupación de muchos miembros de la comunidad judía. Como no pudo ser de otra manera, temen que las palabras utilizadas por Cristina en Nueva York sirvan para convencer a sus partidarios de que ha llegado la hora de agregar la comunidad judía nacional a su lista ya demasiado larga de enemigos de la patria. El tristemente célebre memorándum que, según Cristina, desató “los demonios internos y externos”, comenzando con las instituciones judías locales, ha sido olvidado por el régimen iraní, que lo tomó por un capricho más del ya saliente presidente Ahmadinejad y por lo tanto lo archivó. Con todo, si bien la idea de que los islamistas aceptaran cooperar honestamente con una “comisión de la verdad” integrada por sus propios juristas y por infieles siempre fue absurda, parecería que el canciller se las arregló para hacer creer a Cristina que le sería dado anotarse un triunfo diplomático insólito reconciliándose con los teócratas. Por supuesto, nadie familiarizado con la mentalidad de los fanáticos truculentos que gobiernan Irán a partir del derrocamiento del Sha Reza Pahlevi en 1979, y que podrían estar a punto de pertrecharse de un arsenal atómico, creyó que la maniobra, la que contó con la aprobación entusiasta del caudillo bolivariano Hugo Chávez, resultaría exitosa. Acertaron los escépticos, pero Cristina no quiere reconocer que, al apostar a que los islamistas tuvieran interés en ayudarla a aclarar el caso de la AMIA, cometió un error imputable a su propia ingenuidad y, desde luego, a la impericia patente del encargado de las relaciones del país con el exterior.
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