“Argentina: farsa y tragedia”
“… tiene el gaucho que aguantar hasta que lo trague el hoyo, / o hasta que venga algún criollo en esta tierra a mandar”. (José Hernández, “Martín Fierro”) Hegel describió la historia como una tragedia. Karl Marx –nada menos– agudamente perfeccionó el axioma: “La historia se escribe primero como tragedia y luego como farsa”. A la luz de la ya intrínsecamente tumultuosa y más reciente historia argentina, el acontecer político de los 70 se revela como la última –sino la única– tragedia argentina, en el marco de un conflicto interno con su secuela de horrores y calamidades típicamente humanos alentados por el extravío de los disparates filosóficos, ideológicos, económicos y políticos propios de esa época e importados casi íntegramente de las usinas del pensamiento estratégico y los servicios de inteligencia de EE. UU. y la URSS (Cuba), socios por entonces en el control férreo del mundo llamado “bipolar”, aposentado sobre los cincuenta millones de cadáveres de la Segunda Guerra Mundial y los arsenales “disuasivos” acumulados ya por entonces. Incapacitada la Nación de encontrar su propio derrotero, obnubiladas las inteligencias y degradados los espíritus, advinieron el terror y la masacre subsecuentes cabalgando sobre exóticas, utópicas y dañinas fórmulas que desangraron al país en la defensa integral de intereses tan extraños como espurios e inconducentes, que tuvieron –justo es describirlo– a la población argentina como mera y pasiva espectadora del macabro cuadro. Si la definición marxiana es apropiada, vivimos hoy la subsecuente etapa de la farsa que –enancada en aquella tragedia y sus víctimas propiciatorias directas e indirectas– por vía del liderazgo político actual prostituye la verdad histórica sobre aquellos aciagos días incubando, negligentemente o por secretas conveniencias, el advenimiento de alguna tragedia quizás mayor habida cuenta de un estilo que ignora el valor de la concordia, que promueve un resentimiento “ad infinítum” así como un aprovechamiento faccioso de recursos públicos excusados en la defensa de ciertos “derechos humanos”, amén de la contundente promesa de “ir por más” en el sostenimiento de un “modelo” –farsa al fin– a esta altura claramente nocivo para la vida institucional republicana, de marcada ineptitud para garantizar la armonía social y las certezas que requieren tanto el futuro de la Nación como la plenitud y felicidad de sus habitantes. Si alguna justicia existe, los protagonistas y sostenedores de esta decadente y luctuosa etapa deberán dar cuenta de sus actos, asumiendo las consecuencias derivadas; lo que, de no ocurrir, constituirá per se el lógico preanuncio de un nuevo, previsible y trágico ciclo. Juan Manuel Castañeda, DNI 8.216.126 – Las Grutas
Juan Manuel Castañeda, DNI 8.216.126 – Las Grutas
“… tiene el gaucho que aguantar hasta que lo trague el hoyo, / o hasta que venga algún criollo en esta tierra a mandar”. (José Hernández, “Martín Fierro”) Hegel describió la historia como una tragedia. Karl Marx –nada menos– agudamente perfeccionó el axioma: “La historia se escribe primero como tragedia y luego como farsa”. A la luz de la ya intrínsecamente tumultuosa y más reciente historia argentina, el acontecer político de los 70 se revela como la última –sino la única– tragedia argentina, en el marco de un conflicto interno con su secuela de horrores y calamidades típicamente humanos alentados por el extravío de los disparates filosóficos, ideológicos, económicos y políticos propios de esa época e importados casi íntegramente de las usinas del pensamiento estratégico y los servicios de inteligencia de EE. UU. y la URSS (Cuba), socios por entonces en el control férreo del mundo llamado “bipolar”, aposentado sobre los cincuenta millones de cadáveres de la Segunda Guerra Mundial y los arsenales “disuasivos” acumulados ya por entonces. Incapacitada la Nación de encontrar su propio derrotero, obnubiladas las inteligencias y degradados los espíritus, advinieron el terror y la masacre subsecuentes cabalgando sobre exóticas, utópicas y dañinas fórmulas que desangraron al país en la defensa integral de intereses tan extraños como espurios e inconducentes, que tuvieron –justo es describirlo– a la población argentina como mera y pasiva espectadora del macabro cuadro. Si la definición marxiana es apropiada, vivimos hoy la subsecuente etapa de la farsa que –enancada en aquella tragedia y sus víctimas propiciatorias directas e indirectas– por vía del liderazgo político actual prostituye la verdad histórica sobre aquellos aciagos días incubando, negligentemente o por secretas conveniencias, el advenimiento de alguna tragedia quizás mayor habida cuenta de un estilo que ignora el valor de la concordia, que promueve un resentimiento “ad infinítum” así como un aprovechamiento faccioso de recursos públicos excusados en la defensa de ciertos “derechos humanos”, amén de la contundente promesa de “ir por más” en el sostenimiento de un “modelo” –farsa al fin– a esta altura claramente nocivo para la vida institucional republicana, de marcada ineptitud para garantizar la armonía social y las certezas que requieren tanto el futuro de la Nación como la plenitud y felicidad de sus habitantes. Si alguna justicia existe, los protagonistas y sostenedores de esta decadente y luctuosa etapa deberán dar cuenta de sus actos, asumiendo las consecuencias derivadas; lo que, de no ocurrir, constituirá per se el lógico preanuncio de un nuevo, previsible y trágico ciclo. Juan Manuel Castañeda, DNI 8.216.126 - Las Grutas
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