A pedido del público…
Cavallo se ha visto convertido repentinamente en la persona más influyente de la República.
Desde hace un par de semanas, la política argentina gira en torno de la figura del ex ministro de Economía, Domingo Cavallo. Jefe de un partido minoritario que conforme a sus muchos enemigos se suicidó al reaccionar de manera airada ante su derrota en las elecciones porteñas y representante de una corriente económica supuestamente desactualizada, Cavallo se ha visto convertido repentinamente en la persona más influyente de la República. Salvando las distancias, su situación se asemeja bastante a la de otros «hombres providenciales» -como el coronel Juan Domingo Perón-, que en un momento determinado parecieron encarnar «la solución» que el país estaba reclamando. Al profundizarse la crisis, su prestigio ha aumentado. Según algunas encuestas de opinión, al grueso de la ciudadanía le encantaría que se incorporara al gobierno del presidente Fernando de la Rúa, es de suponer como «superministro» o jefe de Gabinete, propuesta que horroriza tanto al ala política oficial que sus dirigentes, encabezados por el ministro del Interior, Federico Storani, han dicho que en tal caso no vacilarían en renunciar.
Dadas las circunstancias, la actitud de Storani y muchos otros puede entenderse: el eventual ingreso de Cavallo al gobierno de De la Rúa confirmaría que la UCR ni siquiera está en condiciones de brindar a un presidente una base de sustentación adecuada, o sea, que en el fondo no sirve para nada. Así, pues, el impacto político de la incorporación de Cavallo al gobierno sería aún más fuerte que el asestado por la renuncia a la vicepresidencia de Carlos «Chacho» Alvarez y bien podría presagiar la virtual extinción de un partido que, a juicio del presidente y correligionario, pesara menos que un solo hombre.
Aunque el propio Cavallo ha insistido en que no se ha «autopostulado» para nada, él también es prisionero de acontecimientos que no le es dado manejar: tanto sus declaraciones como sus silencios, sus intentos de reconciliarse con el líder radical Raúl Alfonsín y de ayudar a José Luis Machinea como sus críticas, por moderadas que éstas sean, son tomados por maniobras maquiavélicas destinadas a permitirle reemplazar no meramente al ministro de Economía actual, sino a buena parte de lo que queda de la Alianza radical-frepasista. Tal como están las cosas, no le sería nada fácil sustraerse al proceso vertiginoso que se ha puesto en marcha en torno de él, a menos que las buenas noticias bursátiles de los días últimos resulten ser el comienzo de una recuperación económica tan impresionante que no habría más necesidad de convocarlo. Con todo, de ser así, no faltarían los dispuestos a atribuir el fin de la larga recesión a sus buenos oficios, lo cual, obvio es decirlo, no sería del agrado de Machinea ni de De la Rúa.
El entusiasmo reciente que una proporción sorprendente de la población parece sentir por Cavallo no se debe tanto al reconocimiento tardío de sus méritos por parte de personas que poco antes lo acusaban de ser el máximo responsable de la desocupación masiva y del colapso de tantas economías regionales, cuanto a la conciencia de que el gobierno no logra dominar la coyuntura y que en consecuencia el país se dirige hacia un desastre. Su fracaso en este sentido tiene menos que ver con las ideas de De la Rúa o con las dotes técnicas de Machinea, que con su incapacidad patente para inspirar confianza. Dicho de otro modo, lo que los neocavallistas están reclamando es una mayor dosis de lo que según los «políticos de raza» – los auténticos responsables del estado actual del país- han sido los vicios más lamentables del ex superministro: su fogosidad, su audacia, su voluntad de jugarse, su optimismo irreprimible, su escaso respeto por las reglas establecidas, trátese de las propias de la política criolla o de la «ortodoxia» económica. Son cualidades que deberían encontrarse en abundancia entre los líderes de todos los partidos importantes, pero parecería que a partir de la debacle populista de fines de los años ochenta casi todos los políticos del país están de luto y por lo tanto les interesa más procurar minimizar la gravedad de los errores que cometieron antes de la caída, que buscar respuestas para los desafíos planteados por los tiempos que corren.