“Área protegida: la perla olvidada”
Mucho se ha escrito y nuevas experiencias y diversas corrientes ideológicas han permitido acumular conocimientos sobre un importante problema: el manejo de las aéreas protegidas. Nacidas el 6 de noviembre de 1903 con la donación de 705.000 hectáreas por el perito Moreno, hoy, aunque insuficientes, algo menos del 3% del territorio argentino son áreas protegidas. En nuestra provincia de Río Negro hay 24 áreas de conservación, la mayoría sin ningún tipo de plan ordenado ni protección alguna. Por ello, el área protegida Paso Córdoba debe considerarse la perla de General Roca. Sus límites ocupan 17.500 hectáreas, en los lotes 10 y 11, con una espectacular geografía semiárida, y a sus cañadones, bardas y mesetas multicolores los enriquecen el verdor y la serpenteante belleza de uno de los ríos más importantes de nuestro país (el tercero en caudal): el río Negro. Creada por ordenanza municipal en 1997, está asegurada su protección por un plan de manejo, que es una pieza técnicamente muy apta y completa. Pero no todas son flores en este maravilloso lugar. Dos factores conspiran contra su desarrollo. Uno, el manejo “descuidado” y no riguroso, desde su creación, con que han actuado las distintas gestiones municipales, inclusive la actual, que no invierte un peso en el área. E, incomprensible, tampoco en desarrollo turístico. General Roca, y el Alto Valle, creo, es la única zona con potencial del país que no ha creado un ente de desarrollo turístico. ¿Para qué quieren los 17 millones de superávit de los que hacen gala? El otro factor emerge como consecuencia de lo anterior: no se evitan los desbordes de distintos grupos de usuarios, que no comprendieron que lo que debe privar sobre cualquier otro interés es la preservación de la naturaleza. Pretenden, sin respetar los derechos ajenos (o sea “al otro”), imponer sus patrones de “uso y abuso”; así surgen los “choques” intersectoriales. Sabemos que estas molestias existen. Son inevitables y siempre hay una minoría de inadaptados que no respeta las normas de convivencia ni las restricciones de uso que la protección de un “área de conservación” requiere. Para reducir al mínimo éstas, serían necesarias normas más claras, mejor señalamiento y fundamentalmente un control más rígido que el existente, demasiado “light” y sin sanciones. Seamos tolerantes con el municipio. En un seminario de la Universidad Nacional del Comahue denominado “Las áreas protegidas y la gente”, decía un experto canadiense: “Las áreas protegidas periurbanas (vecinas a una ciudad) son difíciles de manejar y conservar, dada la presión entrópica ejercida por la población cercana”; considerémoslo y por ello redoblemos el control y facilitemos el uso correcto, para lo que la inversión necesaria es mínima. Por ejemplo: en verano, para evitar el congestionamiento de la playa del Náutico (casi única) basta delimitar con palos y una cuerda los diez metros contiguos a la orilla, de modo que los autos queden afuera. Hasta es estéticamente mejor y cuesta dos con cincuenta. Otro ejemplo: los caminos de trekking deberían de estar señalados con los clásicos mojones amarillos. Ni eso existe. Y no hablemos de otras iniciativas de mayor costo, que nacieron con la gestión de Carlos Soria (mi respeto y cariño) y yacen, con proyectos terminados, en el cajón del olvido. Me refiero, entre otros a la oficina de recepción turística y al refugio y el museo de sitio, proyectados en la barda roja, zona Cuellas, que a iniciativa nuestra comprara, para este fin, el municipio. ¿Inversión al cohete? Nos cuesta entender por qué a esta perla, de tanto valor turístico-recreativo-educacional no se le presta mayor interés. Ni hemos conseguido que se mejore la zona de acceso (playa estacionamiento, Pulpería, etc.). Sólo hemos sugerido: arbolado para sombra, rellenado de borde oeste y tope de troncos para estacionamiento. Carlos H. López DNI 4.820.317 Roca
Carlos H. López DNI 4.820.317 Roca
Mucho se ha escrito y nuevas experiencias y diversas corrientes ideológicas han permitido acumular conocimientos sobre un importante problema: el manejo de las aéreas protegidas. Nacidas el 6 de noviembre de 1903 con la donación de 705.000 hectáreas por el perito Moreno, hoy, aunque insuficientes, algo menos del 3% del territorio argentino son áreas protegidas. En nuestra provincia de Río Negro hay 24 áreas de conservación, la mayoría sin ningún tipo de plan ordenado ni protección alguna. Por ello, el área protegida Paso Córdoba debe considerarse la perla de General Roca. Sus límites ocupan 17.500 hectáreas, en los lotes 10 y 11, con una espectacular geografía semiárida, y a sus cañadones, bardas y mesetas multicolores los enriquecen el verdor y la serpenteante belleza de uno de los ríos más importantes de nuestro país (el tercero en caudal): el río Negro. Creada por ordenanza municipal en 1997, está asegurada su protección por un plan de manejo, que es una pieza técnicamente muy apta y completa. Pero no todas son flores en este maravilloso lugar. Dos factores conspiran contra su desarrollo. Uno, el manejo “descuidado” y no riguroso, desde su creación, con que han actuado las distintas gestiones municipales, inclusive la actual, que no invierte un peso en el área. E, incomprensible, tampoco en desarrollo turístico. General Roca, y el Alto Valle, creo, es la única zona con potencial del país que no ha creado un ente de desarrollo turístico. ¿Para qué quieren los 17 millones de superávit de los que hacen gala? El otro factor emerge como consecuencia de lo anterior: no se evitan los desbordes de distintos grupos de usuarios, que no comprendieron que lo que debe privar sobre cualquier otro interés es la preservación de la naturaleza. Pretenden, sin respetar los derechos ajenos (o sea “al otro”), imponer sus patrones de “uso y abuso”; así surgen los “choques” intersectoriales. Sabemos que estas molestias existen. Son inevitables y siempre hay una minoría de inadaptados que no respeta las normas de convivencia ni las restricciones de uso que la protección de un “área de conservación” requiere. Para reducir al mínimo éstas, serían necesarias normas más claras, mejor señalamiento y fundamentalmente un control más rígido que el existente, demasiado “light” y sin sanciones. Seamos tolerantes con el municipio. En un seminario de la Universidad Nacional del Comahue denominado “Las áreas protegidas y la gente”, decía un experto canadiense: “Las áreas protegidas periurbanas (vecinas a una ciudad) son difíciles de manejar y conservar, dada la presión entrópica ejercida por la población cercana”; considerémoslo y por ello redoblemos el control y facilitemos el uso correcto, para lo que la inversión necesaria es mínima. Por ejemplo: en verano, para evitar el congestionamiento de la playa del Náutico (casi única) basta delimitar con palos y una cuerda los diez metros contiguos a la orilla, de modo que los autos queden afuera. Hasta es estéticamente mejor y cuesta dos con cincuenta. Otro ejemplo: los caminos de trekking deberían de estar señalados con los clásicos mojones amarillos. Ni eso existe. Y no hablemos de otras iniciativas de mayor costo, que nacieron con la gestión de Carlos Soria (mi respeto y cariño) y yacen, con proyectos terminados, en el cajón del olvido. Me refiero, entre otros a la oficina de recepción turística y al refugio y el museo de sitio, proyectados en la barda roja, zona Cuellas, que a iniciativa nuestra comprara, para este fin, el municipio. ¿Inversión al cohete? Nos cuesta entender por qué a esta perla, de tanto valor turístico-recreativo-educacional no se le presta mayor interés. Ni hemos conseguido que se mejore la zona de acceso (playa estacionamiento, Pulpería, etc.). Sólo hemos sugerido: arbolado para sombra, rellenado de borde oeste y tope de troncos para estacionamiento. Carlos H. López DNI 4.820.317 Roca
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora