Ajedrez político
Si bien en la etapa más reciente, la que acaba de celebrarse en Córdoba, del absurdo maratón electoral al que el país se ha entregado, el peronista José Manuel de la Sota logró anotarse un triunfo fácil sobre su rival radical Oscar Aguad que será aprovechado por el gobierno nacional a pesar del temor de Néstor Kirchner a que el ganador se haya propuesto posicionarse de cara a las elecciones presidenciales del 2007, sería por lo menos prematuro tomar el resultado por evidencia de que el PJ, encolumnado detrás del presidente, está en vías de consolidar su dominio político sobre todo el territorio nacional. Como Aguad ha señalado, el radicalismo, golpeado por el colapso del gobierno de Fernando de la Rúa, por la muerte de Ramón Mestre y por la enfermedad del referente local Rubén Martí, tuvo que improvisar su candidatura en muy poco tiempo postulando a un casi desconocido que fue resistido por muchos correligionarios, que comenzó su campaña con una intención de voto inferior al diez por ciento. Por lo tanto, desde su punto de vista el 37% conseguido fue una cifra más que respetable sobre la base de la cual los radicales tienen derecho a creerse en condiciones de reconquistar la intendencia de la capital provincial en octubre. Por su parte, para sorpresa de nadie De la Sota festejó su propia victoria calificándola de «histórica» y «plebiscitaria».
Como es natural dadas las circunstancias, De la Sota se ha afirmado dispuesto a «acompañar el proceso que encabeza Kirchner», el hombre que lo reemplazó como el elegido por Duhalde para hacer frente a Carlos Menem cuando el presidente provisional se dio cuenta de que la candidatura del cordobés no levantaba vuelo, pero no extrañaría en absoluto que andando el tiempo decidiera distanciarse del santacruceño, siguiendo un rumbo parecido al adoptado por su compañero, el bonaerense Carlos Ruckauf, que fue «delarruista» a más no poder hasta que la estrella del radical comenzó a apagarse, momento en el que se convirtió en uno de sus críticos más virulentos. Por ser tan débiles las estructuras partidarias y tan nebulosas sus «doctrinas», ya es normal que los gobernadores provinciales hagan gala de un grado asombroso de oportunismo, intentando beneficiarse del «carisma» del presidente de turno cuando éste disfruta de la aprobación del grueso de la ciudadanía, pero negándose a compartir los costos políticos que les supondría solidarizarse con él en las épocas difíciles. De más está decir que dicha costumbre contribuyó enormemente a cavar el pozo en el que la Argentina terminó precipitándose: en todos los países, pero en especial en los hundidos en crisis imputables a su resistencia a evolucionar con los tiempos, es a veces necesario que el gobierno nacional tome medidas antipáticas, pero parecería que aquí ninguno puede enfrentarse con intereses creados fuertemente atrincherados sin verse abandonados a su suerte por sus presuntos partidarios. Esta realidad nada grata se modificaría si un presidente lograra plasmar un «proyecto» muy atractivo, pero puesto que la estrategia de Kirchner sigue siendo borrosa, por lo pronto no le convendría tomar demasiado en serio todas las muchas manifestaciones de apoyo que le han formulado sus congéneres de la clase política.
Asimismo, Kirchner no puede ignorar que no le será muy fácil compatibilizar su propio «proyecto», que según parece es «de centroizquierda», con el representado por De la Sota, un mandatario provincial que hace algunos años intentó erigirse en jefe de una suerte de menemismo sin Menem, es decir, de una versión prolija, muy favorable a la empresa privada, del esquema original. Así las cosas, de quererlo, a De la Sota le sería sencillo oponerse al presidente en base a principios similares a los reivindicados por el ex radical Ricardo López Murphy. Claro, no lo hará hasta que las iniciativas económicas, que es de suponer está por emprender Kirchner, comiencen a chocar contra dificultades y la política nacional entre en una nueva fase que con toda seguridad será mucho menos amable que la actual que, como en las primeras semanas de la gestión de De la Rúa, se caracteriza por la voluntad de representantes de casi todas las facciones de subrayar lo que a su entender tienen en común con el presidente y de pasar por alto sus muchas diferencias.