Ambivalencias y espejismos





EDITORIAL

La incongruencia entre un escenario con crecientes contagios y una postal turística también en alza seguramente generan un disimulado rubor de culpa tanto en los administradores del Estado cuanto en buena porción de los ciudadanos con irrefrenables deseos –y posibilidades– de vacacionar.


El problema es cuando el rubor se transforma en preocupación por la certeza de que destinos turísticos regionales escalan en infecciones o por la amenaza de un sistema sanitario nuevamente destinado a colapsar, angustia que se ha vivido hace apenas escasos meses en Río Negro y Neuquén.


La administración de esta ambivalencia es sin dudas compleja ante la fuerte necesidad de garantizar cuidados y contención por un lado, pero al mismo tiempo reimpulsar una fuente vital de la economía como el turismo, uno de los sectores más quebrantados por la pandemia.


La urgencia por revertir el drama económico junto al impulso ciudadano por escapar del encierro de una cuarentena continuamente prorrogada fueron decidiendo a los gobiernos a una apertura, pero incongruente con la realidad y desguarnecida de protocolos.


Esta apertura vino estimulada inicialmente por el eclipse solar total, que congregó multitudes, pero que luego dejó 125 casos activos y 300 aislados por el covid. En todo Río Negro se estimaron ingresos por $46 millones gracias al eclipse, con la llegada de más de 11.500 turistas.

Más tarde llegaron las Fiestas y el entusiasmo fue en progreso: 70.000 pasajeros le aportaron a la provincia un movimiento económico superior a los 500 millones de pesos, estimaron oficialmente.


Aquí y en la costa argentina se comenzó con estrictos requisitos de circulación que han quedado en el olvido. En varios destinos, los formularios obligatorios hoy son mera formalidad y los operativos pasaron de un extremo de rigor –lindante con la arbitrariedad– a otro de laxitud, prácticamente sin escalas.


El martes, el gobernador bonaerense Axel Kicilof e intendentes de la costa parecían encaminados a tomar una decisión frente al elocuente hacinamiento en las playas –con controles estériles–, pero finalmente evitaron anunciar restricciones, limitándose a clamar cuidado.

Sin embargo, al día siguiente, el presidente Alberto Fernández acordó con los gobernadores una medida en apariencia contrastante: veda nocturna, que terminó finalmente en un DNU con meros consejos para que cada gobierno aplique límites según su criterio. Buena parte de las administraciones mostraron escasa voluntad de restringir frente a comerciantes (y turistas) reacios.


Una reactivación no puede hacerse a costa de mayor riesgo para la salud, en momentos tan evidentes de explosión de contagios, sin políticas y protocolos claros ni fiscalización efectiva.



Las medidas polares siempre estuvieron a la orden del día. Se pidió prudencia y sensatez por un lado y por el otro se habilitaron viajes de egresados, cada vez más vuelos comerciales y apertura de playas con débiles e ineficaces vigilancias.


Se prefirió esquivar un espejo implacable que nos hubiera permitido tomar aprendizaje y prevenciones: las consecuencias de la relajación y la apertura turística en Europa. Con el “bonus vacanza 2020”, Italia llegó a pagarles a los turistas hasta 500 euros por familia para que saliesen de vacaciones y ayudasen a los alicaídos hoteleros y gastronómicos. El fomento se pagó con un brusco salto de 1.500 contagios diarios a casi 40.000. En Argentina también se incentivaron las salidas: el Gobierno lanzó el programa “Previaje”, que permite la devolución del 50% de los gastos en turismo.


Es comprensible el afán de dar vuelta la penosa página que dejó el covid. Sin embargo, no puede sostenerse de este modo el espejismo. Una reactivación no puede hacerse a costa de mayor riesgo para la salud, en momentos tan evidentes de explosión de contagios, sin políticas y protocolos claros ni fiscalización efectiva.


Solo una gestión política responsable, y sobre todo no contradictoria, aportaría efectividad y ofrecería confianza cuando –se sabe– la ola de contagios perdurará por ausencia de vacunas en magnitud suficiente para lograr una inmunización masiva, y por relajamientos o negligencias en el cuidado.


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