El regreso de la Cristina eterna

Redacción

Por Redacción

A los futbolistas no les importa si dejan el césped de la cancha hecho una ruina. Están en otra cosa. También lo están muchos políticos. Aunque se llenan la boca hablando de su vocación de servicio, de su voluntad de “solucionar los problemas de la gente” y así por el estilo, lo único que realmente quieren es ganar. Si por razones constitucionales tienen que permitir que otros gobiernen por un rato, les parecerá mejor que los intrusos, tan indignos ellos, fracasen. ¿Y las consecuencias para sus compatriotas de una gestión desafortunada? Que paguen un precio muy alto por haberse permitido engañar por otros. El que Cristina quiera volver a la Casa Rosada en el 2019 no debería motivar sorpresa. La señora se ha acostumbrado a ejercer el poder sin tener que preocuparse por lo que dicen los demás y, de todos modos, se trata de una aspiración legítima. Lo que sí ha ocasionado inquietud últimamente es que una de sus voceras informales, Estela de Carlotto, lo haya dicho a un mes de las elecciones presidenciales, de tal modo perjudicando al candidato kirchnerista, Daniel Scioli, que está procurando convencer a los indecisos de que es algo más que un Chirolita sumiso dispuesto a obedecer todas las órdenes de una jefa antojadiza. Sin embargo, en palabras de la líder de Abuelas de Plaza de Mayo, Scioli es un “hombre fiel” y por lo tanto podría ser el indicado para manejar “una transición muy constructiva” que despejaría el camino para el regreso de Cristina. El bonaerense se encuentra en una situación muy incómoda. Luego de conseguir el aval presidencial para su candidatura, lo que no le fue del todo fácil, apostó a que los incondicionales de Cristina entenderían que para alcanzar los votos necesarios para triunfar en la primera vuelta tendría que independizarse de una jefa mandona y quienes la rodean, pero parecería que no tienen ninguna intención de permitirlo. Antes bien, quieren que todos lo tomen por un felpudo, un títere obsecuente sin voluntad propia. A juzgar por lo que están haciendo, en su opinión no habría diferencia alguna entre un Scioli resuelto, como él mismo dijo hace poco, a “ejercer en plenitud las facultades constitucionales que te da el Ejecutivo” y tener como presidente a un opositor como Mauricio Macri o Sergio Massa. Si a Scioli se le ocurre cortarse solo, pues, que se pudra. Puede que Cristina, Axel Kicillof y quienes los acompañan se crean grandes estadistas que están haciendo todo bien, pero los alarmados por los malditos números tienen motivos de sobra para sospechar que lo que se han propuesto es entregar a sus sucesores un país al borde de un abismo terriblemente profundo con la esperanza de sacar provecho del desastre que ellos mismos habrán previsto. Sería reconfortante suponer que sólo se trata de una teoría conspirativa, pero la verdad es que se basa en datos innegablemente auténticos, como los relacionados con el aumento explosivo del gasto público, la recesión, la inflación y la merma del superávit comercial, además de los cambios nada favorables que están dándose en el exterior. En opinión de los preocupados por tales detalles, el gobierno quiere que la ciudadanía recuerde la fase final de la gestión de Cristina como una etapa en la que había mucho dinero y que la siguiente se vea afeada por una serie de ajustes despiadados que, claro está, desprestigiarían muy pronto a quienes tomen el relevo aun cuando los encabezara un presunto kirchnerista. Como estrategia política, el esquema así resumido no carece de méritos. Despilfarrar todo el dinero que todavía queda en manos del gobierno organizando una fiesta de consumo acaso modesta pero inolvidable en comparación con lo que vendrá después serviría para que muchos quisieran volver a los días felices del “proyecto” de Cristina. Para no caer en la trampa que, adrede o sin proponérselo, le han tendido Cristina, Axel y sus amigos, Scioli tendría que advertirle al país que se acerca con rapidez una crisis tremenda atribuible a la irresponsabilidad, o peor, del gobierno actual. No le es dado hacerlo en parte porque depende del apoyo de los kirchneristas más combativos que, como es natural, se sentirían ofendidos si el candidato oficialista se pusiera a hablar pestes de su obra, pero también porque, lo mismo que Macri y Massa, sabe que hablar de desgracias por venir le costaría muchísimos votos. Puesto que desde que el mundo es mundo a los profetas de calamidades siempre les ha ido muy mal, es comprensible que los presidenciables sean reacios a aprovechar electoralmente la ineptitud patente de Kicillof o, lo que les sería más arriesgado aún, a explicarnos lo que harían para impedir que la economía nacional se hunda nuevamente. Con cierta frecuencia, políticos ambiciosos se afirman convencidos de que no hay mejor campaña que una buena gestión. Es factible que en algunos países los votantes hayan adquirido el extraño hábito de prestar más atención a la capacidad administrativa de los candidatos a cargos electivos que a su apariencia física, su sonrisa, su forma de vestir, los encantos de su cónyuge y sus dotes retóricas, pero en la Argentina lo que cuenta es la imagen. Para un profesional de la política, el “carisma”, aquel don a un tiempo misterioso y cambiadizo, ya que a veces lo pierden quienes lo habían poseído, suele valer mucho más que cualquier otra cosa. Por algunos años, Carlos Menem tuvo el “carisma” suficiente para continuar cosechando millones de votos; desde el 2002 no es más que un político del montón. Parecería que Cristina heredó la poción mágica, ya que de otro modo sería imposible explicar su popularidad que, por cierto, no se debe a las bondades de su gestión. Sus simpatizantes más entusiastas, personas como Estela de Carlotto, creen que conservará hasta el 2019 lo que, con la ayuda de la propaganda estatal en que ha invertido vaya a saber cuántos millones de dólares, le ha permitido aproximarse al fin de su mandato con un nivel envidiable de aprobación popular. Por ser la política un juego irracional, es posible que ello ocurra, pero lo más probable es que Cristina comparta el destino de Menem y otros tribunos del pueblo que, después de disfrutar de algunos años de gloria, para su propio desconcierto terminaron sus días como líderes de sectas de nostálgicos rencorosos convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor.

SEGÚN LO VEO

JAMES NEILSON


A los futbolistas no les importa si dejan el césped de la cancha hecho una ruina. Están en otra cosa. También lo están muchos políticos. Aunque se llenan la boca hablando de su vocación de servicio, de su voluntad de “solucionar los problemas de la gente” y así por el estilo, lo único que realmente quieren es ganar. Si por razones constitucionales tienen que permitir que otros gobiernen por un rato, les parecerá mejor que los intrusos, tan indignos ellos, fracasen. ¿Y las consecuencias para sus compatriotas de una gestión desafortunada? Que paguen un precio muy alto por haberse permitido engañar por otros. El que Cristina quiera volver a la Casa Rosada en el 2019 no debería motivar sorpresa. La señora se ha acostumbrado a ejercer el poder sin tener que preocuparse por lo que dicen los demás y, de todos modos, se trata de una aspiración legítima. Lo que sí ha ocasionado inquietud últimamente es que una de sus voceras informales, Estela de Carlotto, lo haya dicho a un mes de las elecciones presidenciales, de tal modo perjudicando al candidato kirchnerista, Daniel Scioli, que está procurando convencer a los indecisos de que es algo más que un Chirolita sumiso dispuesto a obedecer todas las órdenes de una jefa antojadiza. Sin embargo, en palabras de la líder de Abuelas de Plaza de Mayo, Scioli es un “hombre fiel” y por lo tanto podría ser el indicado para manejar “una transición muy constructiva” que despejaría el camino para el regreso de Cristina. El bonaerense se encuentra en una situación muy incómoda. Luego de conseguir el aval presidencial para su candidatura, lo que no le fue del todo fácil, apostó a que los incondicionales de Cristina entenderían que para alcanzar los votos necesarios para triunfar en la primera vuelta tendría que independizarse de una jefa mandona y quienes la rodean, pero parecería que no tienen ninguna intención de permitirlo. Antes bien, quieren que todos lo tomen por un felpudo, un títere obsecuente sin voluntad propia. A juzgar por lo que están haciendo, en su opinión no habría diferencia alguna entre un Scioli resuelto, como él mismo dijo hace poco, a “ejercer en plenitud las facultades constitucionales que te da el Ejecutivo” y tener como presidente a un opositor como Mauricio Macri o Sergio Massa. Si a Scioli se le ocurre cortarse solo, pues, que se pudra. Puede que Cristina, Axel Kicillof y quienes los acompañan se crean grandes estadistas que están haciendo todo bien, pero los alarmados por los malditos números tienen motivos de sobra para sospechar que lo que se han propuesto es entregar a sus sucesores un país al borde de un abismo terriblemente profundo con la esperanza de sacar provecho del desastre que ellos mismos habrán previsto. Sería reconfortante suponer que sólo se trata de una teoría conspirativa, pero la verdad es que se basa en datos innegablemente auténticos, como los relacionados con el aumento explosivo del gasto público, la recesión, la inflación y la merma del superávit comercial, además de los cambios nada favorables que están dándose en el exterior. En opinión de los preocupados por tales detalles, el gobierno quiere que la ciudadanía recuerde la fase final de la gestión de Cristina como una etapa en la que había mucho dinero y que la siguiente se vea afeada por una serie de ajustes despiadados que, claro está, desprestigiarían muy pronto a quienes tomen el relevo aun cuando los encabezara un presunto kirchnerista. Como estrategia política, el esquema así resumido no carece de méritos. Despilfarrar todo el dinero que todavía queda en manos del gobierno organizando una fiesta de consumo acaso modesta pero inolvidable en comparación con lo que vendrá después serviría para que muchos quisieran volver a los días felices del “proyecto” de Cristina. Para no caer en la trampa que, adrede o sin proponérselo, le han tendido Cristina, Axel y sus amigos, Scioli tendría que advertirle al país que se acerca con rapidez una crisis tremenda atribuible a la irresponsabilidad, o peor, del gobierno actual. No le es dado hacerlo en parte porque depende del apoyo de los kirchneristas más combativos que, como es natural, se sentirían ofendidos si el candidato oficialista se pusiera a hablar pestes de su obra, pero también porque, lo mismo que Macri y Massa, sabe que hablar de desgracias por venir le costaría muchísimos votos. Puesto que desde que el mundo es mundo a los profetas de calamidades siempre les ha ido muy mal, es comprensible que los presidenciables sean reacios a aprovechar electoralmente la ineptitud patente de Kicillof o, lo que les sería más arriesgado aún, a explicarnos lo que harían para impedir que la economía nacional se hunda nuevamente. Con cierta frecuencia, políticos ambiciosos se afirman convencidos de que no hay mejor campaña que una buena gestión. Es factible que en algunos países los votantes hayan adquirido el extraño hábito de prestar más atención a la capacidad administrativa de los candidatos a cargos electivos que a su apariencia física, su sonrisa, su forma de vestir, los encantos de su cónyuge y sus dotes retóricas, pero en la Argentina lo que cuenta es la imagen. Para un profesional de la política, el “carisma”, aquel don a un tiempo misterioso y cambiadizo, ya que a veces lo pierden quienes lo habían poseído, suele valer mucho más que cualquier otra cosa. Por algunos años, Carlos Menem tuvo el “carisma” suficiente para continuar cosechando millones de votos; desde el 2002 no es más que un político del montón. Parecería que Cristina heredó la poción mágica, ya que de otro modo sería imposible explicar su popularidad que, por cierto, no se debe a las bondades de su gestión. Sus simpatizantes más entusiastas, personas como Estela de Carlotto, creen que conservará hasta el 2019 lo que, con la ayuda de la propaganda estatal en que ha invertido vaya a saber cuántos millones de dólares, le ha permitido aproximarse al fin de su mandato con un nivel envidiable de aprobación popular. Por ser la política un juego irracional, es posible que ello ocurra, pero lo más probable es que Cristina comparta el destino de Menem y otros tribunos del pueblo que, después de disfrutar de algunos años de gloria, para su propio desconcierto terminaron sus días como líderes de sectas de nostálgicos rencorosos convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor.

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