Quedó huérfano y su maestra lo adoptó

A los 40 años, su alumno quedó huérfano. Ella no dudó en adoptarlo como hijo, en Sierra Grande.





Gente de acá a la vuelta: Pablo Liberini y Rosita Guizzardi

Cuando llegó a Sierra Grande en 1991, Rosita Guizzardi, maestra mendocina, pensó que la vida junto a su esposo José se forjaría en estas tierras patagónicas con el crecimiento de sus dos hijos y luego seguiría la rutina de toda vida: el trabajo, los nietos y la jubilación. Nunca imaginó que a los 52 años sería madre adoptiva de quien fue su alumno en la escuela especial Nº 11 donde trabajó casi 20 años.

A Pablo Liberini, quien hoy tiene 40, todos lo conocen en esta ciudad minera. Su pequeña familia era muy conocida en el pueblo: tenían “La Eléctrica”, un tradicional comercio que ya no está y él fue la cara visible de reclamos por un edificio propio de su escuela. Su madre Sara Liberini encabezó con otros vecinos, entre ellos la maestra, varias marchas por un edificio propio para los chicos con discapacidades.

Rosita era la maestra de Pablo, un muchacho con síndrome de Down, independiente y con autonomía pero que necesita una atención permanente. Al principio, cuando era adolescente, compartieron momentos en el aula de la escuela especial y luego cuando era más grande en un taller de floricultura. Allí construyeron un invernáculo donde juntos se abrieron caminos al cultivo de flores, la confección de macetas y el abono. “En ese taller capacitamos ayudantes de floricultura y huerta”. Eran momentos felices porque con las plantas y flores lograron realizar una actividad que buscaba insertar en la vida cotidiana a Pablo y varios compañeros en el mundo laboral, afirma. Esa era la idea de la maestra que también mostraba su costado comprometido más allá del aula.

Entre podas, cosechas y peleas , Rosa y Pablo fueron queriéndose recíprocamente y ese cariño fue cada vez mayor. “Fue un amor a primera vista, llegaba a su casa y siempre hablaba de mí”.

P-¿Cómo conoce a los padres de Pablo?

R-Hablaba tanto de la maestra que un día su mamá, Sara, me fue a conocer a la escuela y la relación empezó a crecer.

“La relación creció tanto que compartimos muchos cumpleaños, momentos felices, veranos en Playas Doradas. Cuando mi hija cumplió los 15, el primero que bailó el vals con ella fue Pablo”, recuerdan Rosita y su hija Cintia, que no dudó en mostrar las fotos del día aquel. Y llegó el día en que el planteo entre la vida y la muerte se hizo presente para Pablo con el fallecimiento de un vecino de la cuadra. Cientos de preguntas surgieron en el muchacho. “¿A dónde lo llevan? ¿Va a volver el vecino? ¿Qué pasa después de la muerte?”, consultaba.

La familia dio respuestas como en cualquier hogar se le explica a los hijos. La diferencia es que los padres de Pablo ya eran ancianos y había que hablar de la inevitable muerte. Así fue que un día Pablo les dijo a sus padres que cuando eso pasara con ellos él quería ir a vivir con la maestra Rosita y “el Quiroz”, su esposo.

Pío Liberini y su esposa Sara fueron a contarle esto a Rosita, un verano de hace 15 años . “Nunca lo habíamos pensado, hasta que él lo decidió”, se sincera la docente.

P-¿Cómo tomó su familia la idea de que Pablo se sume al núcleo familiar?

R-Hablamos con la familia y lo tomaron de manera natural; en realidad, lo veíamos como una cosa lejana, nunca pensamos que podía llegar el día. Sarita se enfermó y yo también y más que nunca nos preguntábamos “¿qué hacemos con Pablo?”.

Fueron tiempos difíciles porque el diagnóstico de la maestra no era el mejor y no estaba en condiciones físicas ni emocionales para sobre llevar tanto dolor –hasta se le había caído el pelo– y la responsabilidad que le sobrevenía era atender a Pablo y su padre, que ya era muy mayor.

Al tiempo Sara falleció a los 77 años y Rosita empezó una mejoría de su enfermedad. “Don Pío siempre intentó hacer las cosas de manera legal y lo desesperaba no dejar nada hecho. Temía que a Pablo se lo llevara alguna institución porque él no se sentía capaz de cuidarlo por la edad, se sentía angustiado. Siempre tenía fantasías muy dolorosas”, expresó Rosita.

Hasta que llegó el día en que una jueza del Juzgado de Familia les hizo hacer un testamento de puño y letra donde Pío dejaba la curatela de Pablo a Rosita y José Quiroz. Curatela, vale recordar, es el proceso mediante el cual se busca proteger y cuidar a personas consideradas no habilitadas para manejarse por sí mismas.

Cuando firmó, Pío se relajó y se terminó el miedo. A los siete meses fallecía a los 85 años.

Pablo, al pertenecer a una familia muy chica, sus posibilidades de continuar viviendo en Sierra Grande eran escasas; su hermano Atilio vive en Italia y dos tíos que son mayores y que “lo aman” residen en Buenos Aires.

Pero ante esta adversidad, el amor mutuo entre la maestra y el alumno fue más allá . “Al otro día que falleció Sara, me empezó a llamar ‘mamá’ y a todo el mundo le dice que yo era su nueva mamá. De todas formas nuestra idea es que tenga siempre presente a sus papás y a su familia. El vínculo está y va a seguir”, afirma Rosita.

El sueño que tenía Pablo era tener su fiesta de cumpleaños de los 40, como tuvo su amiga Florencia –una compañerita de la escuela especial–. “Quería una fiesta. Hicimos un esfuerzo y armamos una linda fiesta en febrero de este año donde estuvo hasta su hermano Atilio”.

Con el recuerdo constante de sus padres, los días de Pablo son muy activos: ayuda a cocinar, a hacer pastas, cultivar y pintar. Con Rosita tienen un proyecto de tapitas con las que hacen baldosas. “Se llama pisotapita. Nuestra intención no es venderlas sino hacer nuestra propia vereda. Las pegamos y armamos las baldosas. En el verano hacemos sobres de papel con revistas de venta de cosméticos, que los regalamos en kioscos de Playas Doradas para que no entreguen bolsas de nylon”.

“No queremos hacer una industria, no queremos que todo sea una obligación. Vamos a la playa a disfrutar, tenemos muchas actividades para estar ocupados y para ser útiles a la sociedad”.

Rosita y su familia se mudaron a la casa de Pablo. La idea fue no sacarlo de su entorno, donde siempre hay un portarretrato que mantiene viva en la memoria a Pío y Sara.

Sentado en una hamaca del patio trasero Pablo pasa sus momentos de soledad y reflexión. “Este es el lugar donde piensa y se le ocurren ideas que luego ponemos en marcha. Por ejemplo, hacemos lombricultura para no perder la costumbre. Se ganó un cajón para hacer lombricompuesto en un sorteo que hizo la municipalidad y lo aprovechamos”, expresó la maestra, quien recuerda que en Sierra Grande también hay otras maestras que han alcanzado procesos de adopción similar al de ella.


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