Antisemitismo, un problema de educación

Los recientes hechos protagonizados en un boliche de Bariloche.

Editorial

Los recientes hechos protagonizados por estudiantes secundarios en un boliche de Bariloche volvieron a poner en la agenda nacional un tema que viene desde muy atrás en la historia: el arraigado antisemitismo de importantes capas de la población argentina.

La trifulca nocturna comenzó cuando estudiantes secundarios de un colegio alemán bonaerense, de gira de estudios en la ciudad, tuvo la pésima idea de acudir a un boliche disfrazados con elementos propios del nazismo (bigotes falsos y esvásticas) cuando en el mismo horario se encontraban en el recinto estudiantes de la institución educativa judía ORT. De las disputas verbales se pasó a las agresiones físicas. Con buen tino, las autoridades del colegio Sedalo decidieron el fin de la gira, el regreso a Buenos Aires, un acto de disculpas públicas con las autoridades de la Delegación de Asociaciones Israelitas de Argentina (DAIA) y una visita obligatoria al Museo del Holocausto, como forma de abordar educativamente algo mucho más grave que una “ocurrencia estudiantil”.

Sin embargo, el asunto no terminó allí. Entre el regreso de la delegación bonaerense y el acto de desagravio se produjo una catarata de mensajes antisemitas en las redes sociales, especialmente Twitter, donde se ponderaba a los provocadores, se ridiculizaba la reacción institucional y se extendían los ataques a “negros, paraguayos y bolivianos”. Aunque es posible ligar algunos mensajes al sarcasmo y la ironía propios de la red social, muchos mensajes, varios de exalumnos del Sedalo, tenían expreso contenido antisemita. Más grave aún, antes del acto en la DAIA, alguien se tomó el trabajo de hackear el nombre de la conexión wifi “Museo del Holocausto” y cambiarlo por “judío narigón”. El titular de la DAIA, Ariel Cohen Sabban, prometió promover condenas efectivas (de un mes a tres años de prisión) como prevé la ley para los implicados.

El antisemitismo tiene hondas raíces en nuestra historia. Desde la Colonia, con la prohibición a los judíos de embarcarse hacia América, a los escritos de próceres como Sarmiento, acusando al “pueblo judío” de “ejercer la usura” y carecer de patriotismo. La Semana Trágica, en enero de 1919, fue pródiga en ataques a judíos bajo la acusación de que “propagan el comunismo”. Durante el ascenso del nazismo y el fascismo en Europa, en las décadas de 1930 y 1940, florecieron organizaciones afines como la Alianza Libertadora Nacionalista. Tras la Segunda Guerra, bajo el gobierno de Juan Perón, nuestro país refugió a miles de criminales de guerra que buscaron camuflarse en las colectividades alemanas en Buenos Aires, Córdoba, Misiones y Bariloche, como admitió el exjerarca de las SS Erich Priebke. Las dictaduras militares y corrientes nacionalistas, de derecha e izquierda, mantuvieron viva una cultura antisemita, que aflora esporádicamente.

El conflicto entre palestinos e israelíes ha sido desde los 70 la principal excusa para las agresiones antijudías, que alcanzaron su máximo en los atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y la mutual judía AMIA en 1994, ambos impunes. En el 2015, en pleno debate sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman, la DAIA denunció un incremento del 55% de las denuncias de antisemitismo, detectando patrones que asocian a los judíos con valores negativos (avaricia, criminalidad, deseos de dominar al mundo). Hace poco circuló por Facebook una reedición “progre” del mito neonazi del Plan Andinia, una supuesta conspiración judía para quedarse con la Patagonia, ligándola al conflicto con la Nación Palestina.

La superación de los prejuicios no es fácil. Hace a nuestras raíces tribales de generalizar sobre los “otros” en forma maniquea para diferenciarnos y reafirmar identidades, en el mejor de los casos, y para justificar dominaciones y atrocidades, en el peor. La mejor herramienta a mano en nuestras sociedades de hoy es la educación. Aunque una visita al Museo del Holocausto sirva para palpar el horror al que puede llevar el antisemitismo, sería necesario un abordaje educativo más continuo e integral en nuestras escuelas, que enfatice sobre los efectos negativos del prejuicio y la discriminación, en un contexto de respeto intercultural. Y, a pesar de las dificultades que presenta el control de los gobiernos sobre lo que se publica y circula por internet, castigar a quienes, desde el anonimato, alientan el odio sobre cualquier colectivo social por el sólo hecho de ser diferente.


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