Alerta nuclear

Redacción

Por Redacción

Antes de sufrir la central de Fukushima en el Japón un accidente que podría tener consecuencias aún más catastróficas que las ya supuestas por la evacuación de decenas de miles de personas y la previsible muerte prematura de muchos de los que están procurando enfriar el reactor antes de que sea demasiado tarde, en buena parte del mundo se consolidaba el consenso de que a los países más avanzados les convendría aprovechar mucho más la energía nuclear por tratarse de un recurso relativamente limpio y seguro. Sin embargo, al alcanzar la radiación en la zona afectada niveles alarmantes, contaminando el agua y algunas legumbres, el debate en torno al tema se ha transformado de manera radical. Los gobiernos de los países miembros de la Unión Europea se han comprometido a inspeccionar rigurosamente todas las plantas nucleares en sus jurisdicciones respectivas, los alemanes han optado por frenar planes para depender más de la energía nuclear y en Estados Unidos el presidente Barack Obama se ha sentido constreñido a defender la decisión de reanudar la construcción de plantas nuevas luego de una pausa de treinta años. Tales reacciones son comprensibles, pero esto no quiere decir que sean racionales. El desastre que se dio en Fukushima fue provocado por un terremoto excepcionalmente violento –según los registros, sólo han ocurrido cuatro más poderosos–, pero la posibilidad de que suceda algo similar en países como Alemania, en la mayor parte de Estados Unidos o, en el caso de la Argentina, en la provincia de Buenos Aires y la capital federal es sumamente escasa. Por lo demás, a partir de la puesta en marcha de la primera central nuclear en 1951, los accidentes graves, de los que el de Chernobyl en la Unión Soviética fue por mucho el peor, han sido muy poco frecuentes. Asimismo algunos, como el de 1979 en Three Mile Island, en Estados Unidos, que sigue recordándose como el más serio de la historia norteamericana, no causó muertos. Mientras tanto los costos humanos, tanto los directos como los indirectos, de otras fuentes de energía, como el petróleo y el carbón, siempre han sido muchísimo más elevados, sin que a nadie se le haya ocurrido prohibir su explotación. Sea como fuere, si bien puede señalarse que, aun cuando se concreten las previsiones más apocalípticas sobre lo que podría suceder en Fukushima, la energía nuclear continuaría siendo menos mortífera que las alternativas, pocos se dejarían convencer por tales argumentos. Las centrales nucleares siempre han motivado más miedo que las minas de carbón o el hecho de que una proporción sustancial de las reservas petroleras mundiales se encuentren en países que en cualquier momento podrían hundirse en el caos, con un impacto terriblemente negativo en docenas de economías nacionales. A juicio de muchos, su mera proximidad es apenas tolerable, de ahí la oposición implacable no sólo de ecologistas sino también de otros que, con razón o sin ella, temen ser víctimas de radiación, un asesino silencioso e invisible, o de un harto improbable estallido. Para los responsables de la política energética de los diversos países, la hostilidad instintiva que tantos sienten hacia la industria nuclear constituye un problema muy ingrato. Si no fuera por lo que algunos toman por un prejuicio irracional, las centrales nucleares ya suministrarían mucho más que el 17% de la energía consumida por el mundo, lo que pondría fin a la dependencia de los norteamericanos y europeos del petróleo procedente del Oriente Medio, permitiéndoles cambiar drásticamente su política exterior, ya que entre otras cosas podrían abandonar a su suerte a déspotas que hasta ahora han apoyado discretamente porque, al fin y al cabo, han asegurado cierta estabilidad. Por desgracia, las alternativas “verdes” a la energía nuclear y al crudo importado desde el Oriente Medio que suelen recomendarse no son muy convincentes. La energía eólica es sumamente ineficaz, mientras que una consecuencia del uso creciente de los biocombustibles ha consistido en el aumento de los precios de alimentos básicos que, al perjudicar a países pobres, como Egipto, que necesitan importarlos, ha contribuido a estimular las revueltas que están agitando el mundo árabe y por lo tanto a hacer subir el precio del petróleo.


Antes de sufrir la central de Fukushima en el Japón un accidente que podría tener consecuencias aún más catastróficas que las ya supuestas por la evacuación de decenas de miles de personas y la previsible muerte prematura de muchos de los que están procurando enfriar el reactor antes de que sea demasiado tarde, en buena parte del mundo se consolidaba el consenso de que a los países más avanzados les convendría aprovechar mucho más la energía nuclear por tratarse de un recurso relativamente limpio y seguro. Sin embargo, al alcanzar la radiación en la zona afectada niveles alarmantes, contaminando el agua y algunas legumbres, el debate en torno al tema se ha transformado de manera radical. Los gobiernos de los países miembros de la Unión Europea se han comprometido a inspeccionar rigurosamente todas las plantas nucleares en sus jurisdicciones respectivas, los alemanes han optado por frenar planes para depender más de la energía nuclear y en Estados Unidos el presidente Barack Obama se ha sentido constreñido a defender la decisión de reanudar la construcción de plantas nuevas luego de una pausa de treinta años. Tales reacciones son comprensibles, pero esto no quiere decir que sean racionales. El desastre que se dio en Fukushima fue provocado por un terremoto excepcionalmente violento –según los registros, sólo han ocurrido cuatro más poderosos–, pero la posibilidad de que suceda algo similar en países como Alemania, en la mayor parte de Estados Unidos o, en el caso de la Argentina, en la provincia de Buenos Aires y la capital federal es sumamente escasa. Por lo demás, a partir de la puesta en marcha de la primera central nuclear en 1951, los accidentes graves, de los que el de Chernobyl en la Unión Soviética fue por mucho el peor, han sido muy poco frecuentes. Asimismo algunos, como el de 1979 en Three Mile Island, en Estados Unidos, que sigue recordándose como el más serio de la historia norteamericana, no causó muertos. Mientras tanto los costos humanos, tanto los directos como los indirectos, de otras fuentes de energía, como el petróleo y el carbón, siempre han sido muchísimo más elevados, sin que a nadie se le haya ocurrido prohibir su explotación. Sea como fuere, si bien puede señalarse que, aun cuando se concreten las previsiones más apocalípticas sobre lo que podría suceder en Fukushima, la energía nuclear continuaría siendo menos mortífera que las alternativas, pocos se dejarían convencer por tales argumentos. Las centrales nucleares siempre han motivado más miedo que las minas de carbón o el hecho de que una proporción sustancial de las reservas petroleras mundiales se encuentren en países que en cualquier momento podrían hundirse en el caos, con un impacto terriblemente negativo en docenas de economías nacionales. A juicio de muchos, su mera proximidad es apenas tolerable, de ahí la oposición implacable no sólo de ecologistas sino también de otros que, con razón o sin ella, temen ser víctimas de radiación, un asesino silencioso e invisible, o de un harto improbable estallido. Para los responsables de la política energética de los diversos países, la hostilidad instintiva que tantos sienten hacia la industria nuclear constituye un problema muy ingrato. Si no fuera por lo que algunos toman por un prejuicio irracional, las centrales nucleares ya suministrarían mucho más que el 17% de la energía consumida por el mundo, lo que pondría fin a la dependencia de los norteamericanos y europeos del petróleo procedente del Oriente Medio, permitiéndoles cambiar drásticamente su política exterior, ya que entre otras cosas podrían abandonar a su suerte a déspotas que hasta ahora han apoyado discretamente porque, al fin y al cabo, han asegurado cierta estabilidad. Por desgracia, las alternativas “verdes” a la energía nuclear y al crudo importado desde el Oriente Medio que suelen recomendarse no son muy convincentes. La energía eólica es sumamente ineficaz, mientras que una consecuencia del uso creciente de los biocombustibles ha consistido en el aumento de los precios de alimentos básicos que, al perjudicar a países pobres, como Egipto, que necesitan importarlos, ha contribuido a estimular las revueltas que están agitando el mundo árabe y por lo tanto a hacer subir el precio del petróleo.

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