“Algunas reflexiones sobre la patria”

Por Redacción

La patria no es una entelequia vacía de contenido ni un bien mostrenco para ofrecer al mejor postor. Es la argamasa de un país con sus mejores virtudes, el común denominador de un pueblo realizado. Una construcción cotidiana y colectiva donde cada uno de sus habitantes es responsable del destino común. Al ver los acontecimientos nacionales que desde hace años nos involucran no podemos pensar en otra cosa que en los argentinos, que estamos viviendo ¿tiempos decadentes. En vez de consolidar una democracia fuerte, de contenido nacional, con valores cívicos, pluralidad de ideas y con instituciones rectoras, hemos caído en la trampa del facilismo amoral, de la atrofia política, del vale todo como en las mejores épocas del cambalache discepoliano, donde el político es incapaz para resolver los problemas del país pero muy eficiente para resolver los suyos obscenamente pecuniarios y que no son otra cosa más que marionetas de los poderosos intereses globales que dominan el mundo; donde los jueces han perdido el rumbo y acatan los dictados del poder de turno, arrumbando la ética y la austeridad que en alguna época más feliz supo caracterizar al Poder Judicial; donde el gremialismo ha sido desmantelado y se ha convertido a los sindicatos en sellos de goma, pero útiles para usufructuar los dividendos y los negociados en nombre de sus asociados; donde “la SIDE, corrompida durante años de caza de brujas y de terrorismo ideológico”, es un instrumento de poder inimaginable donde el delito “paga” porque hay impunidad; donde los jóvenes están generalmente aturdidos por el flagelo de las drogas y andan excluidos de todo futuro deambulando por las calles; donde hasta doña Rosa se ha conformado con los culebrones televisivos y un pueblo que ha dejado de pensar y sólo busca pasarla bien, pastando en el pienso o el grano de su morral. Podemos decir que es la época de una democracia tonta, insulsa y vacía de todo contenido, donde por haber elecciones cada cuatro años creemos que somos el pueblo más demócrata del planeta. Profundos problemas están cambiando al mundo y la Argentina está involucrada en esos cambios y tiene definido, por los altos factores de poder global, un pobre papel de país periférico y furgón de cola de las grandes decisiones. Pareciera que estamos en la más baja de las caídas como nación. Una patria postrada y de rodillas como jamás a lo largo de su historia lo ha sido y, ahora, inmersa en una madeja de inimaginables proporciones a la que ya ni siquiera se le podrá encontrar una punta. Una novela lamentable donde se mezclan, en un raro mejunje, políticos, jueces, servicios de inteligencia y todo ante un pueblo azorado que de escuchar tantos dislates está más confundido que nunca. Hay que rescatar el concepto de patria. Esa que supieron hacer grande nuestros héroes y que forjaron políticos esclarecidos que tuvieron una vocación de estadistas. Hay que decirle al pueblo que ante esta penosa realidad de subsuelo será en breve convocado (creo que así será) para algo grande. Que esto “hay que cambiarlo todo”. Que debemos recrear los valores que todavía no están muertos: ese sentido de grandeza y de heroísmo, de poesía si se quiere, que en épocas de gran opresión convocados por hombres de espíritu altruista y de vocación política devolvieron a la patria sus viejos esplendores. Las cosas, como dijo Ortega y Gasset, deberán hacerse “a pesar de la runfla politiquera, adueñada del puesto público y de la caja y descubrir a los enanos de la mediocridad que están ocultos detrás de las urnas electorales y en correctísimas elecciones, pero surgidos de la manipulación previa de vaya a saber qué bastardos intereses antiargentinos”. Debemos rebelarnos ante tanta decadencia. Éste no es el Estado que queremos para nuestra Nación ni tampoco el destino que soñaron nuestros próceres. No es extraño que José María Castiñeira de Dios alguna vez, con voz desgarrada, dijera que “la patria es un dolor que no cesa”. Es nuestra la tarea de esforzarnos para que sea una alegría perpetua. Para que dejemos la indiferencia y nos involucremos en serio en su quehacer más allá de las charlas de café y el vino de las sobremesas, porque tenemos una gran responsabilidad: reconstruirla desde su misma esencia, desde su raíz para que sus frutos sean sanos y su sombra benefactora. Entonces sí, seremos un gran país. Jorge Castañeda DNI 8.569.045 Valcheta

Jorge Castañeda DNI 8.569.045 Valcheta