Al defender a la profesora, el Presidente justifica la intolerancia y la humillación

Una cosa es la informalidad y las herramientas descontracturantes en el aula, otra el maltrato que exhibió ante sus alumnos la profesora militante defendida por el Presidente.





La profesora Radetich, a los gritos, en pleno adoctrinamiento en su clase de Historia.

Como si no tuviera suficientes problemas con sus incontinencias verbales y gestuales, el Presidente ha defendido ayer a la profesora de Historia que -desde su fundamentalismo partidista- buscaba adoctrinar a sus alumnos secundarios con modos intolerantes y furiosos, nada pedagógicos. De paso, una vez más, desautorizó a su ministro de Educación, que había dicho: “Eso no es docencia; no lo podemos permitir”.

Para Alberto Fernández, el vergonzoso episodio de la docente bonaerense Laura Radetich “fue un debate formidable que le abre la cabeza al alumno”, al que le “siembra dudas e invita a pensar”.

No resulta equivocada la idea acerca de lo que debería ser una clase de Historia -o de cualquier otra disciplina-, alejada de procederes mecánicos o enciclopedistas y más cercana a la interpelación, la creatividad y hasta la confrontación y provocación, para incentivar interpretaciones y apropiaciones sobre lo transmitido.

Pero por lo visto Fernández no vio ni escuchó con atención el video de esta profesora ultra kirchnerista, demostrativo no solo de una omnipotencia educativa, sino de la furia y el desprecio hacia sus estudiantes. Radetich no les sembraba dudas; los maltrataba, sobre todo a quienes osaban preguntarle desde el pensamiento opuesto.

Una cosa es la informalidad y las herramientas descontracturantes en el aula -como nos estimuló la conmovedora película “La sociedad de los poetas muertos”-, otra la intolerancia y el maltrato, como exhibió en el aula esta profesora, que públicamente en las redes profesa el odio al macrismo y pide “la ley del Talión” para quienes contagien el covid.

Volvemos a lo mismo: la responsabilidad presidencial y las señales que emite (como vimos con la violación de las normas en pandemia en la fiesta de Olivos). Es irresponsable justificar un modelo didáctico autoritario, violento y humillante del alumno, que atenta contra el espíritu crítico de la enseñanza. Como profesor universitario, el mandatario debería tenerlo suficientemente naturalizado.


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