Palabras mayores

Algunos recuerdos de las fiestas en familia

Redacción

Por Redacción

La peña

Diciembre tiene estas cosas. Una fiesta detrás de la otra, excesos en algunos casos, expectativas en otras, deseos para lo que viene. Cada final de año plantea desafíos, pero según la edad de cada uno es el deseo.

En otros tiempos, siempre que llegaba la Navidad nos planteábamos mucho de lo que esperábamos del futuro. Claro, una amplia franja de deseos no se cumplían por imposibles o por ridículos.

Nos quedaba el Año Nuevo que no implicaba regalos, pero también era oportuno para el balance y para los buenos deseos.

Lo cierto es que en tiempos de una Argentina muy diferente a esta, nos criamos en familia numerosa, tan numerosa que la mesa larga del final de año era en realidad un ángulo de 90 grados, porque no había patio en ninguna de nuestras familias que nos contenga a todos en una misma mesa.

Vivíamos en una misma cuadra varias familias con patios que se comunicaban. Nunca quisieron nuestros padres dividir las propiedades. Era como un enorme patio en común que nos llevaba siempre a la casa de los abuelos o de alguna tía. Altísimos nogales, viñas y uno que otro duraznero que no alcanzaban a dar frutos comestibles porque siempre entre tantos primos a alguno se le ocurría utilizarlos para jugar. Todo eso conformaba la forestación del enorme patio.

Eso en común implicaba juegos compartidos, afectos compartidos, chismes y aventuras, porque ese enorme patio era testigo de mil travesuras. De tanto en tanto mi padre ponía orden y nos mandaba a limpiar el “rancherío”, como solía llamar a nuestras casas armadas de cajones, cajas y sábanas viejas.

En el final del trayecto en ese patio, bien al fondo estaba la casa de mis abuelos maternos. Ahí una pequeña galería no era suficiente para alojarnos a todos, de manera que según nos tocara, el 24 o el 31 en la tarde nos mandaban a los chicos a ordenar mesas y sillas, siempre bajo la directiva de una tía bien mandona. Dejábamos todo bajo control y a partir de ahí comenzaba el traslado de bebida caliente a las heladeras disponibles o el traslado de conservadoras cargadas de bebidas para que en la noche, a la hora del brindis, todo estuviera frío.

Los chicos por un lado, los adolescentes por otro y los mayores en los lugares de privilegio. Claro, para los chicos era comer y salir disparados a la vereda a esperar las doce. La pirotecnia era escasa. No daba para mucho, así que en realidad salíamos a la vereda a ver lo que otros tiraban. Una cajita de cohetes valía oro para nosotros, así que los administrábamos para que nos duraran un rato.

Claro en la mesa había mucho por comer, tanto que no alcanzaban los ojos para ver todo. Un poco repetido año tras año, pero variado. Por ejemplo, las tarteletas no tenían mucho éxito, pero una de las tías mayores desafiaba cada Navidad o Año Nuevo a que alguien se atreviera a comerlas. Generalmente quedaban en la mesa con la mayonesa casi transparente sin que nadie se atreviera al desafío.

El pollo frío era un clásico. No fallaba, pero había a quienes les salía mejor. Según quién fuera la autora era el sabor.

El preferido era el chivo a la parrilla, un clásico, donde no había chance de que saliera mal porque en la parrilla siempre estaba algún experto para la tarea. Pero no faltaba la ensalada rusa, el pionono (otro candidato a que nadie se le animara) y sandwiches del color y sabor que quisiéramos.

Modestas pero lindas eran nuestras fiestas de fin de año, tenían ese clima familiar que los tiempos se llevaron por delante. Nuevas generaciones llegaron, otros dejaron su lugar en la mesa, algunos nos fuimos lejos. Pero quedó el espíritu de un tiempo en que sentarse a la mesa eran palabras mayores y más cuando se trataba de la navidad o el año nuevo.

Salud por esos momentos compartidos y por esas interminables mesas que nos unían.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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