Una revolución inoportuna

Redacción

Por Redacción

Hasta hace menos de medio año, muchos políticos y empresarios confiaban en que, merced a la revolución tecnológica que dio lugar al fracking, la Argentina pronto resultaría beneficiada por un milagro económico ya que, sin que sus gobernantes tuvieran que hacer mucho más que firmar algunos contratos, el país vería duplicarse o triplicarse sus ingresos y por lo tanto no tendría que preocuparse por los costos que le supondría una década de populismo arbitrario. Pero sólo se trataba de un espejismo. Desgraciadamente para los convencidos de que, una vez terminada la gestión caprichosa de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nos inundaría un mar de dólares frescos aportados por inversores resueltos a participar de la explotación de Vaca Muerta, la revolución del fracking, o sea la extracción de petróleo no convencional y gas mediante la fracturación hidráulica, protagonizada por Estados Unidos ha sido demasiado exitosa. Desde junio pasado, el aumento de la producción en América del Norte ha hecho caer tanto el precio del barril de crudo que el yacimiento enorme de Vaca Muerta, uno de los mayores del planeta, ha dejado de atraer a las grandes empresas, ya que para aprovecharlo tendrían que invertir muchísimo dinero, lo que no les valdría la pena a menos que un barril de crudo cotizara bien por encima de los 80 dólares. Puesto que en la actualidad apenas supera los 70 dólares y podría caer aún más, por ahora el proyecto de Vaca Muerte no les parece viable. Para que volviera a serlo, sería necesario que las empresas petroleras que participan del negocio redujeran todavía más los costos de extraer crudo o gas de los esquistos en los que están atrapados. Es probable que consigan hacerlo, pero aun así, de progresar mucho las petroleras en dicho ámbito, el precio del barril podría caer todavía más, lo que sería bueno para los obligados a importarlo pero no para los exportadores. Puesto que la Argentina ha dejado atrás el autoabastecimiento, el que el precio del crudo se haya desplomado es con toda seguridad motivo de alivio para el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios preocupados por la balanza comercial, pero también significa que al país le será más difícil convertirse nuevamente en un exportador como tantos habían esperado. Parecería, pues, que una vez más los intereses inmediatos del país son radicalmente distintos de los de largo plazo. Huelga decir que la Argentina dista de ser el único país que tiene motivos para sentirse perjudicado por la caída imprevista del precio de petróleo que lo ha privado de lo que habría sido su baza principal. Decididamente peor es la situación en que se encuentra Venezuela; para mantenerse solvente, precisaría que el precio se mantuviera por encima de los 120 dólares el barril, un nivel que era considerado inminente a mediados del año actual pero que ya parece utópico. Los esfuerzos de los venezolanos por convencer a sus socios en la OPEP de la conveniencia de adoptar medidas destinadas a mantener bien alto el precio del único producto que su país está en condiciones de exportar fracasaron por completo, ya que en la reunión que celebraron en Viena la semana pasada, los sauditas y sus aliados, los emiratos del Golfo Pérsico, optaron por dejar todo como está, en parte porque no quieren que el fracking sea tan rentable como era hasta hace poco y en parte porque no les convendría que se agravaran los problemas económicos, y por lo tanto políticos, de Europa. De todos modos, sucede que a los países árabes más fuertes les cuesta muy poco extraer el petróleo, razón por la que pueden darse el lujo de permitir que el precio baje lo suficiente como para incomodar a los norteamericanos que dependen del fracking, pero otros, además de Venezuela, no pueden aportar nada a un esfuerzo estratégico por poner en apuros a la superpotencia que, para disgusto de los miembros de la OPEP, parece estar a punto de recuperar la hegemonía sobre el mercado energético mundial. Aunque los hay que vaticinan que la revolución del fracking se agotará luego de algunos años, parecería que hasta nuevo aviso el mundo contará con recursos energéticos adecuados debido no sólo a los avances tecnológicos sino también a los esfuerzos de los países desarrollados por minimizar su dependencia de hidrocarburos contaminantes.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 30 de noviembre de 2014


Hasta hace menos de medio año, muchos políticos y empresarios confiaban en que, merced a la revolución tecnológica que dio lugar al fracking, la Argentina pronto resultaría beneficiada por un milagro económico ya que, sin que sus gobernantes tuvieran que hacer mucho más que firmar algunos contratos, el país vería duplicarse o triplicarse sus ingresos y por lo tanto no tendría que preocuparse por los costos que le supondría una década de populismo arbitrario. Pero sólo se trataba de un espejismo. Desgraciadamente para los convencidos de que, una vez terminada la gestión caprichosa de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nos inundaría un mar de dólares frescos aportados por inversores resueltos a participar de la explotación de Vaca Muerta, la revolución del fracking, o sea la extracción de petróleo no convencional y gas mediante la fracturación hidráulica, protagonizada por Estados Unidos ha sido demasiado exitosa. Desde junio pasado, el aumento de la producción en América del Norte ha hecho caer tanto el precio del barril de crudo que el yacimiento enorme de Vaca Muerta, uno de los mayores del planeta, ha dejado de atraer a las grandes empresas, ya que para aprovecharlo tendrían que invertir muchísimo dinero, lo que no les valdría la pena a menos que un barril de crudo cotizara bien por encima de los 80 dólares. Puesto que en la actualidad apenas supera los 70 dólares y podría caer aún más, por ahora el proyecto de Vaca Muerte no les parece viable. Para que volviera a serlo, sería necesario que las empresas petroleras que participan del negocio redujeran todavía más los costos de extraer crudo o gas de los esquistos en los que están atrapados. Es probable que consigan hacerlo, pero aun así, de progresar mucho las petroleras en dicho ámbito, el precio del barril podría caer todavía más, lo que sería bueno para los obligados a importarlo pero no para los exportadores. Puesto que la Argentina ha dejado atrás el autoabastecimiento, el que el precio del crudo se haya desplomado es con toda seguridad motivo de alivio para el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios preocupados por la balanza comercial, pero también significa que al país le será más difícil convertirse nuevamente en un exportador como tantos habían esperado. Parecería, pues, que una vez más los intereses inmediatos del país son radicalmente distintos de los de largo plazo. Huelga decir que la Argentina dista de ser el único país que tiene motivos para sentirse perjudicado por la caída imprevista del precio de petróleo que lo ha privado de lo que habría sido su baza principal. Decididamente peor es la situación en que se encuentra Venezuela; para mantenerse solvente, precisaría que el precio se mantuviera por encima de los 120 dólares el barril, un nivel que era considerado inminente a mediados del año actual pero que ya parece utópico. Los esfuerzos de los venezolanos por convencer a sus socios en la OPEP de la conveniencia de adoptar medidas destinadas a mantener bien alto el precio del único producto que su país está en condiciones de exportar fracasaron por completo, ya que en la reunión que celebraron en Viena la semana pasada, los sauditas y sus aliados, los emiratos del Golfo Pérsico, optaron por dejar todo como está, en parte porque no quieren que el fracking sea tan rentable como era hasta hace poco y en parte porque no les convendría que se agravaran los problemas económicos, y por lo tanto políticos, de Europa. De todos modos, sucede que a los países árabes más fuertes les cuesta muy poco extraer el petróleo, razón por la que pueden darse el lujo de permitir que el precio baje lo suficiente como para incomodar a los norteamericanos que dependen del fracking, pero otros, además de Venezuela, no pueden aportar nada a un esfuerzo estratégico por poner en apuros a la superpotencia que, para disgusto de los miembros de la OPEP, parece estar a punto de recuperar la hegemonía sobre el mercado energético mundial. Aunque los hay que vaticinan que la revolución del fracking se agotará luego de algunos años, parecería que hasta nuevo aviso el mundo contará con recursos energéticos adecuados debido no sólo a los avances tecnológicos sino también a los esfuerzos de los países desarrollados por minimizar su dependencia de hidrocarburos contaminantes.

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