Alberto versus la meritocracia






Puede que en Argentina hoy, el imbécil de familia rica tenga más chances que un pobre genial, pero en países desarrollados un joven intelectualmente dotado lo superaría con rapidez.


Todas las sociedades son jerárquicas. El igualitarismo radical es una quimera; a lo sumo, exigirlo con pasión como hacen ciertos activistas notorios puede servir para destacarse de los demás y subir a un sitio más alto de la pirámide local. Pero si bien la igualdad perfecta es inalcanzable, ya que siempre habrá algunos que ocupan puestos en la cima y otros que se ven relegados a estratos más humildes, hay muchas formas de determinar el lugar que corresponde a cada uno.

A veces, la elite es dominada por guerreros, religiosos e incluso, como era el caso durante siglos en China, por funcionarios - los “mandarines” - que entre otras cosas tenían que ser capaces de escribir poemas eruditos sin violar un conjunto de reglas métricas muy estrictas. También hay aristocracias de sangre, plutocracias mercantiles en que sólo el dinero importa y los sistemas comunistas en que miembros del partido monopolizan los privilegios sociales y materiales en nombre de la equidad.

Hoy en día, en países democráticos es habitual justificar las diferencias sociales o de ingreso con alusiones a criterios “meritocráticos”.

Alberto Fernández resbaló al despacharse en contra del “mérito” al afirmar que “lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene más posibilidades que el más inteligente de los pobres”, pero procuró recuperarse dando a entender que no hablaba del “mérito” propiamente dicho sino de la “meritocracia”.

La palabra fue inventada en 1958 por el laborista británico Michael Young en su obra satírica, “El ascenso de la meritocracia”, pero lo que creía sería tomado por una advertencia sobre lo peligroso que a su juicio sería el surgimiento de una nueva oligarquía basada en la capacidad mental resultó ser profético, ya la tendencia que le preocupaba pronto perdió sus connotaciones negativas. Merced al progreso arrollador de la tecnología, el mérito, que Young definió como “coeficiente intelectual más esfuerzo”, no tardó en imponerse como un factor decisivo.

Puede que en la Argentina actual el imbécil de familia rica al que se refirió Alberto tenga más oportunidades que un pobre genial, pero en los países desarrollados un joven intelectualmente dotado lo superaría con rapidez porque quienes llevan la voz cantante entienden muy bien que el talento humano es el recurso más valioso de todos.

Sea como fuere, Alberto no tiene por qué inquietarse; a menos que mucho cambie, la Argentina seguirá siendo inmune al ideario que en las décadas últimas se ha convertido en una ortodoxia casi universal porque a la mayoría le parece justo que sean premiados quienes más aportan a las comunidades en que viven, lo que no sucedió cuando pesaban mucho más los vínculos familiares, la clase social, la militancia política o los bienes heredados.

¿Por qué, pues, creía Young que sería malo que en adelante se aplicaran criterios meritocráticos? Porque temía que, andando el tiempo, la meritocracia se haría tan rígida como las jerarquías tradicionales porque sería hereditaria, lo que en efecto ha ocurrido en buena medida a causa de las becas que permitirían que jóvenes dotados de familias pobres estudiaran en las universidades más prestigiosas, donde muchos encontrarían a quienes casarían, lo que antes no era tan común.

También quería que todos fueran tratados con el debido respeto y previó que muchos que se verían excluidos de la nueva elite, hombres y mujeres que, sin poseer dotes excepcionales, distarían de ser estúpidos, no tolerarían ser despreciados por quienes se enorgullecerían de su superioridad presuntamente congénita.

Es lo que ha ocurrido en muchos países, sobre todo en los anglosajones. Donald Trump alcanzó la presidencia de Estados Unidos merced a la reacción de una proporción muy significante de sus compatriotas frente a la arrogancia de una elite mediática y académica de pretensiones progresistas cuyos representantes se mofaban de las costumbres, gustos y convicciones del hombre común.

Algo similar ha ocurrido en el Reino Unido. Aunque Boris Johnson, que es más que capaz de perorar durante horas en griego clásico o latín sin cometer errores, tiene muy poco en común con Trump, lo mismo que el norteamericano ha logrado aprovechar la brecha cultural que se ha abierto entre las elites metropolitanas y el grueso de la población.

Oponerse a las ideas meritocráticas con argumentos parecidos a los desplegados por Alberto es fácil. En cambio, no lo es en absoluto pensar en una alternativa que sea claramente mejor, o en lo que podría hacerse para impedir que se consolidara la nueva oligarquía prevista por Young sin entregarse al populismo más rudimentario.


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