Adiós, mundo cruel

Redacción

Por Redacción

El presidente Néstor Kirchner tiene razón cuando da a entender que entrar en default con el FMI no nos supondrían “el caos y las siete plagas” y puede que la negativa del gobierno a pagar de las reservas los casi tres mil millones de dólares al organismo, a menos que éste sea más “flexible”, no haya sido nada más que una maniobra política destinada a brindar la impresión de intransigencia en defensa de los intereses nacionales, pero se equivoca si realmente cree que el país se verá beneficiado por la actitud combativa que ha asumido frente al resto del mundo. Después de todo, no es que Kirchner esté comprometido con un “proyecto” económico tan heterodoxo que el FMI lo haya rechazado por el presunto apego al “neoliberalismo” de sus técnicos, sino que se ha resistido a formular un plan coherente por temor a que si comenzara a instrumentar uno el elevado índice de popularidad que ostenta no tardaría en derretirse, lo que lo dejaría en una situación sumamente incómoda. Su imagen progresista no obstante, Kirchner parece ser un conservador nato que quisiera limitarse a administrar la crisis hasta las calendas griegas, de este modo complaciendo a quienes se sienten beneficiados por el orden existente y evitando los riesgos que con toda seguridad le supondría cualquier intento de concretar reformas, fueran éstas “liberales” o “izquierdistas”. En vista de la debilidad política del presidente y las tradiciones obstruccionistas del Congreso, tal postura puede comprenderse, pero sería un error tomarla por evidencia de su voluntad de subordinar todo al bienestar del pueblo que, es innecesario decirlo, ha sido el más perjudicado por la incapacidad de nuestra clase dirigente para adaptarse a los tiempos que corren, de ahí el default protagonizado por Adolfo Rodríguez Saá y la “pesificación” forzosa realizada por Eduardo Duhalde.

La razón por la que ni el gobierno actual ni el anterior han podido recomponer nuestra relación con los acreedores o con el FMI que cumple el papel de intermediario consiste en que la sociedad aún dista de haberse recuperado del final traumático de la convertibilidad y, con ella, de la gestión de Fernando de la Rúa. Aunque la caída resultante fue tan violenta que millones de personas se precipitaron en la pobreza, muchos entienden que pudo haber sido todavía peor y por lo tanto son reacios a entender que sin cambios “estructurales” al país no le será posible emprender un proceso de crecimiento que le permita no meramente recuperar el terreno perdido, sino también reducir la brecha que lo separa de las zonas menos prósperas del “Primer Mundo”. Además, una parte muy significante del oficialismo parece haberse convencido de que virtualmente todos los problemas del país tienen su raíz en el “neoliberalismo”, cuando no en el capitalismo como tal, de suerte que les será suficiente resistirse a tomar cualquier medida que podría ser vinculada con el credo enemigo. Puesto que lo que llama “neoliberalismo” es casi un sinónimo de modernización”, las dificultades ocasionadas por tales convicciones no son menores.

En el corto plazo, las negociaciones melodramáticas con el FMI que ya son rutinarias no desatarán el caos ni las siete plagas a las que aludió el presidente, pero esto no quiere decir que cuando por fin regresemos “al mundo” lo haremos en condiciones mejores. Cuanto más prolongado resulte el período de reajuste, más grave se habrá hecho el atraso. Mal que le pese a Kirchner, el país necesita que se reanuden las inversiones cuanto antes, pero esto no sucederá hasta que se llegue a un acuerdo satisfactorio con el FMI. Tal y como están las cosas, aun cuando el FMI, presionado por Estados Unidos, decidiera firmar algo que Kirchner considere aceptable, “el mundo” – o sea, los mercados-, entenderá que se habrá tratado de un arreglo político posibilitado no por la voluntad del gobierno argentino de hacer frente a los problemas económicos más apremiantes del país, sino por el deseo de los funcionarios del gobierno del presidente norteamericano George W. Bush de ahorrarse disgustos en el Cono Sur de América Latina. Huelga decir que un acuerdo de esta naturaleza no incidiría positivamente en las opiniones de los inversores internacionales, sino que, por el contrario, les brindaría más motivos para seguir boicoteándonos.


El presidente Néstor Kirchner tiene razón cuando da a entender que entrar en default con el FMI no nos supondrían “el caos y las siete plagas” y puede que la negativa del gobierno a pagar de las reservas los casi tres mil millones de dólares al organismo, a menos que éste sea más “flexible”, no haya sido nada más que una maniobra política destinada a brindar la impresión de intransigencia en defensa de los intereses nacionales, pero se equivoca si realmente cree que el país se verá beneficiado por la actitud combativa que ha asumido frente al resto del mundo. Después de todo, no es que Kirchner esté comprometido con un “proyecto” económico tan heterodoxo que el FMI lo haya rechazado por el presunto apego al “neoliberalismo” de sus técnicos, sino que se ha resistido a formular un plan coherente por temor a que si comenzara a instrumentar uno el elevado índice de popularidad que ostenta no tardaría en derretirse, lo que lo dejaría en una situación sumamente incómoda. Su imagen progresista no obstante, Kirchner parece ser un conservador nato que quisiera limitarse a administrar la crisis hasta las calendas griegas, de este modo complaciendo a quienes se sienten beneficiados por el orden existente y evitando los riesgos que con toda seguridad le supondría cualquier intento de concretar reformas, fueran éstas “liberales” o “izquierdistas”. En vista de la debilidad política del presidente y las tradiciones obstruccionistas del Congreso, tal postura puede comprenderse, pero sería un error tomarla por evidencia de su voluntad de subordinar todo al bienestar del pueblo que, es innecesario decirlo, ha sido el más perjudicado por la incapacidad de nuestra clase dirigente para adaptarse a los tiempos que corren, de ahí el default protagonizado por Adolfo Rodríguez Saá y la “pesificación” forzosa realizada por Eduardo Duhalde.

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