El país de Kicillof

Redacción

Por Redacción

Merced a la confianza que inspira en la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su propio dominio de las artes necesarias para triunfar en las luchas internas que suelen agitar a gobiernos como el actual, Axel Kicillof se las ha arreglado para erigirse en un auténtico superministro. Cristina aparte, no hay ningún otro funcionario que esté en condiciones de discrepar con él sin correr el riesgo de ser echado con cajas destempladas, como acaba de sucederle al hasta hace poco presidente del Banco Central Juan Carlos Fábrega. Si bien algunos podrían creer que es positivo que una sola persona esté a cargo de la economía nacional, lo que por cierto simplifica muchas cosas, no lo es en absoluto que se trate de un académico notorio por su adhesión a teorías determinadas y el desprecio que siente por quienes no comparten sus contundentes opiniones. Por el contrario, significa que, de equivocarse Kicillof, las consecuencias de los errores cometidos serán muchísimo más graves de lo que sería el caso si se viera constreñido a tomar en cuenta los reparos de otros especialistas. A diferencia del recién defenestrado Fábrega, que intentó impedir que las reservas cayeran por debajo de los 28.000 millones de dólares estadounidenses, Cristina, Kicillof y el flamante titular del Banco Central, Alejandro Vanoli, coinciden en que será mejor usarlas para estimular el consumo y por lo tanto –esperan– reanimar la economía en su conjunto para que se recupere de la recesión en que se ha precipitado y amenaza con agravarse mucho en los próximos meses. Parecería que no les preocupan las advertencias de quienes prevén que, de mantenerse las tendencias actuales, el país ingresaría en el 2015 con menos de 24.000 millones en la alcancía y, de resultar ciertos los pronósticos de los agoreros más pesimistas, como la consultora Moody’s, quedaría vacía antes de diciembre de ese año. Se supone que con la ayuda entusiasta de Vanoli, que en una oportunidad dijo que a su entender difundir la cotización del dólar blue equivale a publicar el precio de la cocaína, Kicillof tratará de restañar la sangría con métodos policiales, mofándose de los temores de los convencidos de que, en tal caso, motivaría aún más desconfianza entre los agentes económicos que, ya antes de que Fábrega se sintiera obligado a dar un paso al costado, estaban preparándose para afrontar una etapa sumamente difícil. Los kirchneristas y quienes les suministran sus ideas dicen creer que la inflación se debe a las deficiencias estructurales de la sociedad argentina, razón por la que sería inútil aplicar aquí las recetas “ortodoxas” o “neoliberales” que suelen emplearse en otras latitudes. Repudian la idea, a su juicio foránea, de que la inflación tenga que ver con la excesiva emisión monetaria. Liberado así Kicillof de las cadenas mentales impuestas por la ortodoxia extranjerizante, querrá reavivar la economía inyectándole una cantidad fabulosa de pesos frescos, lo que en su opinión no tendrá consecuencias inflacionarias porque encontrará el modo de prohibir que los precios suban. Por motivos comprensibles, a Cristina le encanta la teoría de que la cura para la inflación ha de ser homeopática, pero sucede que, fuera de las filas kirchneristas, muy pocos la toman en serio. En la actualidad la inflación ronda el 40% anual. No sorprendería que pronto supere el 50%. ¿Y después? A menos que el gobierno ensaye medidas un tanto menos extravagantes que las que, según parece, tienen en mente Kicillof y sus partidarios, no habrá techo. Lo mismo que en Venezuela, donde el gobierno del presidente Nicolás Maduro nos está señalando el camino, el costo de vida continuará su marcha ascendente, caerá cada vez más el poder adquisitivo de la población y se profundizará la recesión. Puede que aún sea prematuro hablar de hiperinflación pero, en vista de la larga experiencia nacional en la materia, tarde o temprano llegará el momento en que el gobierno pierda por completo la capacidad para frenar la estampida de precios. Al fin y al cabo, no lograron hacerlo varios gobiernos peronistas, radicales e incluso militares que aplicaban medidas voluntaristas no muy distintas de las propuestas por los kirchneristas. Como dijo en una oportunidad Albert Einstein: “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 8 de octubre de 2014


Merced a la confianza que inspira en la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su propio dominio de las artes necesarias para triunfar en las luchas internas que suelen agitar a gobiernos como el actual, Axel Kicillof se las ha arreglado para erigirse en un auténtico superministro. Cristina aparte, no hay ningún otro funcionario que esté en condiciones de discrepar con él sin correr el riesgo de ser echado con cajas destempladas, como acaba de sucederle al hasta hace poco presidente del Banco Central Juan Carlos Fábrega. Si bien algunos podrían creer que es positivo que una sola persona esté a cargo de la economía nacional, lo que por cierto simplifica muchas cosas, no lo es en absoluto que se trate de un académico notorio por su adhesión a teorías determinadas y el desprecio que siente por quienes no comparten sus contundentes opiniones. Por el contrario, significa que, de equivocarse Kicillof, las consecuencias de los errores cometidos serán muchísimo más graves de lo que sería el caso si se viera constreñido a tomar en cuenta los reparos de otros especialistas. A diferencia del recién defenestrado Fábrega, que intentó impedir que las reservas cayeran por debajo de los 28.000 millones de dólares estadounidenses, Cristina, Kicillof y el flamante titular del Banco Central, Alejandro Vanoli, coinciden en que será mejor usarlas para estimular el consumo y por lo tanto –esperan– reanimar la economía en su conjunto para que se recupere de la recesión en que se ha precipitado y amenaza con agravarse mucho en los próximos meses. Parecería que no les preocupan las advertencias de quienes prevén que, de mantenerse las tendencias actuales, el país ingresaría en el 2015 con menos de 24.000 millones en la alcancía y, de resultar ciertos los pronósticos de los agoreros más pesimistas, como la consultora Moody’s, quedaría vacía antes de diciembre de ese año. Se supone que con la ayuda entusiasta de Vanoli, que en una oportunidad dijo que a su entender difundir la cotización del dólar blue equivale a publicar el precio de la cocaína, Kicillof tratará de restañar la sangría con métodos policiales, mofándose de los temores de los convencidos de que, en tal caso, motivaría aún más desconfianza entre los agentes económicos que, ya antes de que Fábrega se sintiera obligado a dar un paso al costado, estaban preparándose para afrontar una etapa sumamente difícil. Los kirchneristas y quienes les suministran sus ideas dicen creer que la inflación se debe a las deficiencias estructurales de la sociedad argentina, razón por la que sería inútil aplicar aquí las recetas “ortodoxas” o “neoliberales” que suelen emplearse en otras latitudes. Repudian la idea, a su juicio foránea, de que la inflación tenga que ver con la excesiva emisión monetaria. Liberado así Kicillof de las cadenas mentales impuestas por la ortodoxia extranjerizante, querrá reavivar la economía inyectándole una cantidad fabulosa de pesos frescos, lo que en su opinión no tendrá consecuencias inflacionarias porque encontrará el modo de prohibir que los precios suban. Por motivos comprensibles, a Cristina le encanta la teoría de que la cura para la inflación ha de ser homeopática, pero sucede que, fuera de las filas kirchneristas, muy pocos la toman en serio. En la actualidad la inflación ronda el 40% anual. No sorprendería que pronto supere el 50%. ¿Y después? A menos que el gobierno ensaye medidas un tanto menos extravagantes que las que, según parece, tienen en mente Kicillof y sus partidarios, no habrá techo. Lo mismo que en Venezuela, donde el gobierno del presidente Nicolás Maduro nos está señalando el camino, el costo de vida continuará su marcha ascendente, caerá cada vez más el poder adquisitivo de la población y se profundizará la recesión. Puede que aún sea prematuro hablar de hiperinflación pero, en vista de la larga experiencia nacional en la materia, tarde o temprano llegará el momento en que el gobierno pierda por completo la capacidad para frenar la estampida de precios. Al fin y al cabo, no lograron hacerlo varios gobiernos peronistas, radicales e incluso militares que aplicaban medidas voluntaristas no muy distintas de las propuestas por los kirchneristas. Como dijo en una oportunidad Albert Einstein: “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”.

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