Ambigüedad porteña
El presidente Néstor Kirchner tiene motivos para sentirse satisfecho con los resultados de la primera vuelta electoral porteña. Después de todo, no cabe duda alguna de que sin su ayuda decidida y la movilización de los recursos importantes que están a disposición del Poder Ejecutivo, el intendente Aníbal Ibarra hubiera sido derrotado por un margen muy amplio y no por el menos del cuatro por ciento que finalmente se anotó en favor de su contrincante Mauricio Macri. Sin embargo, el presidente no puede sino preocuparse por el hecho de que en un momento en el que su propia popularidad está en un nivel inverosímil y en el distrito más “progresista” y, exceptuando a Santa Cruz, más kirchnerista del país, su candidato no haya podido dejar atrás a un empresario de escasa trayectoria política que encarna todo cuanto a juicio de los propagandistas oficiales hizo de los años noventa otra década infame. Por tratarse de un político experimentado, Kirchner sabrá que a menos que logre aprovechar su imagen positiva actual para construirse una base de sustentación un tanto más fuerte que la derivada de las elecciones de abril, le será sumamente difícil defenderse contra sus muchos adversarios en los cuatro años en la presidencia que aún le esperan. Si bien, como ha subrayado la conducta reciente de aquellos legisladores que hace poco aprobaron proyectos que antes habían rechazado con indignación y de referentes peronistas como Eduardo Duhalde, por ahora buena parte de la clase política se muestra más que resuelta a solidarizarse con Kirchner a fin de impedir que estalle una serie de crisis institucionales de consecuencias imprevisibles, no es demasiado probable que la autodisciplina así supuesta se mantenga mucho tiempo más. Quien siembra vientos, cosecha tempestades. En la fase inicial, podría decirse el prólogo, de su período, Kirchner se ha dedicado a fabricar enemigos por entender que sería el mejor modo de congraciarse con una sociedad que hace apenas un año había hecho suya la consigna “que se vayan todos”. A primera vista, tal táctica le resultó muy provechosa, pero a menos que consiga transformar el apoyo popular que se registra en las encuestas de opinión en una alianza política firme que esté dispuesta a acompañarlo en los tiempos malos que con toda seguridad vendrán, pagará un precio muy elevado por haberse ensañado con tantas personas. Estas han preferido conservar un perfil bajo a la espera de que amaine el “huracán K”, pero en cuanto el clima les parezca más propicio, empezarán a desquitarse por los insultos que les han sido propinados por el presidente y sus simpatizantes. Desde la óptica de los adversarios de Kirchner, la primera vuelta de las elecciones porteñas habrá sido bastante alentadora: en base de los resultados, podrían confiar en que su popularidad mediática no obstante, el presidente dista de ser tan poderoso como algunos habrán temido y que no le será dado ensamblar el “tercer movimiento histórico” que le permitiría independizarse del peronismo tradicional. Así y todo, el que el respaldo de Kirchner permitiera que un “jefe de gobierno” tan opaco como Ibarra haya podido forzar el ballottage con buenas posibilidades de triunfar a pesar del estado ruinoso de la Capital, les habrá informado que todavía les sería prematuro organizar el contraataque. Si Ibarra, luego de recibir más manifestaciones de apoyo por parte del presidente, logra imponerse con cierta comodidad el 14 de setiembre, Kirchner se sentirá reivindicado aunque en el largo plazo la convicción generalizada de que el intendente porteño le debe casi todo podría resultarle perjudicial. De triunfar Macri, en cambio, la sensación de que la marejada del kirchnerismo ya ha alcanzado su máxima extensión y que en adelante no podrá sino menguar, aseguraría que los meses próximos le fueran mucho menos amenos que los tres primeros de una gestión que aún está en sus inicios. Puede que Kirchner y sus estrategas no tuvieran otra opción que la de jugar fuerte en la Capital Federal, comprometiéndose con Ibarra que, por su parte, se aferró al gobierno nacional al darse cuenta de que no habrá otra tabla de salvación, pero si bien no han perdido la apuesta tampoco parecen estar en condiciones de ganar tanto como habrán esperado los más optimistas.