Algo más que números
Parecería que, desde el estallido en 2008 de la crisis financiera que a partir de entonces mantendría en vilo a casi todos los gobiernos del mundo, está de moda juzgar el desempeño relativo de las distintas economías según la tasa coyuntural de crecimiento, minimizando el significado de otros datos. Así, pues, Europa está en graves apuros principalmente porque ha dejado de aumentar año tras año el producto bruto, a diferencia del Brasil, digamos, que, conforme a las cifras más recientes, podría anotarse una tasa anual del 2% o incluso más. Sobre la base de esta forma de interpretar la realidad, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los voceros de su gobierno hablan como si a su entender nuestro gobierno estuviera en condiciones de enseñarles a los europeos, norteamericanos, japoneses y otros cómo manejar con éxito sus economías respectivas. Si bien hay indicios de que la Argentina también ha caído en recesión a causa de los errores cometidos por un gobierno obsesionado por la balanza de pagos, sorprendería que los tomaran en cuenta, ya que su país es el del Indec, no el de los supermercados, las consultoras privadas, jefes sindicales como Hugo Moyano o aquellos medios que, en palabras de la presidenta, se especializan en difundir “miedo y desánimo”, además de prestar atención a las opiniones de “la gilada” conformada por economistas que ponen en duda la veracidad del relato oficial. La forma excéntrica en que el oficialismo maneja las estadísticas puede haberle brindado la posibilidad de engañar a ciertos sectores de la ciudadanía diciéndoles que la economía avanza viento en popa, pero otros saben muy bien que los problemas son mucho más graves de lo que la presidenta y sus partidarios están procurando hacer pensar. Es que la Argentina del Indec se ha alejado tanto de la otra que a esta altura sería inútil tratar de compararlas. Por ejemplo, mientras que en el país oficial el 6,5% de la población, menos de tres millones de personas, es pobre, en la Argentina alternativa al menos el 20%, aproximadamente ocho millones, se encuentra en tal situación. De ser ciertas las estadísticas reivindicadas por el gobierno, sus integrantes se creerían con derecho a compadecerse de Estados Unidos, donde de acuerdo con el censo del 2010 el 15,1% vive por debajo de la línea de pobreza fijada por las autoridades, pero aunque a veces algunos caen en la tentación de hacerlo, sucede que para los norteamericanos es pobre una familia tipo cuyo ingreso mensual es inferior a 1.921 dólares –es decir, 8.875 pesos a la tasa oficial (12.123 a la informal)–, mientras que para no ser pobre en el país del Indec, le bastaría con percibir 1.528 pesos. Si bien el costo de vida en Estados Unidos es superior al vigente aquí, la brecha no resulta tan grande como parecen creer los convencidos de que a los demás gobiernos del mundo les convendría adoptar “el modelo” de Cristina. De todos modos, conforme a las pautas del Primer Mundo, la mayoría abrumadora de los habitantes del país es pobre. Para modificar esta realidad nada satisfactoria, la economía tendría que crecer, de manera sostenida, “a tasas chinas” durante un par de décadas, lo que no estaría en condiciones de hacer a menos que se produjera una auténtica revolución educativa, cuando no cultural, ya que un “modelo” capaz de generar la riqueza necesaria para permitir un ingreso per cápita, equitativamente repartido, de 40.000 dólares anuales sería estructuralmente muy distinto de uno que a duras penas logra acercarse a 10.000. Asimismo, además de mejorar sustancialmente la calidad educativa que recibe no sólo una minoría de clase media sino también la mayoría, para que el país comenzara a acercarse a los más prósperos sería forzoso que superara primero una serie de cuellos de botella, como el supuesto por el sumamente costoso déficit energético, y estimular las inversiones, ya que sin ellas no sería posible llevar a cabo las transformaciones necesarias. Aunque gracias al boom de los commodities los recursos agrícolas, petroleros y mineros que la Argentina posee en abundancia pueden resultar suficientes como para protegernos contra un nuevo desastre parecido al experimentado en el 2001 y 2002, a menos que se vean suplementados por el aprovechamiento pleno de los recursos humanos, ni siquiera el país del Indec podría cerrar la brecha que lo separa de los más avanzados.