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Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Estacioné en la calle, frente a casa. A lo lejos ya me di cuenta de que había algo raro en la puerta de entrada. Tardé en comprender qué. Me acerqué y apoyé la mano por encima del picaporte; en lugar de girar de forma lateral, la puerta cayó hacia delante, como una torre que se desploma.

Entendí. La puerta, de madera, estaba fuera de su bisagra. Salida por completo y apoyada contra el marco. Alguien la tuvo que haber sacado. Cuando cayó contra el suelo, no escuché ningún ruido; el barullo estaba en mi mente. Dentro de un sueño, me atormentaba un recuerdo.

Resulta que durante quince años tuve una pesadilla recurrente: entraban a robar a la casa de mis padres, en donde yo vivía con mis hermanos. Imágenes sanguinarias, angustiantes. Una banda de cuatro ladrones encapuchados metía una camioneta –tipo trafic– en el garaje, que daba directo a la cocina. No sé cómo habían entrado ni cómo hicimos para doblegarlos, pero en un momento los tipos aparecieron en el suelo de la camioneta y con las manos atadas. Con mis hermanos, literalmente les cortábamos la cabeza a los cuatro chorros. ¿O a la muerte?

Analicé estos sueños decenas de veces con mi terapeuta, que una vez me preguntó: “Isidoro, ¿qué es lo que tenés tanto miedo que te roben? ¿La tranquilidad? ¿A tu madre? ¿O es un intento de vengar la enfermedad de tus padres, que se están apagando?”. Aún no encontré una respuesta.

Pasaron, al menos, un par de años sin que se repitiera la pesadilla, que hoy volvió y fue como si nunca se hubiera disuelto. Pero esta vez tuvo un tamiz humorístico, estaba mi mujer y no hubo tanta violencia; igual, estuvo cargada de angustia.

Luego de que se cayera la puerta, entré al living. “Pasó algo raro”, le dije a mi mujer. Enseguida confirmamos que habían entrado a la casa porque en el suelo había un vaso que nosotros no habíamos dejado. Además, sentía la densidad de una presencia. No sabía si los ladrones aún estaban adentro –¿en la habitación? ¿escondidos en el baño?– o si habían salido por atrás y esperaban en el jardín, agazapados para sorprendernos. Miré el reloj: las 4:57 de la madrugada. Llamé a la policía.

–A las seis irá un patrullero– dijo una voz seca, y cortó.

Por esa confusión que me generan los minutos muy cerca de una hora redonda, creí que el patrullero vendría enseguida. O sea, confundí las 4:57 con las 5:57. Por la ventana del living vi que frente a casa pasaba un Renault 19 blanco con vidrios negros. Apenas se movía y estaba seguro de que alguien nos miraba. Volví a telefonear a la policía.

–No me a va creer, señor: lo iba a llamar. El arquero no puede jugar hoy.

–¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿De qué habla?! ¡Están robando en mi casa!

–Estoy sin patrulleros disponibles.

–¡¿Y qué hago?!

–Agarre sus gatitos, salga normalmente por la puerta y deje la casa.

–Hay un auto afuera, nos van a agarrar.

–Usted salga– me ordenó.

–¿Y usted cómo sabe que tengo gatitos?

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


El disparador

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