Dos hermanas, un continente por descubrir: la épica de construir en la Antártida
Violeta y Victoria Nuviala, una arquitecta y una arqueóloga, unieron sus disciplinas para reconstruir más de dos siglos de construcciones en el continente blanco. Su investigación, que recupera refugios y estaciones científicas, obtuvo el Gran Premio Bienal de Arquitectura de Buenos Aires.

La Antártida suele aparecer en nuestro imaginario como un territorio vacío: una inmensa extensión blanca, remota e inhóspita . Detrás de esa imagen hay otra historia, menos conocida: la de quienes llegaron, construyeron y encontraron formas de permanecer en un ambiente tan extremo. ¿Cómo puede ser que los libros de historia de la arquitectura no contemplen un continente entero?, se preguntaron Violeta y Victoria Nuviala. Lo que siguió a ese interrogante fue una investigación apasionante.
Violeta es arquitecta y especialista en historia de la arquitectura. Su hermana Victoria es arqueóloga y trabaja en la Antártida desde 2007. De ese encuentro entre disciplinas nació 6044 SUR, colectivo de investigación radicado en la Universidad de Buenos Aires. Y luego Archivo SUR, una plataforma dedicada a documentar la arquitectura antártica.
La investigación comenzó en 2018 y el resultado de ese trabajo es “Habitar lo extremo”, una biografía arquitectónica de la Antártida que reúne alrededor de 150 obras de 25 países y recorre más de dos siglos de construcciones en el continente.
El trabajo obtuvo el Gran Premio de la XX Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires: revela un territorio cultural donde refugios, estaciones científicas e infraestructuras expresan distintas maneras de relacionarse con el ambiente. No se trata de una simple recopilación de edificios: ante la falta de documentación centralizada, reunieron los archivos disponibles y reconstruyeron otras instalaciones mediante dibujos y registros de sus materiales y emplazamientos.
Es una tarea de recuperación patrimonial necesaria ante la modernización de las bases y la desaparición de construcciones históricas. Para seguir proyectando, hay que tener en claro qué es lo que ya hay, explican. Así, la historia se convirtió en una biografía: una superposición de capas que permite comprender cómo cambió la relación entre las personas, la arquitectura y el territorio.
Las bases argentinas
Nuestro país ocupa un lugar destacado en ese recorrido. El 22 de febrero de 1904 asumió la operación del observatorio meteorológico de las islas Orcadas del Sur. Comenzó así una presencia que continúa hasta hoy: Orcadas es la estación científica permanente más antigua de la Antártida. Pero la contribución argentina también se expresó en la experimentación arquitectónica. Una presencia de vanguardia, con prototipos muy tempranos, como destacan las hermanas Nuviala.
Uno de los ejemplos es el hangar para helicópteros de la Base Marambio, desarrollado por el Estudio CEPAD, integrado por Mario Mariño, Pedro Backis y Héctor Ferrari. La investigación recupera documentación, planos y piezas originales de este proyecto, una experiencia de innovación tecnológica y constructiva.
También rescata las propuestas de Mariño para el Instituto Antártico Argentino (entre ellas, un proyecto de geometría toroidal, basado en estructuras curvas y continuas que buscaban mejorar la eficiencia energética) y la de Amancio Williams, titulada “La primera ciudad en la Antártida”, que, aunque nunca se construyó, proponía una comunidad organizada en una estructura capaz de responder a las exigencias climáticas y funcionales.
Estos proyectos revelan una tradición que fue más allá de resolver necesidades de supervivencia. Como sostienen las investigadoras, la Argentina no necesita seguir los diseños de otros, ni copiar a nadie. La apuesta es recuperar esa capacidad proyectual y desarrollar una arquitectura antártica con identidad propia.
La investigación también descubre una dimensión menos visible: la vida cotidiana de quienes permanecen durante meses en las bases. Cada país lleva al continente sus propias formas de habitar. En las instalaciones japonesas aparecen los tatamis; en las argentinas, los tejidos al crochet, los muebles de madera y los ambientes cálidos, la sensación de estar en la casa de una familia, como también percibieron en las uruguayas y chilenas.
La arquitectura deja de ser entonces una respuesta técnica al frío para convertirse en un espacio de encuentro, convivencia e identidad. Habitar la Antártida también es construir vínculos y organizar la vida colectiva en condiciones de aislamiento.
Las investigadoras distinguen tres grandes etapas. La primera es la exploración, cuando carpas, cabañas y refugios protegían a los pioneros de las condiciones extremas.
La segunda es la permanencia, asociada al Tratado Antártico de 1959: las naciones ya no buscan solo explorar, sino establecerse. Las bases crecen y la arquitectura adquiere una dimensión política: la arquitectura es el elemento para construir soberanía, señala Violeta Nuviala.
Desde los años 80 y 90 comienza una tercera etapa: la del laboratorio arquitectónico. Aparecen proyectos que buscan combinar innovación tecnológica, eficiencia y menor impacto ambiental.
En el siglo XXI, los concursos internacionales se suman como espacios para discutir nuevas propuestas y formas de intervenir en el continente. La arquitectura empieza a explorar estructuras más eficientes y menos invasivas, en sintonía con las nuevas exigencias de protección ambiental.
Preservación
Archivo SUR no solo recupera una memoria olvidada; también invita a reflexionar sobre el impacto humano. Mientras nuestra presencia en la Antártida tiene poco más de un siglo, las especies que la habitan forman parte de ese ecosistema desde hace miles de años.
La preservación también plantea un desafío adicional. Si las bases y las infraestructuras obsoletas o inactivas deberían ser removidas, surge un interrogante: ¿cómo conservar la memoria arquitectónica de un territorio donde las construcciones también pueden desaparecer? Se suma otra pregunta: ¿cómo construir sin alterar un ambiente tan frágil?
La eficiencia energética, la reducción de residuos y la autonomía de las instalaciones son algunos de los principales desafíos. Para Argentina, además, existe la oportunidad de recuperar su tradición innovadora mediante la articulación de universidades, organismos científicos, profesionales y empresas. “Habitar lo extremo” propone reconocer lo construido, comprender cómo se habitó y también asumir la responsabilidad sobre lo que vendrá.
Hay equipo
6044 SUR es un colectivo interdisciplinario creado por las hermanas Violeta y Victoria Nuviala. Radicado en el ámbito académico de la Universidad de Buenos Aires, el grupo desarrolla Archivo SUR, una plataforma de investigación y documentación de la arquitectura antártica. Su objetivo es recuperar más de dos siglos de construcciones, preservar un patrimonio poco conocido y aportar herramientas para pensar las formas futuras de habitar el continente blanco. Más info: @6044sur
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