Un hombre común
Aunque el gobierno y muchas personas influyentes se las ingeniaron para convencerse de que Eugenio Zaffaroni es el candidato ideal para ocupar el lugar en la Corte Suprema que ha quedado vacío a partir de la defenestración del riojano Julio Nazareno, la verdad es que a juzgar por su trayectoria, el abogado deja muchísimo que desear. Por cierto, dista de ser el santo laico de la imaginación oficialista. Sucede que su capacidad como penalista no obstante, Zaffaroni es a su manera un porteño de clase media bastante típico: fue un “amigo del Proceso” cuando le convenía que a pesar de su condición de juez logró ignorar las violaciones de los derechos humanos perpetradas por la dictadura, un peronista o frepasista según las circunstancias y, claro está, un evasor habituado a firmar declaraciones juradas cuestionables que durante casi diez años se negó a pagar sus cuotas como autónomo so pretexto de que no era de su interés aportar a un esquema que no le supondría muchos beneficios personales.
Puede que a esta altura la evolución política, por decirlo de algún modo, de Zaffaroni más la escasa solidaridad manifestada por su negativa a aportar a un sistema de reparto, hayan escandalizado a muy pocos. ¿Quién en la Argentina tiene derecho a tirar la primera piedra? Sin embargo, el desastre político, social y económico que nos ha venido encima es una consecuencia lógica de las actitudes que tanto Zaffaroni como muchos otros de formación similar han asumido a través de los años y que, gracias a la influencia del sector así constituido, son consideradas no meramente “normales”, sino también dignas de respeto. De no haber sido por la voluntad de dicho sector de pasar por alto la conducta aberrante tanto de los terroristas reivindicados indirectamente por el presidente Néstor Kirchner, como de los militares con los que colaboró Zaffaroni antes de “descubrir” la verdad en Europa, el país pudo haberse ahorrado los desastres que le supusieron la breve restauración peronista y la feroz dictadura castrense que la culminó. Asimismo, la crisis económica devastadora que nos ha depauperado se debe en buena medida a la negativa, justificada mediante sofismas burdos como los esgrimidos por el futuro juez de la Corte Suprema, de millones de personas a entender que evadir impuestos y aportes previsionales es una forma brutal de atentar contra los más pobres. Si bien es de suponer que un “neoliberal” de mentalidad anarquista podría inventar motivos a su juicio coherentes para rehusar contribuir a un Estado ruinoso manejado por corruptos, para que un progresista presuntamente convencido de la importancia del sector público lo haga, le será necesario una fuerte dosis de hipocresía.
Con todo, es poco probable que detalles como los mencionados incidan en el destino de Zaffaroni. Por razones no muy evidentes, desde el punto de vista de los oficialistas la imagen del abogado es decididamente buena, de suerte que es de prever que los senadores continuarán esforzándose por subrayar sus méritos y minimizar sus defectos. Además, se entiende que en el caso de que fracasara su candidatura, los más lo tomarían por una rebelión contra la autoridad de Kirchner, de este modo desatando una batalla política de connotaciones alarmantes. Puesto que, por ahora al menos, buena parte del país parece resuelta a hacer lo posible por respaldar al presidente, sorprendería que muchos se animaran a tratar la candidatura de Zaffaroni con una fracción del rigor que en una situación comparable mostrarían sus homólogos y modelos estadounidenses. Es una lástima. La recuperación del país no comenzará hasta que los líderes políticos y otros que se sienten parcialmente responsables por el destino del conjunto se hayan acostumbrado a ser tan exigentes como suelen ser, de resultas de las fuertes presiones de la opinión pública, sus equivalentes de otras latitudes. Mientras la mayoría se deje guiar por vagas consideraciones “ideológicas” o por la voluntad de ayudar a los salvadores de turno, resistiéndose a prestar atención a las eventuales deficiencias de los nominados para desempeñar papeles que son absolutamente clave por no querer desentonar, el país y sus habitantes no tendrán más alternativa que la de conformarse con lo poco que todavía les queda después de décadas de anomia institucionalizada.
Aunque el gobierno y muchas personas influyentes se las ingeniaron para convencerse de que Eugenio Zaffaroni es el candidato ideal para ocupar el lugar en la Corte Suprema que ha quedado vacío a partir de la defenestración del riojano Julio Nazareno, la verdad es que a juzgar por su trayectoria, el abogado deja muchísimo que desear. Por cierto, dista de ser el santo laico de la imaginación oficialista. Sucede que su capacidad como penalista no obstante, Zaffaroni es a su manera un porteño de clase media bastante típico: fue un “amigo del Proceso” cuando le convenía que a pesar de su condición de juez logró ignorar las violaciones de los derechos humanos perpetradas por la dictadura, un peronista o frepasista según las circunstancias y, claro está, un evasor habituado a firmar declaraciones juradas cuestionables que durante casi diez años se negó a pagar sus cuotas como autónomo so pretexto de que no era de su interés aportar a un esquema que no le supondría muchos beneficios personales.
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