Activismo costoso

Redacción

Por Redacción

En un lapso muy breve, Néstor Kirchner se las ha arreglado para difundir la impresión de que, lejos de ser el presidente «débil» que muchos habían previsto a causa de su presunta dependencia del «aparato» duhaldista del conurbano bonaerense y su cosecha electoral magra, es un mandatario fuerte y vigoroso que está dispuesto a intervenir personalmente a fin de destrabar conflictos en distintos lugares del país, de este modo inaugurando un «nuevo estilo de política». Con todo, si bien es positivo que el presidente haya logrado afirmar su propia autoridad, sus esfuerzos en tal sentido serían más loables si las «soluciones» alcanzadas se basaran principalmente en su capacidad negociadora, pero sucede que en los casos más notorios, entre ellos el supuesto por el largo paro de los docentes entrerrianos que consiguió zanjar en un par de horas, el motivo de su éxito fulminante no consistió tanto en su presencia física cuanto en su voluntad de gastar dinero. En efecto, conforme a las cifras que se han difundido, en sus primeros cuatro días de trabajo Kirchner comprometió gastos de 627 millones de pesos fuera de los previstos por el presupuesto nacional para el 2003, ritmo que, de mantenerse, produciría en el curso de un solo año un déficit realmente fabuloso de aproximadamente 50.000 millones de pesos.

Kirchner dice entender mejor que nadie que en este mundo nada es gratuito, de suerte que es de suponer que es más consciente que cualquier crítico de que no le será dado continuar «solucionando» cuanto problema surja en su camino repartiendo dinero sin provocar el estallido hiperinflacionario que tantos habían vaticinado al iniciarse la gestión de Eduardo Duhalde. Aunque el presidente minimizara los costos políticos de tamaño desastre atribuyéndolo a las maniobras antinacionales de «las corporaciones», acusándolas, al mejor estilo alfonsinista, de intentar desestabilizar su gobierno mediante «golpes de mercado», los perjuicios que tendría que soportar la mayoría de los habitantes del país serían bien concretos. Sin embargo, de propagarse la sensación de que Kirchner, a diferencia de la mayoría de los presidentes anteriores, es un hombre generoso que está sinceramente decidido a ayudar a la gente, no podrá sino aumentar la cantidad de grupos y sectores que afirman creerse postergados y por lo tanto merecedores de lo que suele llamarse con grandilocuencia una «reparación histórica». En nuestro país abundan los que están en condiciones de reclamar dinero público en base a planteos que parecen ética y «humanamente» irrefutables: los docentes de todas las provincias, las víctimas de inundaciones, los indigentes, los desocupados, los dueños de muchas pymes, etc., pero, por desgracia, el país no cuenta con los recursos económicos necesarios para satisfacer a más que una muy pequeña fracción de quienes se creen rezagados.

Gracias al activismo de sus primeros días en la Casa Rosada, ya se ha conformado un consenso según el cual Kirchner empezó muy bien, lo que puede ser cierto, pero la verdad es que no sabremos si su gestión será buena, regular o mala hasta que se haya mostrado capaz de solucionar problemas gremiales, sociales y políticas sin traspasar los límites cruelmente estrechos que se ven fijados por la realidad económica. Cualquier gobierno puede arrancar aplausos a sus simpatizantes si destraba conflictos engorrosos usando el dinero como lubricante, pero sólo un gobierno excepcional será capaz de hacerlo si depende exclusivamente de su capacidad para convencer a las partes de la conveniencia de subordinar sus propias aspiraciones, por legítimas que las consideren, al bienestar del conjunto. Es de esperar que Kirchner y sus colaboradores entiendan que no les convendría en absoluto que el resto del país llegue a la conclusión de que las apariencias no obstante hay dinero en abundancia y que en consecuencia el gobierno, por ser firmemente resuelto a remediar injusticias históricas imputables a sus adversarios tradicionales, no vacilará en premiar a quienes protesten de la forma más conmovedora, desatando así una puja sectorial feroz que no podría sino desembocar en una nueva crisis aún más destructiva que la que truncó la gestión presuntamente demasiado mezquina del presidente Fernando de la Rúa.


En un lapso muy breve, Néstor Kirchner se las ha arreglado para difundir la impresión de que, lejos de ser el presidente "débil" que muchos habían previsto a causa de su presunta dependencia del "aparato" duhaldista del conurbano bonaerense y su cosecha electoral magra, es un mandatario fuerte y vigoroso que está dispuesto a intervenir personalmente a fin de destrabar conflictos en distintos lugares del país, de este modo inaugurando un "nuevo estilo de política". Con todo, si bien es positivo que el presidente haya logrado afirmar su propia autoridad, sus esfuerzos en tal sentido serían más loables si las "soluciones" alcanzadas se basaran principalmente en su capacidad negociadora, pero sucede que en los casos más notorios, entre ellos el supuesto por el largo paro de los docentes entrerrianos que consiguió zanjar en un par de horas, el motivo de su éxito fulminante no consistió tanto en su presencia física cuanto en su voluntad de gastar dinero. En efecto, conforme a las cifras que se han difundido, en sus primeros cuatro días de trabajo Kirchner comprometió gastos de 627 millones de pesos fuera de los previstos por el presupuesto nacional para el 2003, ritmo que, de mantenerse, produciría en el curso de un solo año un déficit realmente fabuloso de aproximadamente 50.000 millones de pesos.

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