Persistir en el error

Redacción

Por Redacción

Cuando Néstor Kirchner y sus asesores decidieron embestir contra la Corte Suprema “menemista”, incluso los muchos que hubieran preferido una forma menos agresiva de renovarla que la elegida por el presidente entendían que varios de sus integrantes no reunían las condiciones exigibles a los integrantes del máximo tribunal del país. También fue recibida con beneplácito generalizado la candidatura del penalista Eugenio Zaffaroni. Si bien algunos la objetaron por motivos que podrían calificarse de ideológicos, se daba por descontado que sería un profesional siempre respetuoso de la ley. Por cierto,pocos supusieron que los antecedentes de Zaffaroni resultarían ser tan desafortunados que la ciudadanía tendría motivos de sobra para cuestionar su honestidad personal y por lo tanto su idoneidad para desempeñar un cargo clave. Sin embargo, ya es de dominio público que Zaffaroni es un evasor fiscal confeso, que durante el Proceso escribió un libro en el que reivindicó la eliminación física del adversario y, como si todos esto no fuera más que suficiente, que tiene como socio a un individuo que en los años setenta fue condenado por un secuestro extorsivo. De más está decir que sería absurdo creer que un hombre con semejante prontuario a cuestas podría contribuir a mejorar la reputación de la Corte Suprema de la Nación.    

Kirchner y sus allegados comprenderán muy bien que les hubiera convenido averiguar más acerca de los detalles de la trayectoria personal de Zaffaroni antes de comprometerse con su candidatura. Es de suponer que, de haberlo hecho, no se les hubiera ocurrido jamás intentar “moralizar” la Corte nominando a un personaje que es aún más vulnerable a la crítica que cualquier juez de la “mayoría automática” de la década menemista.  Con todo, aunque se habla de cierto “malestar” en la Casa Rosada a causa de las revelaciones que ya se han difundido sobre el penalista y por aquellas que podrían producirse en los próximos días, parecería que a esta altura nada convencerá ni al gobierno ni a los grupos que se han pronunciado en favor de Zaffaroni de que han cometido un error garrafal. Conscientes de que los más tomarían una decisión de obligar a Zaffaroni a dar un paso al costado por una derrota política penosa, han optado por minimizar la importancia de hechos que en cualquier “país serio” lo forzarían a retroceder. Aunque no cabe duda de que el ya poco probable fracaso de la candidatura de Zaffaroni sí significaría un revés político para el gobierno, la alternativa bien podría resultarle todavía peor, porque lograr su propósito de incorporar a la Corte Suprema a un hombre tan claramente inapropiado le brindaría a lo sumo un triunfo pírrico cuyos presuntos beneficios no tardarían en agotarse al aprovechar la oposición las muchas oportunidades para contraatacar que les ha supuesto la insistencia oficial en reemplazar a un juez acaso mediocre por otro largamente acostumbrado a hacer gala de su desprecio por la ley. Ningún gobierno -y ni hablar de uno que se ha propuesto limpiar al país de corruptos- puede darse el lujo de quedar pegado a un juez con tantos flancos débiles como los que en buena lógica deberían haber obligado a Zaffaroni a retirar su candidatura. El “estado de gracia” del que disfruta Kirchner con la opinión pública no obstante, el caso Zaffaroni ya le ha supuesto un costo político excesivo, pero sólo se ha tratado de las primeras cuotas de una deuda que mes a mes aumentará. Es que, andando el tiempo, la presencia en la Corte Suprema de un juez que por motivos patentes carece de la autoridad moral para fallar sobre asuntos vinculados con la evasión fiscal e incluso con la represión ilegal, pero que aún así es considerado el representante de un gobierno resuelto a privilegiar la eliminación de todas las anomalías en dichos ámbitos, le provocará a Kirchner una serie interminable de dificultades. Que el presidente no se engañe: la condición “menemista” de distintos jueces sólo se convirtió en un problema político grave cuando la estrella del propio Menem comenzaba a apagarse; en cuanto la popularidad de Kirchner se desinfle, lo que podría suceder con rapidez desconcertante, pagará muy caro el respaldo obstinado que ha dado a un hombre que ha resultado ser totalmente indigno de su confianza.


Cuando Néstor Kirchner y sus asesores decidieron embestir contra la Corte Suprema “menemista”, incluso los muchos que hubieran preferido una forma menos agresiva de renovarla que la elegida por el presidente entendían que varios de sus integrantes no reunían las condiciones exigibles a los integrantes del máximo tribunal del país. También fue recibida con beneplácito generalizado la candidatura del penalista Eugenio Zaffaroni. Si bien algunos la objetaron por motivos que podrían calificarse de ideológicos, se daba por descontado que sería un profesional siempre respetuoso de la ley. Por cierto,pocos supusieron que los antecedentes de Zaffaroni resultarían ser tan desafortunados que la ciudadanía tendría motivos de sobra para cuestionar su honestidad personal y por lo tanto su idoneidad para desempeñar un cargo clave. Sin embargo, ya es de dominio público que Zaffaroni es un evasor fiscal confeso, que durante el Proceso escribió un libro en el que reivindicó la eliminación física del adversario y, como si todos esto no fuera más que suficiente, que tiene como socio a un individuo que en los años setenta fue condenado por un secuestro extorsivo. De más está decir que sería absurdo creer que un hombre con semejante prontuario a cuestas podría contribuir a mejorar la reputación de la Corte Suprema de la Nación.    

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