Persecuciones religiosas
El papa pide un “no” a la indiferencia
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Los números reflejan una dura realidad. En el mundo en que vivimos, cada mes –en promedio– mueren 322 cristianos como consecuencia de las persecuciones religiosas que han aumentado exponencialmente mientras –en un ambiente lamentablemente signado por la indiferencia– crecen la intolerancia y el fanatismo. El reciente megaatentado terrorista perpetrado el pasado Jueves Santo en el interior del campus universitario de Garissa, emplazado en el oriente de Kenia, donde un grupo de extremistas musulmanes somalíes masacrara –tan cobarde, como ferozmente– a 142 inocentes estudiantes, así lo evidencia. Fue un acto salvaje. Bárbaro. Calificado por el propio papa Francisco como uno de “insensata brutalidad”, respecto del cual pidió “un cambio en el corazón” de los autores del aberrante atentado. A lo antedicho se suman otras muchas pruebas de odio y resentimientos. Como son los 214 ataques mensuales que se registran contra las iglesias y los templos cristianos. Y los más de 700 actos de violencia perpetrados en su derredor, que tienen lugar mes a mes. Además están, ciertamente, los atentados contra los fieles de otros credos, desde que no sólo son los cristianos quienes sufren persecuciones. El martirio de los cristianos, como acaba de señalar con justeza Andrea Riccardi, no es una cuestión vinculada con la arqueología sino un drama creciente. De innegable actualidad cotidiana. Por ello, el papa Francisco lo denuncia constantemente. Y nos pide, a todos, salir del marco inaceptable de un “silencio cómplice” sobre estas persecuciones. El que, por ahora al menos, parece rodear a este tema. En Semana Santa pasada, la Policía de Nueva Delhi debió desplegar unos 10.000 uniformados para garantizar la seguridad en las ceremonias de las conmemoraciones cristianas. Preventivamente. En Nigeria, Libia y Egipto, el miedo es también una constante entre las distintas comunidades cristianas locales. Por el momento –pese a que el tema ya ha ingresado en la agenda del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas– la repulsión a las persecuciones religiosas no parece haber calado hondo, como debiera, en la opinión pública mundial. Es más, en 116 de los 196 países que acaban de ser examinados sobre esta cuestión, la opinión pública local registra un pronunciado desprecio por el tema de la libertad religiosa en sí mismo. Al que, en términos siempre relativos, no asigna demasiada trascendencia. Sin ir más lejos, en nuestro propio continente latinoamericano pocos se han conmovido por el hecho de que en México, en muy pocos meses, cinco sacerdotes han perecido como consecuencia de una misma circunstancia: sus denuncias públicas contra el narcotráfico y el crimen organizado. Las pagaron con sus vidas, frente a lo que no cabe la indiferencia como actitud. Cabe destacar que el papa Francisco aprovechó el Vía Crucis de la pasada Semana Santa para, en las cercanías del Coliseo romano que fuera escenario de tantas muertes y martirios de cristianos, pedir al Señor que “sostenga interiormente a los perseguidos” y que se difunda en todo el mundo “el derecho fundamental a la libertad religiosa”. Es deber de todos apoyarlo en esa insistente campaña. Frente al Anfiteatro Flavio, pronunció una larga y oportuna plegaria en la que, dirigiéndose específicamente al Crucifijo, señaló: “En ti vemos todavía hoy a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe en ti, bajo nuestros ojos y ante nuestro silencio cómplice”. Cabe apuntar que, durante ese Vía Crucis tan emocionante como particular, al tiempo de rezar frente a las estaciones desde la séptima a la décima la Cruz estuvo sostenida y rodeada por algunas religiosas dominicanas que llegaron desde Irak y por fieles provenientes de Egipto, Siria, Nigeria y China, países todos donde la defensa de la propia fe cristiana supone un riesgo para la vida de los creyentes. Es triste que esto ocurra en nuestros días. Los gobiernos de los Estados que conforman la comunidad internacional debieran asumir frente a todo esto la enorme responsabilidad que les cabe en la defensa de la libertad religiosa. Por el momento esto no ha ocurrido. Nuestro propio país, cuya población contiene una presencia cristiana sustantiva, debería estar dispuesto a asumir protagonismo en las denuncias de lo que sucede y en la lucha a librarse contra las persecuciones religiosas y la violencia salvaje que se despliega en su derredor. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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