Ángeles

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

EL DISPARADOR

Los ángeles a veces se convierten en personas y nos ayudan. Estoy tan seguro de esto como de que me llamo Juan Carlos y tengo 50 años. Sé que algunos piensan que alucino, pero no puedo negar las cosas que veo o me pasan.

En mi vida de peregrino hay historias que parecen surrealistas pero fueron tal cual las cuento. Con los ángeles tuve muchas experiencias. Un montón de veces me ayudó gente que nunca más volví a ver. Hay personas que tuvieron apariciones fantasmales.

En 1980 vivía en un monasterio en Filipinas y, al no conseguir la visa de residente, debía salir y entrar al país para renovar el permiso de turista. Lo más económico era ir a Kuala Lumpur, la capital de Malasia, pero mi presupuesto era de solo 60 dólares.

Una tarde fui al aeropuerto de Manila a averiguar. Había muchísima gente. Para darse una idea: por ahí pasan más del doble de pasajeros que por Ezeiza. Cuestión, todas las aerolíneas me aseguraron que por menos de 100 dólares no podía ir a ningún lado.

Resignado, cuando me estaba yendo, decidí insistir en una aerolínea más. Caminé hasta un mostrador larguísimo donde había una docena de vendedores. Me acerqué a una mujer vestida con uniforme, igual que sus compañeros: camisa blanca, saco y pollera azul. Bueno, los hombres tenían pantalón y no falda.

Me acuerdo perfecto de la mujer: seria, ojos verdes, pelo castaño y a la altura de los hombros. Unos 35 años. Le expliqué que necesitaba salir y entrar al país para renovar mi visa y que únicamente tenía 60 dólares. Lo último que se pierde es la esperanza, comenté.

La mujer me preguntó si yo hablaba esloveno. Le dije que sí, porque era la nacionalidad de mis padres y me habían enseñado el idioma de chico. Ella sonrió y, ¡en esloveno!, enfatizó que siempre es bueno aprender, aunque a veces uno no sepa para qué. Luego me dijo que era mi día de suerte y que quedaba un vuelo directo a Kuala Lumpur por 60 dólares. ¡No lo podía creer! Pero, en ese momento, me di cuenta de que me había olvidado el dinero. Prometí volver rápido y la mujer me dejó una tarjeta personal.

Fui al monasterio, fastidiado conmigo mismo, y volví al aeropuerto con el dinero. Cuando llegué al mostrador no encontré a la mujer. Me acerqué a un vendedor y le pedí el pasaje de 60 dólares a Kuala Lumpur. El muchacho me respondió que por ese precio solo había vuelos de cabotaje. Le conté lo que me había dicho un par de horas antes la vendedora y le pedí que la llamara. Me puse más molesto cuando el joven me dijo que no había ninguna vendedora que se llamara Angela.

Busqué en el bolsillo la tarjeta que me había dado la mujer y se la mostré. El muchacho me explicó que las tarjetas personales de los empleados tenían los nombres impresos y no manuscritos como la que yo tenía. Le advertí que yo no estaba mintiendo ni inventando nada.

El vendedor me preguntó si podía ver la tarjeta y se la solté sobre el mostrador. La revisó y en el reverso leyó algo que yo no había visto. Consultó su computadora y me dijo: “La empleada que mencionó no trabaja acá. Tampoco hay una tarifa económica como la que me pidió. Sin embargo, ingresé el código de reserva que está en la tarjeta y, al parecer, es su día de suerte. Son 60 dólares, ¿paga en efectivo?”.

Juan Ignacio Pereyra


EL DISPARADOR

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