Sin arrastre
La esperanza oficial de que la popularidad del presidente Néstor Kirchner le permitiría crear un movimiento propio “transversal” que fuera a un tiempo más amplio y más estrecho que el conformado por la caótica confederación peronista chocó contra la realidad el domingo, cuando en Mendoza, Tucumán y La Pampa los votantes optaron por anteponer lo local a lo presuntamente nacional, pasando por alto las preferencias de la Casa Rosada. Según parece, los candidatos respaldados por Kirchner no se vieron beneficiados por su voluntad de hacer pensar que aspiraban a desempeñar un papel protagónico en el “proyecto” que se atribuye al primer mandatario. En Mendoza, el radical Julio César Cobos triunfó con comodidad sobre el ahora kirchnerista Guillermo Amstutz, en Tucumán se impuso el hijo del encarcelado Antonio Bussi frente a los representantes del PJ y en La Pampa el peronista Carlos Verna, hombre apadrinado por el gobernador calificado de menemista Rubén Marín, derrotó de forma rotunda a su compañero kirchnerista Néstor Ahuad. Estos resultados, como otros que se han registrado en el transcurso de la larga temporada electoral, serán tomados por evidencia de que en buena parte del país la intervención del presidente dista de ser decisiva y que por lo tanto a nadie le convendría alejarse de los jefes tradicionales cuando éstos subrayan su independencia o su lealtad hacia Carlos Menem.
Sea cierta o no esta lectura de un proceso electoral sumamente complicado del que lo único que puede decirse con seguridad es que la ciudadanía ya no quiere que “se vayan todos”, no cabe duda de que incidirá en la evolución política del país. De haber logrado Kirchner brindar la impresión de representar una fuerza renovadora irrefrenable, le hubiera resultado mucho más fácil “construir poder” mediante la adhesión a su figura de políticos profesionales con motivos para suponer que deben una proporción esencial de sus votos al presidente y que por lo tanto les corresponde retribuir el favor. Sin embargo, parecería estar consolidándose la idea de que la popularidad actual de Kirchner es un fenómeno meramente pasajero -al fin y al cabo, a comienzos de su gestión casi todos los presidentes se han visto halagados por los sondeos- y que, peor aún, no es transferible, de suerte que le será arriesgado animarse a tomar medidas antipáticas por necesarias que las creyera. Puesto que en un país hundido en una crisis profunda a nadie le será dado complacer siempre a todos, los reveses tempranos del kirchnerismo deberían preocupar no sólo a sus adherentes sino también, si bien por razones distintas, a sus adversarios. Aunque sería positivo que el presidente se sintiera constreñido a moderar ciertas actitudes excesivamente agresivas, no lo sería que continuara privilegiando las próximas encuestas de opinión por entender que su propia base de sustentación es tan precaria que no podrá darse el lujo de enojar a “la gente”.
El colapso de la economía y los problemas sociales enormes resultantes son consecuencias no sólo de los errores puntuales que se han cometido, sino también del estado amorfo de las instituciones políticas. Puesto que desde hace muchos años ningún partido está en condiciones de aplicar una estrategia a largo plazo que, claro está, le supondría los consabidos “costos políticos”, el país ha sido gobernado por una serie de coaliciones débiles y propensas a desintegrarse formadas por “dirigentes” tan acostumbrados a la demagogia y al oportunismo que abandonan el barco al primer indicio de que puede haber una tormenta. Así las cosas, es de prever que en cuanto Kirchner se encuentre en dificultades muchos supuestos simpatizantes actuales, atraídos más por lo que les dicen los sondeos que por el ideario del presidente y sus allegados, decidan intentar aprovechar las circunstancias en beneficio propio haciendo gala de su espíritu opositor. Tal determinación sería elogiable si en base a los principios reivindicados los “disidentes” se comprometieran con una alternativa superior a la ortodoxia de turno, pero hasta ahora todas las rebeliones contra un presidente mal visto por la opinión pública se han debido más a la resistencia a compartir su destino probable que a cualquier otro motivo y no hay por qué creer que mucho haya cambiado.
La esperanza oficial de que la popularidad del presidente Néstor Kirchner le permitiría crear un movimiento propio “transversal” que fuera a un tiempo más amplio y más estrecho que el conformado por la caótica confederación peronista chocó contra la realidad el domingo, cuando en Mendoza, Tucumán y La Pampa los votantes optaron por anteponer lo local a lo presuntamente nacional, pasando por alto las preferencias de la Casa Rosada. Según parece, los candidatos respaldados por Kirchner no se vieron beneficiados por su voluntad de hacer pensar que aspiraban a desempeñar un papel protagónico en el “proyecto” que se atribuye al primer mandatario. En Mendoza, el radical Julio César Cobos triunfó con comodidad sobre el ahora kirchnerista Guillermo Amstutz, en Tucumán se impuso el hijo del encarcelado Antonio Bussi frente a los representantes del PJ y en La Pampa el peronista Carlos Verna, hombre apadrinado por el gobernador calificado de menemista Rubén Marín, derrotó de forma rotunda a su compañero kirchnerista Néstor Ahuad. Estos resultados, como otros que se han registrado en el transcurso de la larga temporada electoral, serán tomados por evidencia de que en buena parte del país la intervención del presidente dista de ser decisiva y que por lo tanto a nadie le convendría alejarse de los jefes tradicionales cuando éstos subrayan su independencia o su lealtad hacia Carlos Menem.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora