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Redacción

Por Redacción

Como ya es habitual cuando un nuevo secretario de Cultura pone manos a la obra, Torcuato di Tella ha iniciado su gestión declarando la guerra al «elitismo» cultural que, en su opinión, constituye uno de los grandes problemas de la Argentina actual. A juicio del académico, es necesario «desacartonar y desolemnizar la cultura argentina» porque «también hay una cultura del pueblo que se manifiesta en fiestas populares» , lo que sin duda es cierto aunque sólo fuera porque en todas las lenguas occidentales la palabra «cultura» es sumamente elástica: se puede usarla para aludir tanto a las actividades de los microorganismos más humildes como a las obras de Sófocles y a casi todo cuanto sucede entre los extremos así supuestos. De todos modos, por ser el sociólogo Di Tella funcionario de un gobierno peronista, tales afirmaciones pueden considerarse virtualmente obligatorias, pero aun así es un tanto sorprendente que un personaje presuntamente resuelto a ayudar a Néstor Kirchner en la tarea de desmenemizar el país haya creído que la Argentina es demasiado «acartonada» y «solemne». Al fin y al cabo, el odio visceral hacia los menemistas que llegó a sentir buena parte de la burguesía progresista nacional que toma a Di Tella por uno de los suyos se inspiró precisamente en la «frivolidad» que, según los voceros opositores más vehementes, había convertido la Argentina en un país cambalachero sin jerarquías de ningún tipo, uno en el que Carlos Menem, lector confeso de Sócrates, se había encargado de propagar sus propios gustos plebeyos. Así las cosas, hubiera sido lógico que Di Tella se proclamara decidido a restaurar el respeto por variantes culturales más exigentes que las denostadas por «menemistas». No se trata de un asunto menor. De difundirse la noción de que en última instancia todo es igual, que valen lo mismo los gritos de un roquero de barrio y una sinfonía de Beethoven, muchas personas que en otras circunstancias se hubieran esforzado por entender lo logrado por el gran alemán se ahorrarán la molestia de intentarlo. ¿Por qué aprender a dibujar si el garabato de un niño, siempre y cuando no sea de clase media, debería considerarse un aporte cultural comparable con un cuadro de Velázquez? La noción de que «la cultura» que, como la palabra insinúa, es «elitista» por antonomasia, debería acercarse al «pueblo» pero que dicho «pueblo» , el repositorio de todo lo bueno, no tiene por qué acercarse a nada está haciendo estragos en el país. Un motivo, acaso el principal, por el que el nivel educativo del grueso de la población no ha dejado de caer en años recientes consiste en la resistencia de jóvenes y adultos a aceptar que ciertas ideas son más valiosas que otras aunque a veces cuesta comprenderlas. Sienten -sin equivocarse- que la educación es un intento de alejarse de sus «raíces», de transformarlos en personas distintas, empresa que, es innecesario decirlo, de por sí supone una jerarquía en la que el maestro ocupa un peldaño más alto que el alumno. Estimulados por sabios de discurso populista como Di Tella, optan por ser fieles a su propia «cultura». Muchos suponen que el relativismo que acaba de reivindicar Di Tella es un fenómeno netamente criollo, cuando no peronista, producto de un movimiento históricamente comprometido con la cultura de las alpargatas, pero en realidad es en buena medida norteamericana, un producto del superpoblado sistema universitario estadounidense donde impera lo «políticamente correcto», esta especie de arma gramsciana que esgrimen, con éxito notable, los progresistas de «la izquierda» en su lucha interminable contra sus adversarios conservadores. Puesto que Di Tella estudió y dictó cursos en Estados Unidos, no sorprende que haya querido que la Argentina comparta los beneficios del credo hegemónico en las instituciones educativas del Norte, pero es de esperar que sus intentos fracasen: si hay algo que el país precisa hoy en día, esto es un esfuerzo educativo equiparable con los que ya son rutinarios en lugares de cultura pedagógica tan horriblemente elitista como el Japón y Corea del Sur. Di Tella y los demás integrantes de su equipo se creen igualitarios que, según dijo la subsecretaria de la repartición que encabeza, aspiran a «transversalizar la política cultural» (son sociólogos progres, de suerte que tendremos que acostumbrarnos a su jerga a menudo ininteligible), pero en su propio ámbito son con toda seguridad tan elitistas como el que más. Por cierto, extrañaría que el nuevo mandamás cultural sintiera que sus libros y artículos tienen mucho en común con aquellas «fiestas populares» que lo conmueven, para no hablar de «las actividades modestas que han tenido tanto los sectores obreros como empresarios». En efecto, la forma ditelliana de calificar lo que procuran hacer los aludidos, como si fuera un conde bondadoso que intentara manifestar su aprobación de un torpe baile campesino, suena bastante elitista. La verdad es que todos somos elitistas cuando una actividad determinada nos importa mucho. Por cierto, al hombre de «los sectores obreros» no se le ocurriría nunca tolerar que el director técnico del equipo de sus amores se afirmara partidario de la mediocridad democrática o que se negara a reconocer que algunos jugadores son mejores que otros, pero es bien posible que el perfeccionista a más no poder cuando del fútbol se trata sea un igualitario a ultranza si es cuestión de un asunto que le parece secundario. Parecería que al académico Di Tella nunca le ha preocupado «la cultura», razón por la que ha elegido tomarla por una rama de la sociología y de ponerla al servicio de la política, «transversalizándola» con el propósito de incomodar a aquellos «acartonados» y «solemnes» que desde su punto de vista no pueden sino militar en el campo del adversario. Puesto que conforme al gobierno kirchneriano la cultura tiene mucho que ver con diversiones como «fiestas populares» y los pasatiempos «modestos» de trabajadores y hombres, no debería serle difícil en absoluto concretar su gran objetivo de «incluir a los sectores que el proceso de globalización y concentración de poder de los «90 dejó afuera». Sin embargo, por ser los nuevos funcionarios culturales enemigos jurados del «neoliberalismo», es decir, del «mercado», sus iniciativas podrían arrojar resultados muy diferentes de los deseados. Como han descubierto cruzados de ideología similar en Francia y otros países, al «pueblo» suelen encantarle los productos de las malditas industrias culturales anglosajonas. En vez de dedicarse a las artes folclóricas locales, contribuyendo de este modo a «la cultura de la resistencia» que el gobierno quisiera promover, en todas partes las víctimas del neoliberalismo prefieren películas fabricadas en Hollywood, modalidades musicales de origen norteamericano o británico y, en el caso de que sepan leer, bestseller comerciales. Curarlos de su adicción a tales productos sería posible, pero a menos que Di Tella se propusiera intentar plasmar una dictadura cultural equiparable con la existente en Corea del Norte -las barreras culturales cubanas y chinas son porosas-, el único remedio eficaz consistiría en una fuerte dosis de «elitismo». Mientras que en Europa, América del Norte y también en América Latina, las élites culturales han sabido defenderse a sí mismas contra los intentos de seducirlas de los comerciantes, sus esfuerzos por proteger al «pueblo» contra la amenaza espiritual así supuesta raramente han producido más que algunos triunfos efímeros -el éxito de ventas de un cantante local, una nueva moda literaria- que, para frustración de los sociólogos progres, casi siempre se ven apropiados enseguida por sus archienemigos que los incorporan sin complejos a la gama de productos que venden en todo el planeta.


Como ya es habitual cuando un nuevo secretario de Cultura pone manos a la obra, Torcuato di Tella ha iniciado su gestión declarando la guerra al "elitismo" cultural que, en su opinión, constituye uno de los grandes problemas de la Argentina actual. A juicio del académico, es necesario "desacartonar y desolemnizar la cultura argentina" porque "también hay una cultura del pueblo que se manifiesta en fiestas populares" , lo que sin duda es cierto aunque sólo fuera porque en todas las lenguas occidentales la palabra "cultura" es sumamente elástica: se puede usarla para aludir tanto a las actividades de los microorganismos más humildes como a las obras de Sófocles y a casi todo cuanto sucede entre los extremos así supuestos. De todos modos, por ser el sociólogo Di Tella funcionario de un gobierno peronista, tales afirmaciones pueden considerarse virtualmente obligatorias, pero aun así es un tanto sorprendente que un personaje presuntamente resuelto a ayudar a Néstor Kirchner en la tarea de desmenemizar el país haya creído que la Argentina es demasiado "acartonada" y "solemne". Al fin y al cabo, el odio visceral hacia los menemistas que llegó a sentir buena parte de la burguesía progresista nacional que toma a Di Tella por uno de los suyos se inspiró precisamente en la "frivolidad" que, según los voceros opositores más vehementes, había convertido la Argentina en un país cambalachero sin jerarquías de ningún tipo, uno en el que Carlos Menem, lector confeso de Sócrates, se había encargado de propagar sus propios gustos plebeyos. Así las cosas, hubiera sido lógico que Di Tella se proclamara decidido a restaurar el respeto por variantes culturales más exigentes que las denostadas por "menemistas". No se trata de un asunto menor. De difundirse la noción de que en última instancia todo es igual, que valen lo mismo los gritos de un roquero de barrio y una sinfonía de Beethoven, muchas personas que en otras circunstancias se hubieran esforzado por entender lo logrado por el gran alemán se ahorrarán la molestia de intentarlo. ¿Por qué aprender a dibujar si el garabato de un niño, siempre y cuando no sea de clase media, debería considerarse un aporte cultural comparable con un cuadro de Velázquez? La noción de que "la cultura" que, como la palabra insinúa, es "elitista" por antonomasia, debería acercarse al "pueblo" pero que dicho "pueblo" , el repositorio de todo lo bueno, no tiene por qué acercarse a nada está haciendo estragos en el país. Un motivo, acaso el principal, por el que el nivel educativo del grueso de la población no ha dejado de caer en años recientes consiste en la resistencia de jóvenes y adultos a aceptar que ciertas ideas son más valiosas que otras aunque a veces cuesta comprenderlas. Sienten -sin equivocarse- que la educación es un intento de alejarse de sus "raíces", de transformarlos en personas distintas, empresa que, es innecesario decirlo, de por sí supone una jerarquía en la que el maestro ocupa un peldaño más alto que el alumno. Estimulados por sabios de discurso populista como Di Tella, optan por ser fieles a su propia "cultura". Muchos suponen que el relativismo que acaba de reivindicar Di Tella es un fenómeno netamente criollo, cuando no peronista, producto de un movimiento históricamente comprometido con la cultura de las alpargatas, pero en realidad es en buena medida norteamericana, un producto del superpoblado sistema universitario estadounidense donde impera lo "políticamente correcto", esta especie de arma gramsciana que esgrimen, con éxito notable, los progresistas de "la izquierda" en su lucha interminable contra sus adversarios conservadores. Puesto que Di Tella estudió y dictó cursos en Estados Unidos, no sorprende que haya querido que la Argentina comparta los beneficios del credo hegemónico en las instituciones educativas del Norte, pero es de esperar que sus intentos fracasen: si hay algo que el país precisa hoy en día, esto es un esfuerzo educativo equiparable con los que ya son rutinarios en lugares de cultura pedagógica tan horriblemente elitista como el Japón y Corea del Sur. Di Tella y los demás integrantes de su equipo se creen igualitarios que, según dijo la subsecretaria de la repartición que encabeza, aspiran a "transversalizar la política cultural" (son sociólogos progres, de suerte que tendremos que acostumbrarnos a su jerga a menudo ininteligible), pero en su propio ámbito son con toda seguridad tan elitistas como el que más. Por cierto, extrañaría que el nuevo mandamás cultural sintiera que sus libros y artículos tienen mucho en común con aquellas "fiestas populares" que lo conmueven, para no hablar de "las actividades modestas que han tenido tanto los sectores obreros como empresarios". En efecto, la forma ditelliana de calificar lo que procuran hacer los aludidos, como si fuera un conde bondadoso que intentara manifestar su aprobación de un torpe baile campesino, suena bastante elitista. La verdad es que todos somos elitistas cuando una actividad determinada nos importa mucho. Por cierto, al hombre de "los sectores obreros" no se le ocurriría nunca tolerar que el director técnico del equipo de sus amores se afirmara partidario de la mediocridad democrática o que se negara a reconocer que algunos jugadores son mejores que otros, pero es bien posible que el perfeccionista a más no poder cuando del fútbol se trata sea un igualitario a ultranza si es cuestión de un asunto que le parece secundario. Parecería que al académico Di Tella nunca le ha preocupado "la cultura", razón por la que ha elegido tomarla por una rama de la sociología y de ponerla al servicio de la política, "transversalizándola" con el propósito de incomodar a aquellos "acartonados" y "solemnes" que desde su punto de vista no pueden sino militar en el campo del adversario. Puesto que conforme al gobierno kirchneriano la cultura tiene mucho que ver con diversiones como "fiestas populares" y los pasatiempos "modestos" de trabajadores y hombres, no debería serle difícil en absoluto concretar su gran objetivo de "incluir a los sectores que el proceso de globalización y concentración de poder de los "90 dejó afuera". Sin embargo, por ser los nuevos funcionarios culturales enemigos jurados del "neoliberalismo", es decir, del "mercado", sus iniciativas podrían arrojar resultados muy diferentes de los deseados. Como han descubierto cruzados de ideología similar en Francia y otros países, al "pueblo" suelen encantarle los productos de las malditas industrias culturales anglosajonas. En vez de dedicarse a las artes folclóricas locales, contribuyendo de este modo a "la cultura de la resistencia" que el gobierno quisiera promover, en todas partes las víctimas del neoliberalismo prefieren películas fabricadas en Hollywood, modalidades musicales de origen norteamericano o británico y, en el caso de que sepan leer, bestseller comerciales. Curarlos de su adicción a tales productos sería posible, pero a menos que Di Tella se propusiera intentar plasmar una dictadura cultural equiparable con la existente en Corea del Norte -las barreras culturales cubanas y chinas son porosas-, el único remedio eficaz consistiría en una fuerte dosis de "elitismo". Mientras que en Europa, América del Norte y también en América Latina, las élites culturales han sabido defenderse a sí mismas contra los intentos de seducirlas de los comerciantes, sus esfuerzos por proteger al "pueblo" contra la amenaza espiritual así supuesta raramente han producido más que algunos triunfos efímeros -el éxito de ventas de un cantante local, una nueva moda literaria- que, para frustración de los sociólogos progres, casi siempre se ven apropiados enseguida por sus archienemigos que los incorporan sin complejos a la gama de productos que venden en todo el planeta.

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