¡Aparta de mí esa copa!
Negociar con Irán no es nada fácil. Ni en sustancia ni en las formas. Esto último ha quedado en evidencia en la reciente visita del presidente iraní, el reformista Hassan Rouhani, a París para participar en la conferencia general de la Unesco, que precisamente tiene su sede en esa ciudad. Como es habitual, el presidente iraní fue invitado a mantener una reunión bilateral con el gobierno francés en el Palacio del Elíseo. Esto fue el 17 de este mes. En la agenda, temas muy importantes: el acuerdo nuclear iraní con la comunidad internacional y la difícil crisis en Siria, donde Irán tiene –sin admitirlo– tropas que defienden a los balazos al régimen de los Al Assad. Es evidente que había mucho que hablar. Mucha tela para cortar, como se suele decir. Por esto, como es habitual, los franceses organizaron un almuerzo al que invitaron al presidente iraní. Los dueños de casa, como suele suceder, propusieron un buen menú, acompañado de vino francés. Pero los iraníes no toman vino porque el consumo de bebidas con alcohol es anatema en el islam. Pero no sólo no toman, lo curioso es que tampoco lo dejan tomar. Ni siquiera en Francia y en la propia casa del gobierno francés. Raro, ¿no? Hay quienes dicen que las buenas formas y la cortesía están hechas, con frecuencia, de sacrificios insignificantes. De gestos que son mensajes. De tolerancia y de una dosis de paciencia. Pero los iraníes no piensan así. Ellos son dueños de su verdad y –además– de la verdad de los demás. Y le comunicaron al gobierno francés que si se servía vino en el almuerzo de trabajo ellos preferían no concurrir pese a que en ese marco el protocolo no es nunca solemne, sino flexible, por oposición a lo que ocurre cuando se trata de una “visita de Estado”. No es la primera vez que los iraníes se niegan a trabajar frente a una botella de vino. Ya había ocurrido en 1999, cuando el entonces primer presidente de la teocracia islámica, MohammadKhatami, visitó –triunfante– París. El entonces presidente Chirac propuso ofrecer vino francés en una recepción, pero los iraníes lo obligaron a dejarlo de lado y sentaron un incómodo “precedente”. Como el perro del hortelano, no hacen ni dejan hacer. Lo curioso es que insisten en imponer su propio código de vida en el extranjero y a los mismísimos gobiernos que los invitan. Convengamos que no es lo habitual y que en la insistencia hay un componente –poco agradable– de arrogancia e impaciencia que no ayuda. Aprovecho para aclarar algo acerca de una variedad de vino que se llama syrah, sirah o shiraz. Muchos creen que esa es una variedad de origen iraní. No es así. Es de origen francés y sumamente popular en Australia, donde es la variedad de mayor producción. Ocurre que en Persia hay una ciudad llamada Shiraz, en medio de un gigantesco valle, que alguna vez visité. Allí se producía buen vino hasta la revolución de los clérigos en 1979. Desde entonces, el vino ha desaparecido y ha sido parcialmente reemplazado por uva para comer. Pero la variedad no es originaria de la zona, pese al nombre de la ciudad. Es lamentable que los persas, que alguna vez produjeron vinos de buena calidad, hoy hayan tenido que dejarlo de lado. Pero es su problema, en su tierra. Y son ellos entonces quienes definen cómo quieren vivir. Pero sumamente diferente es decirle, en el exterior, a un gobierno que invita a las autoridades visitantes iraníes que no puede servir vino en la recepción. Uno se pregunta si en lugar de esa arrogante conducta no sería mucho más simple adoptar la actitud más respetuosa de no aceptar –ellos– el vino que se les ofrece y dejar, en cambio, a quienes se gobiernan por las reglas locales la opción de tomarlo si se les da la gana. No vaya a ser que mañana, además de que no se sirva vino, exijan que las mujeres, como es frecuente en Irán, estén en una segunda línea, tapadas y vestidas de riguroso negro. Olvidaron que ya los romanos tenían una máxima: “locus regitactum”, en función de la cual las formalidades eran gobernadas por el derecho local, como es lógico. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
Opinión
Emilio J. Cárdenas (*) – Especial para “Río Negro”