Prioridad poco razonable
Como tantos otros presidentes antes de que Carlos Menem decidió archivarlo hasta nuevo aviso, Néstor Kirchner está resuelto a hacer gala de su pasión patriótica, cuando no nacionalista, por el tema del diferendo con Gran Bretaña en torno de las islas Malvinas, asunto que según dice con cierta frecuencia le toca muy de cerca porque se crió en la provincia de Santa Cruz, lo que podría tomarse por una manera de informarnos de que se cree plenamente facultado para hacer de lo que insiste es una obsesión muy particular atribuible a su origen geográfico, el eje de la estrategia geopolítica del país. Ya que Kirchner ha proclamado en tantas ocasiones que por ser un patagónico se siente más consustanciado que otros con el reclamo de soberanía, fue previsible que aprovecharía la oportunidad que le brindó su encuentro reciente con el primer ministro Tony Blair para pedirle que prestara más atención al tema. También lo fue que su anfitrión, un político que entiende muy bien la importancia que tendría para un congénere la imagen interna, reaccionaría amablemente sin comprometerse a hacer nada.
En cuanto a los demás presidentes, primeros ministros y dirigentes partidarios de la «centro izquierda» contemporánea que se reunían en un lugar al sur de Londres con el propósito de debatir sobre la evolución de la «Tercera Vía» progresista en un mundo que no la favorece, incluso los habituados a respaldar el reclamo argentino se habrán sentido irritados por la voluntad de Kirchner de introducir un asunto que a su entender no puede considerarse prioritario. Después de todo, tienen derecho a preguntarse, en comparación con la pobreza extrema, el atraso educativo, la «exclusión social», el drama trágico del Medio Oriente presa de rencor suicida, las guerras catastróficas africanas que año a año producen centenares de miles de muertos, el desafío tan terrible como gigantesco supuesto por la epidemia del sida, las consecuencias negativas para el desarrollo de los países pobres del proteccionismo europeo, norteamericano y japonés, las dificultades enormes causadas por migraciones masivas, la amenaza del terrorismo en escala jamás vista y así largamente por el estilo, ¿qué posible importancia podría tener una reivindicación territorial, por respetable que fuera, que desde hace muchos años no pone en peligro la vida de nadie, no acarrea la persecución de minoría étnica, lingüística o religiosa alguna y que carece por completo de significado económico? Aunque Kirchner aludió a las pérdidas locales ocasionadas por las licencias de pesca, las sumas involucradas son menores que las supuestas por una sola inversión empresaria mal calculada.
Si bien es comprensible que muchos políticos prefieran priorizar las cuestiones relativamente sencillas como las basadas en un conflicto territorial bien tradicional por encima de los problemas extraordinariamente difíciles planteados por una economía poco competitiva debido a la ineficiencia productiva generalizada, la desigualdad social, las deficiencias educativas, la inseguridad ciudadana, el desprecio por la ley, para no hablar de los intentos de muchos de atizar la hostilidad entre civilizaciones enteras, a sus respectivos países les convendría que supieran subordinarlas a lo que deberían ser sus prioridades. Aunque parecería que en Londres la insistencia de Kirchner de que para su gobierno las Malvinas son sumamente importantes no le causó problemas, si a raíz de dicha obsesión reanuda la política de tantos gobiernos anteriores de machacar sobre el tema en todas las reuniones internacionales en las que haya un participante británico, lo único que logrará será envenenar el clima de tal modo que la voluntad ajena de hacerle concesiones se reduzca a cero. Por cierto, de difundirse la impresión de que el gobierno democrático de la Argentina, país atrapado en una crisis económica y por lo tanto política que en opinión de muchos está entre las más graves que afectan a los que forman parte del «mundo occidental», ha optado para subordinar todo a una causa irredentista que a partir de lo que Kirchner calificó de»la locura de Galtieri» es en buena medida simbólica, pocos se sentirán tentados a ayudarlo a resolver aquellos problemas que, mal que le pese, en el exterior suelen considerarse un tanto más urgentes.
Como tantos otros presidentes antes de que Carlos Menem decidió archivarlo hasta nuevo aviso, Néstor Kirchner está resuelto a hacer gala de su pasión patriótica, cuando no nacionalista, por el tema del diferendo con Gran Bretaña en torno de las islas Malvinas, asunto que según dice con cierta frecuencia le toca muy de cerca porque se crió en la provincia de Santa Cruz, lo que podría tomarse por una manera de informarnos de que se cree plenamente facultado para hacer de lo que insiste es una obsesión muy particular atribuible a su origen geográfico, el eje de la estrategia geopolítica del país. Ya que Kirchner ha proclamado en tantas ocasiones que por ser un patagónico se siente más consustanciado que otros con el reclamo de soberanía, fue previsible que aprovecharía la oportunidad que le brindó su encuentro reciente con el primer ministro Tony Blair para pedirle que prestara más atención al tema. También lo fue que su anfitrión, un político que entiende muy bien la importancia que tendría para un congénere la imagen interna, reaccionaría amablemente sin comprometerse a hacer nada.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora